Y todo por…

Hace tiempo que no hay historias al estilo Bomur de las que tanto me gustan, y producto de una noche de insomnio se me ocurrió contarles ésta.

Desde que tengo memoria he tenido un amor incondicional a los animales, recuerdo que me traía el conejo del jardín a mi casa los fines de semana. He tenido perros, gatos, hamsters y hasta conejos y ¡cuatro patos! los cuales cuando crecieron, mi mamá los llevó a una granja para que los cuiden. Nunca los pude ir a ver, espero que al día de hoy los sigan cuidando bien. También he cancelado alguna juntada, he llegado tarde a algún lugar (eso es imperdonable en mi mismo, cual japonés) y hasta no llegamos a entrar al cine con las entradas en la mano un día con una novia que tenía por salvar de la calle a una perra que estaba afuera del shopping (o centro comercial para los puristas de la lengua).

La misma señora que me ha puteado hasta de grande más de una vez por llevar a algún bicho nuevo, mi señora madre, es la que seguramente me transmitió esta “pasión”, ya que es la única de las hijas de mi abuela que en su infancia y un poquito más grande también, hacía lo mismo. Me he enterado con el pasar de los años varias cosas, como una vez que la echaron de la casa con un cachorro un día de lluvia y la encontraron llorando en la plaza después de varias horas con el cachorro en brazos y todavía lloviendo, como así también en otro momento de la vida como fueron corriendo a un lugar de la casa donde ella estaba, ya que el animal de turno largaba unos alaridos fuertes, y todo porque mi madre lo estaba cubriendo con una mantita por el frío… ¡Con alfileres! ¡Como si fuera un peluche!

Y si por mí fuera, tendría un par de chanchitos, unos terneros y hasta un caballo. ¡Y dormiría con él y todo! (no sean mal pensados por favor).

Resulta que a todo esto, tengo una boxer, que es como mi hija. La he criado como tal, y al día de hoy es una señorita boxer, no rompe nada, no mea adentro, es un ejemplo a fuerza de ligarla todo el tiempo (y así criaré a mis hijos aunque me denuncien por maltrato), además de no humanizarla (sí, los quiero mucho pero no dejo de saber que son animales).

Ahora sí, paso a contarles la situación. La señorita Ware venía con un par de planteos las últimas veces que se alojó en mi morada. Y la señorita Ware tiene una peculiaridad: no hace el mismo planteo dos veces (el único reclamo que es constante es que deje de hacerme el zorro nomás). Pero como que dichos planteos los hizo las últimas dos o tres veces que estuvo, les empecé a prestar atención. Estaban relacionados principalmente con que mi hija Phoebe Ware la ignoraba, no le daba bola, ni un guau, ni esas cosas que hacen los perros. Por lo que me puse a observar con atención y era cierto, para mi hija estaba yo, algo que se interponía entre nosotros y nada más, como si ese algo fuera un agujero en el espacio, algo que estaba fuera de lugar, algo que solo había que esquivar para no tropezarse, ni siquiera algo que molestase, por lo que peor todavía.

De más esta decir que esta actitud me extrañaba de sobremanera, y a la cual no le encontraba explicación, razón ni motivo. ¿Por qué razón un animal podía ignorar a alguien de tal manera? Y no solo una vez, ni dos, sino tres o hasta cuatro veces en diferentes días, diferentes momentos, diferentes situaciones… ¿Y cómo hace un animal para actuar de forma tan humana? Porque el ignorar a alguien, el hacerse el boludo cuando a uno lo llaman, el esquivar a alguien… eso es muy de humano me parece.

Hasta que… la señorita Ware hizo algo que yo le había prohibido hacer por varios motivos, pero esta vez con mi consentimiento. Lo que le había prohibido hacer desde hace un tiempo era darle cualquier cosa considerada comida mientras estábamos en la mesa, más que todo comida de humano, y una de las cosas que entraba en la categoría “comida de humano” era la debilidad de mi hija-perra Phoebe, galletas de agua, pero no galletas así nomás, porque la muy asquerosa, cuando le das una galleta de agua sin nada, la agarra y las tira, ¡y adelante tuyo! Como si no hubieran perros muriéndose de hambre por ahí, ¡y no hay que ir hasta África para verlos eh! (sí, así le digo, literalmente). En resumen, las galletas de agua con queso untable Finlandia Light (no estoy jodiendo), es el cielo, el manjar de los dioses, el elixir de la vida para mi perra. Y justamente eso mismo fue lo que le permití a la señorita Ware a hacer… Y desde ese momento, todo cambió, todo volvió a la normalidad, como si nada hubiera pasado. A la hora ya estaba mi hija arriba de mi novia, jugando, jodiendo, celándola, durmiendo arriba de ella…

Y todo por…. Una galleta.

¿Quién se le puede resistir a darle una galleta si te mira así?

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