Fue Foul: “Primeros Auxilios”

Entré al cuarto y la vi medio de perfil sacándose la remera, haciendo ese gesto tan femenino de agarrar el borde inferior y sacarlo todo para arriba dejando rebotar en el corpiño sus pechos cargados. No había música, no había luces pensadas. Estaba encendido el plafón amarillento del techo y el sonido ahora de sus zapatos cayendo al piso. La persiana levantada, la cortina semicerrada, ahora el ruido del elástico o de algún resorte de su cama se quejó cuando se dejó caer para sacarse el pantalón. Se volvió a poner de pié, me miró, pero esta vez fue diferente.

Su cuerpo en ropa interior, su silueta de crema, suave, su pelo pesado que parecía cobrar vida al mínimo movimiento de sus hombros o de su cabeza, esas curvas, leves y pronunciadas, todo parábolas, impecable geometría de una estrella de piel y nieve…, al verme admirándola se detuvo y disparó una risa por la nariz. Y torció su cabeza, y movió sus hombros, y llevó sus manos a la oreja y empezó a descoser, a desarmar algo complejo que sería el mecanismo que hacía que esos aros siempre la hagan verse así, increíble. Su pelo volcó, se derrumbó hacia un costado, temí que no pudiera soportar el chicotazo, pero, intacta su postura, siguió irradiando sus líneas suaves, su cuerpo frágil, sus gestos divertidos…

– Me voy a dar un bañíto, ¿me esperás?

Pero ella fue la que no esperó y pasó a mi lado rebalsando un perfume que nunca sé si es artificial o de alguna tiroides propia que tenga extra en alguna parte de su cuerpo. No había música y la puerta del baño cerrarse me sonó a caja vacía de madera. La ducha se abrió y recién ahí me vi parado en el cuarto, como una mala lámpara que nadie sabe dónde poner.

Algo no estaba bien. No podía entender qué me pasaba, qué sentía, pero algo no estaba bien. Repasé en mi mente fotograma por fotograma el recorrido de la Elisa desde que llegamos hasta su consagrada entrada al baño, pero no encontraba ningún indicio de nada. Ella estaba bien. Entonces ¿sería yo?

No iba a permitir de ninguna manera que el trabajo me jugase una mala pasada. La verdad que estaba pasando momentos bastante complicados y obviamente no los estaba pudiendo dejar de lado. No… No quiero que el laburo me robe a la Elisa esta noche. Mi cuerpo estaba un grado arriba de la “temperatura Fútbol”, que era lo normal. Lo normal con Eli, sino era fiebre. No podía identificar qué era lo que me estaba poniendo tan nervioso. La ducha paró, mi mente también, la calle también, todo se detuvo y pequeños ruiditos del baño eran el tic tac de mi ansiedad. Se abrió la puerta y salió, envuelta y con su corona de toalla en la cabeza, y mientras con sus dos manos palpaba su pelo secándolo con su cabeza inclinada, me miraba. Muda, mudo el día, mudo el cuarto, mudo el dolor, sacudía su pelo, su cabeza inclinada…

– Eli, oíme, quiero pedirte perdón porque no sé qué me pasa. Ando medio nervioso con el laburo y me doy cuenta de que no puedo salir de eso…

Ella desde su cabeza torcida subió sus ojos hasta el filo de sus párpados para mirarme. Sus manos aplaudían suavemente su toalla, sus labios no se movían, sus cejas, su cara, nada se movía. De pronto, como si Dios hubiera dicho que ya era tiempo de que vuelva a ser feliz, su cara se abrió en una sonrisa fenomenal, sus párpados derrumbaron sus pestañas, borraron sus ojos, se hincharon sus pómulos, bajó un poco más la cabeza y la levantó.

– ¿Estás nervioso por el laburo? Vení, Marquitos, que tengo un equipo de primeros auxilios para estos contratiempos. Pero vos te dejás curar, ¿eh?

– ¡Por supuesto, Eli…! –dije, y suspiré de alivio por haber aflojado esa tensión que flotaba en el aire.

Ella avanzó y me regaló el espectáculo de su culo envuelto en una toalla blanca, una espalda que salía de su cintura con la furia de un géiser congelado. Entró a la cocina y, si parar nunca a pensar, fue a la heladera, agarró unos huevos, manteca, sacó de la alacena latitas, galletitas, hubo en la mesada un salamín, un queso fresco, aceite de oliva. De pronto la vi con una botella de vino tinto, rallaba un queso sardó, sentí el crepitar de la panceta en aceite que parecía invadir con su olor el reino de las flores, pero también estuvo la Elisa abriendo la ventana, y se fue de la cocina, y volvió siempre con su toalla y su cuerpo enfundado, y sacó unas lechugas, y las hizo hilachas, y sacó una zanahoria, y la convirtió en botones, y sacó aceitunas, y sacó mayonesa, y ya no había panceta en el aire, y Eli cerró la ventana, y volvió a irse de la cocina, y llegó de nuevo en un segundo, y ¡Pop! tuve una copa de un malbec, y vi pasar frente a mi ojos harina, mandioca, orégano, salsa de soja, mostaza, leche, ramitos frescos de perejil, limón, nuez moscada, comino, hasta que, no sé bien cómo, tenía en la mesita enclenque de la cocina, una picada mediana, no muy abundante, de los más exquisitos aromas, con los más variados brillos y colores frente a mí. Giré la cabeza para ver a Eli, pero acababa de salir de la cocina.

