Estaba empecinado con arrancar boxeo. Venía de un pasado de karateca frustrado. Me había quedado ese gustito a piñas, ese sabor por acomodarle algún suki a algún choto, comerme una patada o sudar contra una bolsa, pero no me había bancado la exigencia de ser un artista marcial, ni los principios deportivos y morales que uno tiene que sostener por el simple hecho de pertenecer. Por eso me decidí por el boxeo, deporte de pardos rústicos y agresivos, por no decir negros de mierda pendencieros, que la moral y las buenas costumbres les chupan un huevo y solo quieren pegarse como animales por el mero gusto del primitivo placer de golpearse, sin el cobarde cuchillo o el nefasto revolver de por medio que hoy yira en la calle.

Me enteré que un tal Willy había abierto una especie de academia cerca de mi casa y me mandé. En mi efervescencia y entusiasmo logré que todos mis amigos del grupo arrancaran conmigo. Éramos once. Así que ahí estábamos los once paparulos entre miles de guachitos que se acercaban por la novedad y un par largo de monos que el Willy traía arrastrando de otros lares, bastante curtiditos y picantes los muchachos, pero lo suficientemente machos para dejar la burla y el orgullo de lado cuando nos fajaban en el ring.

La especie de academia estaba en una especie de gimnasio, que otrora había sido una especie de agencia de autos, que antaño había sido una especie de taller. Dudo que se imaginen el crisol de decorados que tenía aquel exótico lugar, que en el fondo, no era nada más y nada menos que un galpón rectangular con techo de chapa, un baño espantoso, una oficina peor aun y una fosa tapada con una madera. Años después me enteré que se había fundado como un depósito de leña.

También había un espejo que parecía del circo, porque te hacía ver largo y flaco de patas, pero corto y ancho de torso, como un corcho con dos alambres. Algún amigo del Willy, probablemente camionero o gomero, le había llevado un par de cubiertas enormes donde saltábamos y entrenábamos el típico saltito del boxeador, la rueda te obligaba a no levantar las patas del piso porque sino pasabas para abajo y te la dabas de una. Había un par de bolsas de distintos pesos, que iban desde una que parecía una piñata que no entrenaba ni a un nonato a una que parecía el gordo Lanata colgado de la nuca… imposible de mover.

Entramos once y a la semana quedamos tres, no por lo agreste del lugar, tampoco por la concurrencia, que ya pululaba de párvulos y los grandulones, mucho menos por el profe, sino porque mis amigos no se bancaron ni el entrenamiento, ni lo fuerte que te pegaban los secuaces del Willy cuando este no te miraba por entrenar a los guachitos. Y aquel era un sitio… sin lugar para los débiles. Yo me quedé porque estaba cerca de mi casa, porque chivaba los mil demonios, porque salía barato y porque el Poli y el Perico (los dos amigos que se la bancaron conmigo) le metieron huevo también. Aunque varias veces, mientras el Willy no nos miraba, hubiese rogado estar en el lugar de los débiles y no en la bosta aquella siendo cascado por un oso cervecero que lo único que tenía que hacer era levantarse a las once para hombrear bolsas de cemento.

Pero vamos al alma de todo aquel exótico lugar. Insisto, ni el recinto, ni los socios, ni mis amigos, era lo que le daba magia a la academia, era el Willy quien se encargaba de ese oficio.

El Willy era un tipo bárbaro (digo “era” no porque este muerto, sino porque hace mucho que no se de él). Típica estampa de boxeador, o boseador, como diría él. Metro setenta, de músculos duros pero desdibujados, mirada encendida, trabado para hablar, lento para pensar, pero rápido con la zurda como la puta madre. Su nariz había sido operada diecisiete veces y sus pómulos reconstituidos en tres ocasiones, debo reconocer que se parecía a una especie de Monzón de Las Heras venido a menos, medio cagado a palos pero derechito y bien parado. A sus cincuenta conservaba una cintura mágica, un yap de zurda escurridizo y un derechazo demoledor. Lo que no conservaba era neuronas, porque ese derechazo me lo comía yo con veintisiete años con la misma intensidad que un piscuí de doce.

