Fue Foul: “Detrás de un velo”

-Carmela, contame qué es eso en que me quieren inventar, lo de “encantador de mujeres”.

-No te apures tanto que el entrenamiento es intensivo, Marcos. No tiene recreos. Es a día y noche.

-¿Entrenamiento? Pero qué, ¿me van a entrenar como un boina verde?

Carmela dejó de enjuagar los vasos en la pileta y me miró no tan divertida. Yo sentí algo similar al miedo. Al miedo que se enoje, que se canse de un tipo tan pelotudo. Tal vez ahí me di cuenta de que Carmela me gustaba. Me gustaba realmente. El miedo a veces es solo una humillante demostración de lo que no queremos ver.

-Lindo…, te tengo que pedir una cosita. Si no filtrás un poco, me va a empezar a costar calentarme con vos. Y te tengo ganas, Marcos. Me gusta tenerte ganas –yo tragué y bajé la mirada-. Solo te pido que… A ver, mirá.

Carmela se secó las manos y dejó el repasador en la mesa.

-Vamos a empezar a inventarte. Te doy un consejo, yo te voy a “inventar”, o sea, voy a armarte para que seas lo que no sos. Lo mejor que podés hacer es encarnar lo que aprendas. Que en algún momento “elijas ser” lo que vas a estar interpretando.

-Pero yo ya te puedo decir que elijo ser un encantador de mujeres –le dije y me reí, como haría cualquier pelotudo; Carmela no tuvo ni la más ligera reacción de algo parecido a una sonrisa en su cara.

-Empecemos. De ahora en adelante, Fanta, Gon y yo te vamos a ir marcando cosas tuyas, para que las cambies por otras. Es solo eso. Al principio vas a tener que fingirlas a la perfección, porque si en el corto plazo vemos que no enganchás, Marquitos…, te vas a tener que ir.

-Bueno, bueno, bueno… Pará un minuto, Carmela. Yo puedo ser todo lo pelotudo que quieras, pero yo no necesito estar acá. Si estoy acá es por…

Y mi garganta se detuvo. Los pulmones dejaron de exhalar el aire hacia afuera y la boca tardó un segundo en darse cuenta, gesticulando la última palabra, “vos”, en el peor de los silencios. Carmela lo vio, lo interpretó, lo leyó, casi diría que lo escuchó. Pareció un grito sordo y opaco que queda gritando en la mente por horas. Empezaba a darme cuenta de que hay cosas que no podía controlar, y enseguida entendí lo de “encarnar” el invento. Hay cosas que no se pueden actuar. Sentí un calor por el cuerpo, pero de vergüenza, no de miedo a su pacata amenaza. Ella seguía en silencio, mi palabra muda había quedado en el aire como volutas de humo al sol de una ventana, pero no podía hablar. Ella seguía en silencio. Era insoportable.

-Pedoname. Seguí, Carmela.

Carmela me miraba impávida. En su cara no había ni disgusto ni enojo. Era una cara intrigada y seria, preocupada. Por fin habló.

-Empecemos por tus inseguridades. Cada vez que estés por preguntar algo boludo, es inseguridad. Es que crees que algo puede salir mal y nos vamos a enojar con vos. Eso tenés que cambiarlo ahora, desde este minuto.

-Ok. O sea, tengo que entender que ustedes no se van a enojar si algo…

-¡No, Marcos! Obvio que… ¡ufff! Esto lo debería estar haciendo Fanta, voy a terminar rajándote de mi cama antes de lo que me esperaba. ¡Obvio que nos vamos a calentar, pelotudo, pero nadie te va a matar! ¿Tenés miedo que me enoje? ¡Ya me enojé, marica! Andá, andá para allá –dijo señalando cualquier parte. 

Tardé unos segundos en reaccionar. No porque estuviese afectado por sus gritos… lamentablemente, sino porque no entendí a dónde tenía que ir. Me quería ir, pero no entendí a dónde. Nunca había visto con tanta claridad que era un cagón, que tenía un montón de miedos. Fue como que se me caiga encima una caja de realidades. Por suerte tuve mi primera actitud masculina, giré y me fui para el patio caminando lento. No alcanzaba a entender de dónde aparecían esos miedos, pero empecé a tomar decisiones y decidí caminar un poco más rápido. El sol y el alejarme de Carmela me dieron el aire que necesitaba para pensar. ¿Dónde estaban esos miedos? Jamás había reaccionado así en mi vida. Pero me acababa de pasar. Y sabía, y me quedaba claro, que Carmela no podía quedarse con esa imagen porque no me iba a querer tocar nunca más ni con un palo. Ella ni ninguna mujer. Empecé a sentir otra vez la carne tensarse bajo la piel. ¡La puta con tanto miedo! Pero es que no sabía ni dónde estaba parado. 

Respiré hondo y de a poco fui atando cabos. Empecé a ver todo con más claridad. Indudablemente mi miedo no era ni la amenaza de Carmela, ni perderla. Mi miedo era, justamente enfrentarme con él. Con el mismísimo miedo. Con la inseguridad que siempre había escondido con formas y modales, pero que en realidad era miedo. Mi cuerpo empezó a transpirar por el calor que hacía en el patio. Y ¿miedo a qué? Probablemente miedo a su primera acusación, a que se enoje, a no ser aceptado… Empecé a sentir que el sol me estaba quemando vivo. Y ¿por qué esta vez quedó en evidencia? ¿Por qué esta vez se presentó mi inseguridad de manera tan contundente…? Una brisa cortó el solazo que me hacía arder el cuerpo, y sentí como una luz interior, como algo que siempre estuvo claro en mi cabeza y que ahora aparecía como detrás de un velo. Si me estaba muriendo de calor, ¿por qué no fui al galpón…? 