Volví a mirar eso y, tal vez debo andar medio sensible… Las cosas en el laburo no están fáciles. Otra vez miré esa picada, el aroma del limón, de la pimienta, de la panceta… aromas de especias que no podía identificar mezcladas obscenamente en esa orgía de aromas, aromas fuertes, pero no invasivos. Aromas… Este era el equipo de primeros auxilios que cualquier hombre necesita. Pero que una mujer entienda eso… Debo andar un poco sensible, y sentí el nudo apretarse en mi garganta. ¿Hace cuánto que no me querían así? Y sentí la guitarra de Manuel de Falla tocando Spanish Dance. La Elisa seguía sembrando mimos por la casa. Mis ojos se nublaron, no podía creer que esta mujer hacía todo esto porque yo estaba nervioso. ¿Cuándo fue la última vez que la desarmé a masajes? ¿Cuántas veces por día tendría que hacerle masajes en los próximos seis años para pagar esta noche, este minuto en que esta mujer me hace sentir el marqués, el príncipe de su reino…?

Eli apareció, como si estuviese vestida leyendo una revista en el living, me miró y pareció que recién me descubría sentado en la cocina con una picada que alguien me habría hecho.

– ¿No empezaste a comer?

– Estaba esperando que me acompañes, que descansaras. ¿Vos no querés?

– No, gracias, Marcos –dijo, mientras iba juntando utensillos como juguetes y los tiraba en la pileta.

– Pero, Eli, me preparaste esta maravilla, por favor, vení y descansá.

La Elisa me miró y su toalla era como una sotana aburrida. De alguna manera yo no estaba logrando sacarme de la cabeza mi laburo. Ella ya no podía hacer más nada, pero no brillaba. ¿Por qué no conseguía hacerla brillar si hasta hacía un rato estuve por llorar de la emoción por ella? ¡Pero es que yo no sentía que siguiese nervioso por el laburo! Eli agarró una silla y se sentó al lado mío.

– ¿Qué tal está?

– ¡Impecable! –dije con miles de bloquecitos y cositas en la boca.

La Elisa miró la picada y ahí dejó sus ojos. Yo le empecé a contar desde la historia del dulce de leche hasta las ganas que tenía de pintarla con crema chantilly, pero las veces que me miraba ni intentaba ocultar sus pupilas opacas, sus ojos vacíos. No sé en qué momento pasó que ya no estábamos hablando. Ella se dio cuenta primero porque se levantó y ahí me di cuenta yo. Cuando volvió tenía una sonrisa en la cara, me miraba con sus ojos ahora más lindos, se sentó otra vez pero con ella presente.

– Eli, perdóname que sea tan pelotudo. ¿Sigo con el laburo en la cabeza?

Eli, sin pronunciar palabra y con su amplia sonrisa, sacudió la cabeza como un cachorro mojado y me arrancó una sonrisa. Y ella también sonrío. Y por un momento, en ese instante, estuvimos juntos ella y yo. Fue un segundo, pero en ese momento ella me miró, y por eso supe que yo ya la estaba mirando, ella me sonrió y supe que yo ya estaba sonriendo, en ese segundo ella se dejó querer, y supe que siempre la estuve amando. Y al instante siguiente volvió a caer ese telón veraniego y siguió la obra de un invierno sin colores y sin vida.

No, no era mi laburo. En realidad… ni tengo problemas tan importantes, ni me sentí jamás nervioso. Es más, salídellauro muerto de ganas de llegar. No, no es mi laburo. La volví a mirar. La mujer tiene un órgano en alguna parte que le advierte de cualquier cambio imperceptible en el hombre, y levantó la vista y me miró. Lo supo, se sintió descubierta, y su cara no pudo ocultar una leve mueca de miedo. Bajé la mirada a la picada y empecé a entender qué estaba pasando. La volví a mirar. Ella tenía sus ojos clavados en mí. Sus ojos ahora estaban llenos. Llenos de lágrimas. Ya no estaba tan rica la picada. Ya no me emocionaba tanto. No, ya no me emocionaba para nada. Otra vez la volví a mirar. Ninguno decía nada, estábamos aturdidos de los gritos groseros de nuestras miradas. Eli bajó la vista avergonzada. Había sucumbido a un bajo instinto femenino. Y lo más triste es que yo estuve a punto de caer.

– Decime, Elisa, ¿qué necesitás?

Los dos sabíamos la respuesta. Los dos sabíamos que ya estaba todo escrito con sangre en las paredes. Pero no sabíamos qué era lo que iba a pasar una vez que todo eso se volviera palabras que salieran de la boca de la Elisa. Desenterró su cara de las manos y me miró empapada. Yo tomé mi servilleta y le limpié la cara como quien limpia un parabrisas después de una tormenta. Tomó unos tragos de mi vino.

– Necesito que me ayudes con esta mina…

– ¿Con qué mina? –respondí para joderla, para que lo diga, para que nombrarla sea su primer derrota, la derrota de toda esa payasada que acababa de montar para mí.

– Con Teresita.

¿Quién puede juzgar a una mujer que cae derrotada ante su propio Ser Mujer? No respondí. Odié que me guste tanto. Odié, pero en alguna parte algo me hacía ebullición. Miré lo que había hecho y ponderé el potencial de una mujer que busca algo. Que necesita algo. Ardía, en un segundo yo ya estaba recaliente. La miré, sus ojos mojados, sus pómulos empapados, sus manos de oro, su corazón en la frente…, su pierna desnuda, el largo valle de sus tetas, su toalla desarmada tapando apenas su cuerpo… apropósito, sin dejar en ningún momento de ser una mujer que necesita algo, que calcula, que no dio por terminada la obra de sus manos.

Piqué dos jamoncitos, me levanté, corrí la mesita, me paré frente a ella que seguía sentada, me saqué la camisa, me bajé los pantalones, quité mis zapatos y mis medias, mis calzoncillos y, desnudo, le abrí la toalla como las tapas de un libro y me sumergí en lo que, evidentemente, era mi respuesta… y su paga.

(Continuará…)

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