La venganza – Capítulo 13: “Terror en la cárcel”

El policía te apuntaba sin titubeos. Dudaste varios instantes, el tiempo corría lento y tu indecisión ponía más y más nervioso al hombre del revolver. Pensaste fugaz, embestirlo era una estupidez, te acribillaría a balazos al primer paso, su cuerpo bloqueaba la única puerta de salida… pero no las ventanas, pensaste.

Apretaste en tus manos la pequeña caja con el corazón de Peñaloza e iniciaste una carrera desenfrenada hacia la ventana de la oficina. A metros del vidrio te arrojaste con tu hombro haciendo las veces de ariete, volando por los aires con ánimos de huir por ahí.

El estallido del vidrio explotó en tu cabeza, sentiste como la ventana cortaba todo tu hombro al tiempo que se desplomaba con vos desde el segundo piso, eran más de cuatro metros de caída entre vidrios, astillas y las cortinas envolviéndote todo. Pero la suerte no iba a estar de tu lado esta vez. En cuanto balanceaste tu cuerpo el oficial apretó el gatillo, el primero de los disparos impactó contra la biblioteca de la oficina, pero el segundo te alcanzó en la pierna. La bala te rozó la pierna, pero su velocidad rasgó tu piel produciéndote una herida ardiente y dolorosa, sentías fuego en el muslo mientras caías.

El estrépito de la caída y los disparos llamaron la atención del otro oficial, que estaba parado en la puerta. En cuanto vio la escena no dudó en desenfundar su arma y apuntarte. En la desesperación por escapar, sumado al miedo de volver a ser alcanzado por una bala, te paraste en un instante, entre vidrios que seguían cayendo del cielo, la cortina bañada en sangre que envolvía tus hombros y corriste hacia la calle, saltando las rejas como un atleta olímpico. Ante el desconcierto  ambos oficiales dispararon hacia vos, sus balas impactaban a escasos centímetros de tus corridas.

Cuando lograste tomar distancia, comenzaron a perseguirte por el medio de la calle, otra vez escapando, otra vez aterrado, pero esta vez no tenías la energía ni las ganas de las demás persecuciones. A dos cuadras de tu abuela había una plaza que terminaba en unas fincas, si lograbas llegar ahí te podrías escabullir por los recovecos que tanto habías andado de chico. El ruido de las botas de los policías, golpeando violentamente contra el asfalto al perseguirte, te hacía percatar de que estaban a pocos metros tuyo. No sabías si lo que pasaba a centímetros de tu cuerpo eran balas, o la sensación de ser perseguido nuevamente.

La noche te permitió divisar algunos árboles de la plaza iluminados por una farola, estabas cerca, la herida ardía, comenzabas a renguear del dolor, pero los dos policías también habían aminorado su velocidad por cansancio. De pronto frente a la plaza sentiste un motor acelerando con violencia y una frenada brusca. Una trafic de la policía se había parado frente a vos, cortando tu paso hacia la plaza, estabas atrapado. Varios oficiales bajaron del móvil, cargaron sus armas y apuntaron hacia vos, no tenías chances, aminoraste tu carrera intentando pensar nuevamente como hacer. Justo antes de parar un golpe en seco, propiciado por uno de los policías que te seguía te tumbo al piso. Diste media vuelta lentamente y el empeine de una bota te sacudió las sienes… ¡bienvenido al infierno!

Los párpados te pesaban una tonelada, un rayo de luz tenue entraba por una de las ventanas de la celda donde estabas. No tenías reloj, tampoco cinturón ni cordones, mucho menos la cajita con el corazón de Peñaloza. Un catre inmundo era todo tu mobiliario, un inodoro manchado de tiempo y suciedad tu baño. Las paredes grises de aquel nido de ratas eran casi tan deprimentes como tu estampa. Te tocaste la pierna que aún dolía, una venda circundaba todo tu muslo.

– ¿Hola? Hola… ¿Hay alguien? ¿Dónde estoy?

Sabías que estabas en una cárcel, pero no donde ni como. Nadie respondía tus llamados.

– ¡Hola! ¡Oficial! ¡Policía! ¿Alguien? ¡Necesito hablar con alguien! ¿Qué hora es? ¡Por favor es cuestión de vida o muerte, por favor! -. Gritaste desesperado.

– ¿Qué queres pendejo? -. Te respondió en seco un oficial bajito, macizo y morocho.

– Oficial, ¿Por qué estoy acá?

– Vos debes saber nene… escapar de la autoridad no es buen augurio… menos para un asesino.

– ¿Asesino? ¿Quién?

