Los maravillosos cuentos del Testigo: Morning glory

La sensación de encontrarse en la misma habitación a una hora pactada, sin revisiones de terceros, los motivó aun más. Esas acciones que enaltecen los egos y juntos chocan, estallan. Porque hay que esconderse de lo que uno prometió, y hay que saber que el otro se esconde de sus supuestas verdades, de sus moralidades inquebrantables. Pero son dos y no hay más que ellos.

Dispuesta a todo tuvo miedo, no confió. Él, tan ansioso, pisó primero y se encontró con la majestad intachable que no quería, no podía y le sobraban ganas. Le dijo algo sobre los errores y lo que se pierde y él no pensaba, solo actuaba por instinto: la tomó de la cintura y le buscó los lugares donde un hombre no falla. El rechazo era evidente pero lo sentía, la aniquiló esos que llaman “hacer las cosas bien”. ¿Qué es lo que está bien o mal cuándo son solo papeles lo que nos une?

Especies sin documento, fuera de todo control; le explicó sus palabras, otra vez, redundancia eterna, no entendió, siguió, lo golpeó y cambia el aire cuando se corta una cuerda, el acorde no sonará igual, falta una nota, un cálculo. El furioso detalle de sus fríos ojos en la mirada moribunda de ella, ella que no sabía, no conocía, se arriesgó, pagó con su sangre todos los errores de los hombres en tiempos inmemoriales cuando pensaron que reprimir el instinto era el camino.

La caricia del filo en la piel, el desahogo de un sexo sin vida, el grito líquido y ahogado, los curiosos golpeando la puerta. El vacío alentador. Una ráfaga corrió las cortinas avisando que la mañana era espectacular.

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