Calzoncillos de cartón

Estábamos  en bolas, la mina era un infierno, tenía unas tetas enormes, yo estaba al palo, todo chivado, endemoniado, en una cama blanca gigantesca. Se la ponía y gritaba como loca, me rasguñaba la espalda, le mordía el cuello, me suspiraba en la boca, le decía cosas re cochinas y agarraba las sábanas de placer. Después aparecía dada vuelta, le daba re bomba, ella bamboleaba sola, igual que el video de Naomi Rusell, yo tenía un brazo por poronga, no se como. Le tiraba el pelo, le pegaba palmaditas sensuales y secas en la cola, gemía, gritaba, era una cosa de locos. Y luego de un éxtasis que le llevó a dejarle los ojos blancos de placer, dispare un turgente lácteo de un caudal inconmensurable, basto, exageradamente abundante, rebalsando orificios y decorando centímetros cuadrados de piel por doquier. Entonces sonó el despertador…

El despertador no era un coso cuadrado con hora, luz y un ruidito inmundo, sino que era mi mamá que prendía la luz de la pieza y nos venia a avisar a mi hermano y a mi que ya eran las 7 de la mañana y que teníamos que ir al colegio, como siempre, como todos los días. Eran fines de los 90 y esa mañana no le deje darme el “beso de buenos días”, me puse boca abajo y me hice el cansado. Eso les pasa por quedarse viendo tele hasta tarde.

Mi mente no paraba de flashar. Se levantó mi hermano y lentamente procedí a palpar esa extraña humedad que sentía bajo la pelvis. Parece que el candente sueño que había tenido horas atrás, ahora se había transformado en una pesadilla dura, acartonada, palomeada, tensa y mojada.

Rápidamente me calcé los cortos del colegio y me fui para el baño. Ese día teníamos gimnasia y nos dejaban ir sin uniforme. Salgo al pasillo y la veo a mi hermana, dirigiéndose al baño. Teníamos (y seguimos teniendo) un solo baño (para seis personas que se levantaban todas a la misma hora). La miré, me miró, ambos dudamos un segundo, ella venía suavecita y dócil, ágil. Yo estaba tenso, duro, acartonado, enlechado y nervioso. Fueron segundos eternos, hasta que ambos salimos disparados en dirección a la puerta del santuario de los Bomur. Me estaba por ganar cuando estiré mi mano aferrándome al marco de la puerta y obstruyendo el ingreso de ella, intentó pasar por debajo y le metí un rodillazo en las costillas que la dejó sin aire. Me abalancé antes de la golpiza que quizás me iban a dar mis viejos y me atrincheré en los aposentos sanitarios, no me importaba nada. Por suerte se quejó un poco y se fue a poner el uniforme (con puma y todo).

Ahí mire al muertito, si “muertito”, ese “pito como brazo” era ensueños nomás. Estaba ahí el muy pelotudo, dormido y blandito como nunca (bha… como siempre), descansado luego de una noche agitada. Todo pegoteado y acuoso. El vello púbico estaba suave y sedoso, era de esperar después de un intenso baño de crema Ilolay. ¡Que papelón por Dios! ¿Cómo me cambiaba el calzoncillo? ¿Dónde lo dejaba? Mi hermano estaba en nuestra pieza cambiándose, mis hermanas haciendo cola en la puerta del baño. Era imposible ir a gimnasia en pija, o sea, en cortos y pija abajo. Era un asco. Me subí los cortos y decidí ir así, total… cuando volviese me baño con zolcilloncas puestos y le digo a mi vieja que me cagué, al menos era menos vergonzoso para esa edad (además de que ya era costumbre en mi persona). Sueños húmedos y la concha de Dios.

Todo acontecía normalmente. El día de clases perfecto, sin sobresaltos. Debo reconocer que ese día anduve huraño, marginado, lejos del bochinche y mis amigos “los picantes”. Era el día de gimnasia, día donde el chiste era bajarle los yogins a los vagos, joda que siempre era inaugurada por mí. La tirita del yogin me estaba cortando la circulación como el alambre de púas que los religiosos se prendían a las gambas. Ya tenía morado y me costaba respirar, pero nadie me iba a bajar el lompa para que todos vean la caja de cartón corrugado que portaba por calzoncillo.