La pregunta no era ninguna estupidez. Es más, era la calve de todo. No iba al galpón por miedo, porque como no había entendido a Carmela cuando me mandó a la mierda, me quedé donde sabía que era imposible que hiciera algo mal a propósito, ¡porque la estaba pasando para el orto! Era tan claro que empecé a reírme. Sabía que este tema requería de una buena profundización, pero el aire entró en mis pulmones con otro sabor, el pecho se me hinchó y me sentí, por primera vez desde hace muchos años, verdaderamente libre. Libre de hacer lo que quisiera. Antes de ir a verla a Carmela pensé bien en cómo iba a ir. Yo no sabía bien si había profundizado esto de la inseguridad, pero esto no se trataba de cambiar, se trataba de un invento. Lo pensé bien, iría, la abrazaría por la espalda y después vería, y empecé a caminar hacia el pasillo para buscarla. Antes de entrar al pasillo apareció en mi mente una idea mejor, entré por el pasillo y la vi de espaldas. No necesitaba actuar, necesitaba “entender” que me chupaba un huevo lo que ella pensara. Yo quería esto. Quería seguir inventándome como un “encantador de mujeres”. 

Llegué a la cocina, pero Carmela ni se dio vuelta. Yo me sentía más tranquilo, pero había algo con lo que no estaba cómodo. Ella seguía lavando de espaldas a mí. Ella sabía que yo estaba ahí pero… ¡Pero qué carajo estoy haciendo acá! Me di vuelta sin dudarlo, salí por el pasillo, entré al galpón, agarré mis cosas, me fui hasta la puerta de entrada y antes de abrirla miré para atrás. “¿En qué mierda estaba pensando cuando me vine para acá?”, pensé, sin embargo también sentí que ese lugar me gustaba, que lo iba a extrañar. “Me importa tres carajos”, dije entre dientes, y salí a la calle.

Me sentía tan fuerte, tan poderoso… ¡Hacía tanto tiempo que no sentía esa sensación de seguridad! ¿Cuándo fue que empecé a tener tanto cagazo? ¡Cuándo puta fue que dejé que la vida me cogiera y la reputísima madre que lo parió! Ya había caminado algunas cuadras, pero otra vez me di cuenta de que no tenía ganas de caminar. ¡Mierda! Ya ni sé qué hago porque quiero y qué hago para castigarme! Me tomé un taxi y llegué hasta mi vieja casa, pagué, el taxi se fue, y me detuve frente a la entrada. Ya no podía entrar, ya no era mi casa, pero necesitaba revisar mis propios pasos. Desde ese lugar había saltado al vacío y en muy poco tiempo había aprendido tanto de mí mismo que necesitaba revisar todo otra vez. Me apoyé contra un auto estacionado, saqué un cigarrillo y pensé. Pensé mucho. 

La tarde estaba cayendo. Clarita, una vieja vecina mía, llegaba y nos saludamos. Empecé a sentir una nostalgia, pero no por vivir nuevamente ahí, sino por no haber tomado la decisión siendo como el que era ahora.

-¡Qué sorpresa, Marcos! –dijo Clarita.

-¿Cómo anda, Clarita?

-Bien, ¿y vos? ¿A dónde te mudaste? ¿Estás mejor?

-Sí, Clarita. Me mudé a un complejo de departamentos, bastante lejos de acá –mentí.

-Bueno, qué bien, Marquitos. A propósito, hace unos días anduvo una chica buscándote por acá.

-¿Una chica? ¿Una pelirroja?

-No, no era pelirroja. Más bien castaño oscuro creo.

O sea, si no era Carmela, entonces evidentemente me había andado buscando… ¡Fanta!

-Y ¿sabe qué hizo después?

-Bueno –continuó la vecina-, como me pareció un poco rara me la quedé mirando. Y estuvo un rato ahí, su fumó uno de esos cigarrillitos… esos que son de droga me parece, lo armaba ella…, y después apareció un auto de los caros, ella se bajó del auto en el que estaba, se subió al otro y se fueron. Después, más tarde salí y el autito en que vino la chica ya no estaba.

-¿Se acuerda cómo era hombre del auto en el que se fue?

-No. Un hombre grande. Canoso. No lo vi bien. 

La tarde empezaba a llegar y la vereda de mi vieja casa se oscureció. No podía dejar de pensar que Fanta había venido hasta casa, ni que vino en auto, que se fue en otro… Es que, en el fondo, sabía que esa mujer no era Fanta. Habría sido alguna mujer que vino a ver el departamento para alquilar, y lo de los autos, no sé, cosas de ellos. Pero pensando y pensando, la noche llegó hasta la vereda y yo empecé a sentir ganas de ver una vez más esa sonrisa rabiosa, esos pelos revueltos y colorados, ese petardo vivo, me cargué el bolso al hombro y, esta vez por elección, empecé a caminar nuevamente hacia el galpón, pero ahora no como un tipo desesperado, sino como un hombre que extraña a una mujer.

(Continuará…)

Nota: ¿Querés conocer a Marcos Valencia en persona? El día jueves todos vamos a salir a festejar la llegada a nuestra tierra de nuestro querido amigo en algún bar de por ahí. Para enterarte, escuchalo al mismísimo Marcos el jueves de 22 a 24hs en nuestro programa El Mendolotudo por FM 105.5 o www.mdzradio.com 

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