De todas maneras el Willy era el profe, el profe enseña, y al profe le gusta educar. Nosotros éramos sus alumnos, los alumnos aprenden, y a los alumnos nos gustaba escucharlo. Así que cuando el Willy hablaba, todos le prestábamos atención. Como éramos tantos, el Willy iba entrenando de a grupitos, te dejaba haciendo algo al tiempo que te tiraba “tips” y “aforismos” a modo educativo, para luego seguir con otro grupito y que así nadie estuviese al pedo. La libertad de aquel lugar donde cada uno le ponía el huevo que quisiese me fascinaba y el Willy no rompía las bolas en lo más mínimo, siempre y cuando mantuvieras la guardia en alto, la panza dura y los ojos bien abiertos.

A todos les hablaba con la misma pasión, desde los grandulones senior, pasando por los debiluchos juniors (que éramos nosotros) hasta el guacherío revoltoso. Varias veces traté de escuchar que les decía a los demás, porque todos lo observaban siempre y absorbían sus enseñanzas con dedicación, esmero y atención. ¿Cómo un tipo podía tener tanto tacto y manejarse tan bien entre todas las edades?

Nosotros escuchábamos mil anécdotas de la vida del Willy, típica vida de boxeador plagada de anécdotas, de noche, de joda, vicios, triunfos y fracasos. Había vivido de eso casi todos los años de su vida y el tipo era un juglar del boxeo. Las moralejas de sus enseñanzas nunca me quedaron muy claras, incluso con el Perico y el Polilla muchas veces nos quedábamos tildados… ¿Por qué no mejor nos cuenta las que le cuenta a los nenes?… por lo menos así nos da un tinte de ganas de ser boxeadores, pensábamos.

Una tarde se cortó la luz, por lo que no se podía entrenar dentro de la academia, o el gimnasio, o el taller, o el coso ese donde íbamos a que nos peguen. Estaba bastante oscuro afuera por lo que el Willy nos pidió a los grandotes que nos quedáramos un rato haciéndole el aguante hasta que se cumpla el horario y viniesen a buscar a los pibitos chicos, el Poli, el Perico y yo también nos quedamos. Nos sentamos algunos, los más chotos fanatizados se quedaron tirando guantes en la calle, se acuclillaron los niños, se sentaron como indios otros nenes y los malosos se pararon de fondo cruzados de brazos, como cercando una especie de ronda en torno al Willy, que comenzó algo como un discurso moralista. Sus palabras comenzaron así:

– Muchachos, en la vida hay que saber pelearse con todo. La vida es un reto que hay que saber enfrentar, es una pelea que hay que pelear, no es un solo round, sino que son veinte, cien, mil y cuando le ganamos a ese contrincante, la vida no se acaba, sino que nos sube al ring a otro peor – los chiquitos escuchaban atentos –. La vida es como un camino que hay que caminar, lleno de senderos que te alejan del fin verdadero, que te tratan te tentar, que te atinan a seducir con boludeces y cosas sin importancia – ahora había captado la atención de los imberbes, ya los niños estaban mudos escuchando al profe –. Siempre hay gente que te quiere ver triunfar, pero siempre hay mucha más gente que te quiere ver caer. Miren… les voy a contar una vez lo que me pasó de joven, cuando “bosiaba” en “Nueva Yor”.

Todos los grandulones comenzamos a escucharlo, se venía anécdota cierta, que es la mejor manera de educar a un boludo de nuestra edad, el Willy caminaba de un lado a otro como el jefe de un ejército medieval.

 – Resulta que estaba el un hotel en la noche previa a una pelea. Me tocaba pelear contra un puertorriqueño que era infernal, pesaba un poco más que yo pero, como buen mulato, se movía como una gacela y pegaba como un whisky puro – dijo el Willy al tiempo que largó una sonrisa que no tenía nada que ver.