Arranca la hora de gimnasia, todo bien. Llega el fulbito, tres equipos de 9 jugadores cada uno clavado, ni uno más ni uno menos. 9 contra 9 y al gol entran los de afuera. Jugamos una hora, el que suma más puntos gana, los equipos perdedores pagan la coca y las facturas para todos. Son como cinco pe cada uno, para esa edad y en esa época perder cinco pe era como que hoy te jugaras una cena en Montecatini. Una competencia feroz. Yo siempre fui maleta, pero de 2 he planchado, hombreado, cuerpeado y fajado hasta a los más rústicos. Además entre 9 no se nota un “mochila”.

Llevábamos cincuenta minutos y la cosa estaba re peleada, dos equipos empataban y uno estaba un punto abajo. Peleadísimo el campeonato. De pronto se avecina el gordo Darío. Repetidor. Se comía dos lomos Kova solo. Tomaba cerveza desde los catorce. Ya le había pegado a todos los patovicas de La Luz matine. No lo dejaban entrar más. Fumaba y se llevaba el humo a pecho. Tenía barba, arito y una cara de diablo que mamita querida. Jugaba mal, pero le pegaba como un misil y si lo fajabas cobrabas seguro. No había retorno. Estaba el arquero, el gordo Darío y yo entre ellos dos. Pica la pelota por el pase, vamos al encuentro los dos, estiro la gamba para llegar a la fobal, el gordo la mira, la mide, me mira, me mide y le mete un chulminaso infernal. Llego primero a la pelota y el patadón del gordo impacta directamente en mi abductor derecho, a centímetros de las bolas. Exploto de dolor, vuelo por los aires. El gordo sigue como si nada. Le queda picando, la mide, le estampa un derechazo demoledor. Gol del gordo y la puta madre que lo parió. Yo matado, retorciéndome. Gordo forro. El profe Hugo pita, cambio de equipo. Me viene a ver el viejo pelotudo. Por fin.

Lloriqueo como maraca y no me puedo sacar la mano de la entrepierna. Me hago presión. Mi cara de maricón abatido se transforma inmediatamente con las palabras del profe Hugo. Vení Bomur, vamos a ver a la Doctora Pamela. Dios… ¿vos sos mi enemigo la gran puta que lo parió?

La Doctora Pamela no solo era el centro de todas las pajas de todos los alumnos del mundo entero, sino que era el objetivo marital de todos los maestros del colegio y el sueño de todos nuestros papas. Tetona, cara de puta, sensual, piernuda, culona, con tacos siempre, pelo largo y ruludo, en una cantidad abultada, labios rojos, lentes de trola, voz re pajera, casi como de una gallega, graciosa, dientes perfectos. Jamás le vi el color de los ojos pero les puedo describir a la perfección cada centímetro del escote de esa criatura. No, la doctora Pamela no. ¡Me iba a tener que sacar los pantalones! No, no podía ser.

Y la veo venir, bamboleando esas caderas como si fuese una serpiente maldita. Con esas tetototas como dos globos inflados con agua a la mitad, colgados de la soga de la ropa, que rebalsaban el corpiño. A su lado los pajaritos dejaban de cantar y los bambis se sacaban el sombrero para verla pasar, así como la Cenicienta. Un perfume a jazmín inundaba los sentidos de todos cuando venía, el sol brillaba más, los colores eras más puros, los sonidos se hacían dulces como ríos de miel, la vida se ralentizaba, las nubes eran de algodón, millones de maripositas comenzaban a volar desde los talones de uno y se posaban en tu nuca y te hacían cosquillitas con plumas de ganso. La vida era una cosa feliz y sabrosa cuando aparecía la Doctora Pamela. El pito se te ponía como una baldosa y almacenabas material masturbatorio como para siempre. Y el pito me topó con el cartón y su venida santa se transformó en el Apocalipsis.

Setenta veces me pidió que me bajase el pantalón, ochenta veces trató de masajearme la entre pierna (si, mi entrepierna, ella a mi, si la Doctora Pamela a Bomur, si si, ella, sus manos, ella, sus manos cerca mió, manos, cerca, pito, manos, pito parado, manos… cartón, ¡no!) noventa veces le dije que estaba bien, que no pasaba nada, que había sido un golpecito y no me dolía.

