La sortija mágica

Contrariamente a lo que algunos suponen, la calesita del parque Gral. San Martin tuvo su origen en un escenario distinto al que la historia decidió contar.

La misma construida por un metalúrgico muy ducho de Caseros, se ubico primariamente en La Paz, no por una decisión estratégica, sino producto de una trifulca familiar.

Resulta ser que el carrusel o tiovivo, como lo llamaban los gallegos, era trasportado desde Bs. As. por los hermanos Pravarata, unos sabandijas oriundos de Villa Nueva que habían olisqueado el negocio y sin mayor análisis, decidieron reventar un Ami 8 modelo 73 flameante en el “proyecto”. Ya de regreso tuvieron un intercambio de pareceres, lo que motivo que el Gordo Pravarata decidiera suspender el viaje y apostarse en La paz, separándose de su socio y hermano antes de comenzar el negocio.

Los días pasaron, y el Gordo se ilusionaba por como los viajeros se frenaban a husmear y darse una que otra vueltita. Los niños del lugar se acercaban e imploraban a sus progenitores hasta que los dejaban subir al moviente. La familia lapacina se reunía alrededor de la maquina con sanguchitos y bebidas hasta quedar mareados de tantas vueltitas.
Con el correr del tiempo el Gordo empezó a endulzar sus bolsillos. Gastos desmedidos, billares sedientos de monedas y dulces gitanitas lo consumían literalmente; por lo que en otro acto de arrebato sin análisis alguno, cargo el armatoste en un camión que traía leña de San Luis y se mando para la capital. Los muchachos del camión paraban en cuanto garito encontraban a su paso a beber unas copitas y festejar el fin de año que se avecinaba. El calesitero improvisado, era pieza dispuesta para el chupi como pocos, por lo que la mamusa se convirtió en la nueva compañera de ruta.

De tanto brindis, mas cerca de Mendoza, tremendo pedo no hizo más que confundir al Gordo Pravarata y exigirles a mano armada que se frenaran en un sitio que el suponía era Mendoza Capital, cuando este lugar no era otro que Rodeo del Medio. Todavía se oyen las risas de los choborras que lo largaron sin titubeo alguno con calesita y todo.

A partir de ese momento comenzó lo que por esos pagos se conoce como La leyenda de la sortija mágica.

Un gallego del lugar chocho con el bicho eléctrico le dio un descampado a orillas de su rancho para que se asentara Pravarata, y diera las primeras vueltas. Lejos de los que el Gordo esperaba, la calesita no despertaba interés alguno en los guachos del lugar que si bien subían, preferían otros entretenimientos más salvajes a la hora de elegir que hacer. Hasta que un buen dia conoció a un gringo entre cervezas y cervezas abrazados a la barra de una pulpería. El gringo sin poderle agradecer con palabras tremenda hospitalidad por la diferencia lingüística, no tuvo mejor idea que regalarle una sortija que guardaba con recelo de su madre. Al gordo es como si le hubieran regalado un libro o una revista de manualidades, y pensó de movida, cuantos vasos de vino le darían por esto y lo hecho al bolsillo.

Al otro día, como siempre, se juntaron un poco mas de 15 nenes en todo el sábado para subir, y como si todos en la vida tuviéramos en algún momento una señal del destino, el Gordo se ilumino y pensó en otorgarle como premio una vueltita mas a algún pendejo antes de que se les ocurriese otra cosa y salieran rajando como de costumbre.

Metió su mano en el saco y encontró la sortija, manoteo una piola que rápidamente ato a una rama de un extremo y de otro a la sortija. Mientras los crios daban vueltas, este los motivaba a que agarraran la sortija y se ganasen una vueltita mas, a lo que ninguno hacia caso por las ganas de irse. Nuevamente el Gordo sorprendió con astucia ajena a él y decidió regalar junto a esa vueltita un vaso de vino. Entusiasmados los padres, cómplices de Pravarata, obligaban a los pequeños a ganar y asi chupar de lo lindo ellos.

La cosa empezó a funcionar.

Los niños sin remedio alguno se juntaban y los padres, también. Ahí nomas le agregó un puesto de chorizos que hacia el gallego y de paso juntaba unos mangos extras. Pero la hemorragia de alegría seria cortada abruptamente. Resulta que un grupo de madres denuncio en el destacamento que sus hijos habían desaparecido. Sin conocerse entre ellos se habían ausentado de sus hogares a la misma vez.

Parecía ser que esos fugados no eran más que aquellos, que el fin de semana anterior se habían hecho de la sortija del carrusel. Los hijos de los borrachos del sábado en otras palabras. Todos entre pitos y flautas, encararon al Gordo como si este tuviera las explicaciones, como si este pudiera explicar algo, como si este pudiera explicar algo… de algo.

Por supuesto, con más de 10 desaparecidos, la cosa tomo oídos públicos y hasta el intendente se hizo presente en el descampado, ordenando la clausura automática de la actividad y secuestrando de hecho la calesita. La misma estuvo más de un mes en la puerta de la comisaria, era uno de los sitios curiosos con mas visitas según los Jovenes Avidos de Rodeo. Hasta que por el revuelo generado, desde el gobierno provincial decidieron hacerla llevar. Los debates fervorosos comenzaron en el seno de la legislatura provincial sobre que hacer al respecto.

El gobernador por entonces era un tipo crédulo de estas patrañas y supersticiones caseras, por lo que la última opción era destruirla y, muy por el contrario, se barajaba la posibilidad de reubicarla en algún sitio aledaño con controles específicos. Se tejía que la misma estaba endemoniada y por eso giraba en sentido contrario a las agujas del reloj.

Finalmente, como uno de los temas de orden del día, se definió bajo un manto de dudas, que la polémica calesita fuera trasladada al Parque Gral. San Martin.

A modo de limpiar sus culpas el Gordo Pravarata siguió con la explotación de la misma, en conjunto con la provincia, hasta el último instante de sus días.

Dicen los Cuentistas de Historias de Rodeo, que los fugitivos eran un grupo de nenes, futuros jóvenes ávidos de la zona, que se dieron el raje aprovechando la volada. Agregan que por las noches se ve una figura ovaloide, como la de Pravarata, limpiando el carrusel a la espera de aquellos niños que la sortija mágica supo llevarse…

Dicen también los Cuentistas de Historias, que aquellos pibitos representan a otros tantos que se fugan en busca de sueños, aquellos que por sus realidades imploran subirse al carrusel y olvidar el presente que los margina. Aquellos que, como también señalan los Cuentistas, quieren la sortija que les regale otra eterna vueltita de felicidad y los aleje de maltratos, oscuras plazas y “dulces” dulces que nublen sus futuros.

A mis ochenta y pico, brindo y recuerdo a aquellos que supimos ser niños y volamos en historias que nos separen, aunque sea en una vueltita nada mas, de los horrores que los mayores nos intentaban contagiar. De los horrores que los papis no nos pueden cuidar.

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