Los nenes no entendieron la risa, mucho menos la analogía, la cual estaba errada por estar aún dentro del horario de protección al menor, pero bue… era el Willy, él sabía hablarnos a todos, por lo menos lo hacía todos los días como veíamos con el Poli y el Perico.

– El tema es que el puertorriqueño tenía un manager que era un maldito, un cometero, siempre trataba de arreglar las peleas con plata, promesas, mujeres y otras porquerías. Porque muchachos… ustedes no saben la cantidad de tránsfugas que hay en la calle, tratando de meterle los palos en la rueda a uno que es dedicado y tenaz – dijo el Willy mientras sus ojos miraban al cielo al tiempo que se transformaba en el héroe de varios de los más chiquitos –. El puertorriqueño era malo, feroz, pero yo había entrenado más de seis meses seguidos, no había salido ni una noche de fiesta, me tenía toda la fe del mundo, estaba esperanzado y vigoroso, en uno de mis mejores momentos – los ojos del Willy se abrillantaron de orgullo, mientras todo el pendejerío se preguntaba porque no tenían un papa tan groso como él.

Verlo caminar de un lado a otro, alzando la voz, con su mirada al infinito, a aquel rústico señor, de costumbres chabacanas, alma de hierro y corazón gigante nos comenzaba a llenar de orgullo.

– Uno nunca sabe cuando la mala saña lo busca y aquella noche me quisieron tentar con el peor de los vicios – El Willy hizo un silencio justo, exacto, perfecto para llenarnos de supuestos la mente y fogonearnos con palabras –. Mujeres. El manager del puertorriqueño me mandó tres mujeres a la habitación del hotel, a que me buscaran, a que me tentaran, a que tratasen de fatigarme dándome amor salvaje toda la noche, amor frívolo y descarado, vacío y oportunista – las palabras del Willy se poetizarony llegaron  a lugares infinitos, aquel muchacho había pasado integrar mi top ten de ídolos mundanos. Ya tenía captada la atención de todos los alumnos, habían llegado varios papas que se quedaron parados detrás de los mastodontes, con más ganas de seguir escuchando al líder ídolo del Willy que de irse. Yo ya me veía venir el final moralista y aburrido.

– La cosa es que me golpean la puerta de la habitación del hotel, abro y las veo. Eran tres minones infernales, tres camiones, traía un champagne cada una y venían con unas falditas cortitas que ¡mamita querida! – era lógico que el Willy no las iba a poder describir de otra forma, lo que estuvo de mas fue el exceso de saliva –. Dos morochas y una rubia, terribles, tenían una cinturita así (y marcaba la cintura) unas lolas así (y marcaba las tetas al tiempo que un par de papás manotearon a sus hijos) y unas gambas más largas que la ruta siete (los grandotes largaron carcajadas, yo ahora estaba ebrio de alegría de escuchar este relato). Y ahí estaban las tres atorrantas… contratadas por aquel maldito manager que quería hacerme perder la pelea… tantos meses entrenando, tantos días sin dormir, tantas ilusiones puestas en aquella batalla. Siempre hay más gente que te quiere hacer caer que la que te quiere ver ganar. Ahí estaba yo solo en mi cuarto, la puerta abierta y tres tentadoras mujeres que me querían hacer pisar el palito y fatigarme para la pelea del día siguiente – El Willy hablaba con rencor y valentía. Se tildó un rato mirando el cielo estrellado que iluminaba su cara, como recordando…

– ¿¿¿Y que pasó profe??? – gritaron al unísono más de quince pendejitos que habían seguido la historia del Willy sin perderse una sola vocal y que solo pensaban en ser como él cuando sean grandes.

– ¿¿Y que va a pasar?? – dijo el Willy certero y sin vacilar –. ¡¡¡Me las re cague culiando a las tres, me chupé todo el champagne y al otro día lo re cague a trompadas al puertorriqueño pelotudo ese!!!

Ahí entendí el “plop” del Condorito como nunca en mi vida y el Willy entendió que perder más de quince clientes por contar sus andanzas no es buen negocio.

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