Bueno si no te duele volve a jugar. Profe Hugo y la camionada de putas madres que lo re parió. Bomur cagón de mierda, vení que perdemos, si no entras somos 8 contra 9 y nos van a ganar, estamos empatados. Entra cagón. Y entré, rengueando hasta que me dí vuelta y la vi a la Doctora Pamela observándome, un halo de luz bajaba del cielo a iluminarla solo a ella y de su figura nacía un arco iris de esponja. Caminé derecho, corrí derecho. Un sufrimiento atroz me atacaba. La pierna se me estaba prendiendo fuego. Sentía brazas en la piel, como que una pinza ardiente me estuviese apretando la entrepierna. Y la miraba a ella… la Doctora… con esas tetas riquísimas, con esa cara de puta preocupada, tan divina, como bañada en chocolate marroc, era la mujer de mi vida. El dolor se iba, el dolor menguaba, el dolor no existía. Ella… casi me toca, ella a mí… ¡pero no! Tenía más palomas en el calzoncillo que la Catedral de Colonia. Volvió el dolor, pero nadie podía dudar de que yo no diera más.

Y el que no dudo fue el gordo Darío. Venía enchufado nuevamente, esta vez marcado por uno de los pibes. Corro como puedo y lo cruzo, le saco la pelota con una agilidad jamás vista en mí, al punto que casi no se da cuenta. Casi. Me persiguió unos metros, yo entre mi dolor y el éxtasis de la robada de pelota que acababa de hacer no lo sentí venir. Me clavó un patadón de coté que me terminó de triturar la gamba. Caí rendido. Esta vez no podía más, cortaron el partido. Hubo un par de insultos hasta que el gordo Darío de un solo empujón volteó a tres de los de mi equipo. Fin de la discusión. Perdimos. El pelotudo del profe Hugo volvió a llamar a la doctora. Me resigné, ¡que vergüenza! ¡Nunca jamás en la vida iba a tener una chance si la doctora Pamela me veía acartonado! ¡Esto no me puede pasar, no lo puedo permitir! Apareció una idea y decidí llevarla a cabo.

Como pude me puse de pié, salí corriendo rengueando. Confundido, el profe Hugo me empezó a seguir, gritándome que vuelva. Yo no aguantaba más y entre llantos, rengueo y el placer de haberle encontrado una solución al temita del cartón y de la Doctora Pamela, me tiré a la pileta del club donde entrenábamos. Vestido. Sucio. Chivado. Pero… palomeado. Esas palomas se iban a volar con el agua de la pileta. ¡Ja! ¡Genio Bomur le ganaste al sistema!

Pero no. Me atendió el doctor Miguel, un viejo arrugado y con olor a pichí. La Doctora Pamela se había ido. El viejo pelado y canoso me sacó de prepo el pantalón mojado. Me agarró la gamba, me puso una crema desinflamante, mi miró el calzoncillo. Levanto la vista. Yo pálido, aún agitado, dubitativo, re caliente porque no me atendía la Doctora Pamela. Ya estaba pensando en la que me iba a clavar cuando llegara a mi casa. El Miguel volvió a mirarme el calzoncillo. Me volvió a mirar. Me comencé a poner colorado. Bajo la cabeza. A uno que yo conozco se le está agitando la testosterona. Risas. Viejo choto ¡que vergüenza! Volvió la Doctora Pamela. Yo enrojecí. Se paró al lado del Doctor a observar lo que estaba haciendo. Miró y asintió con la cabeza. ¿Estas bien? ¡Si Doctora! Me duele un poquito acá. Me señalé la otra gamba. Bajo la mirada y no se como me miró el calzoncillo. Levanto la mirada. Se había dado cuenta. Yo rojo violento, chivando por las sienes. Con una risa casi imposible de ocultar le dijo al Doctor que me mirase las dos piernas y huyó despavorida de aquella sala. Nunca más la pude mirar.

Esa tarde volví abatido, pero por lo menos en mi casa no se iban a enterar de las culiadas falsas que me había pegado esa noche y de los hermosos sueños líquidos que había padecido.

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