– Jajaja… ¡caradura encima!… Ya va a venir el tiempo de que seas juzgado, ahora quedate piola infeliz porque no sabes la que te espera en la cárcel… ¿sabes lo que le hacen a los giles como vos?

– Oficial, es todo una equivocación, ¡soy inocente!

– ¿Ah si? ¿Vos sabes cuantas veces escucho la misma cantata, tarado? Ridículo, deja de gritar y quedate en el molde…

– ¿Qué hora es?

– ¡Que te calienta! Acá el tiempo es eterno.

El morocho se dio media vuelta y se fue caminando por el pasillo, un ruido seco a metal te señalaba que había salido de la zona de celdas cerrando la pesada puerta que separaba la zona de las oficinas de la policía. Tu desconcierto y desolación eran totales, la luz comenzó a amenguar, debían ser como las ocho de la noche quizás… ¿habías dormido toda la mañana? Te tocaste la cabeza, aún tenías hinchada la zona de la patada que te habían dado la noche anterior. Te sentaste abatido en la cama, en esa especie de camastro asqueroso.

– Son las nueve menos veinte -. Gritó alguien desde lejos.

– ¿Qué? ¿Quién habla?

– Estamos en la cárcel de la calle Belgrano, es la previa a la Boulogne Sur Mer…

– ¿Quién sos?

– Soy Manuel, estoy en la celda de al lado de la puerta, a varios metros tuyo, pero somos solo nosotros dos y escucho todo. Son las nueve menos veinte ¿Por qué estás acá?

– Es muy largo de contar, ¿vos?

– Es muy malo de contar…

– Mejor, mil disculpas pero no tengo ganas de escuchar nada, la cabeza me explota…

– Descansa un rato, es la mejor manera de pasar el tiempo acá, probablemente mañana tengas un día largo.

– Gracias Manuel -. Dijiste al tiempo de que tus ojos demandaban nuevamente descanso.

Te recostaste, relajaste el cuerpo y comenzaste a tener sueños entrecortados, cada unos minutos te levantabas agitado, nervioso, presintiendo algo. Peñaloza no me puede venir a buscar con tantos oficiales. Estoy seguro acá.

De pronto un ruido atronador rompió con el silencio de la sala de celdas, abriste los ojos y te sentaste en la cama en un segundo. La pesada puerta de metal paso frente a las rejas de tu celda con la liviandad de una pelota de goma, cayeron unas chispas del techo y la luz se cortó, dejando todo a oscuras. Algo estaba mal, te paraste asustado. Sentiste un par de gritos, tu corazón comenzó a latir a ritmos galopantes. De pronto el déspota oficial morocho cayó destrozado en medio del pasillo, estaba literalmente partido al medio y su columna vertebral asomaba por la arqueada espalda. Se escucharon más gritos y otro cuerpo voló frente a vos, corriste hacia la puerta de la reja a ver. Era una marioneta de hombre, estampado contra el final del pasillo, le brotaba sangre de todos los orificios y tenía una macana enterrada en el corazón. Había confusión en la sala de policías, nadie entendía que pasaba, algunos gritaban asustados, escuchabas algunas voces y radios pidiendo refuerzos, también el ruido de motores y unos lamentos que no eran de este mundo, vos sabías que pasaba…

Miraste para todos lados, era imposible escapar de aquella celda, trataste de forzar vanamente la puerta, la masacre que se estaba dando a metros tuyo te volvía loco de terror. Gritos de confusión y desconcierto cubrían la prisión, la policía no veía al enemigo, pero vos sabías que era ese vendaval sombrío que iba a acabar con los pocos oficiales de guardia,  un vendaval llamado Peñaloza.

Seguiste tratando de forzar la puerta cuando de pronto se abrieron automáticamente las rejas de las veinte celdas. Te quedaste estupefacto, vacilante, inmóvil. Diste un paso hacia el pasillo y otro cuerpo voló hacia el fondo, donde se apilaban los otros dos. Esta vez no sabías bien que sexo era, pues no tenía cabeza… ni brazos. Los gritos habían disminuido en la sala contigua, una radio preguntaba cosas sin ser respondidas. Corriste hacia la puerta de salida, donde solo quedaba el marco. Un par de oficiales se habían parapetado tras un escritorio a modo de barricada y apuntaban hacia la nada, desde donde habían visto algunas sombras entre las tinieblas de la noche, en su terror no se dieron cuenta de que vos estabas tras ellos. En cuanto apareciste por la puerta Peñaloza te vio y se abalanzo hacia vos, el tiempo se acabó, te dijo. En ese instante los oficiales escondidos pudieron distinguir la sombra de Peñaloza y abrieron vanamente fuego contra él. El nefasto ser se acercaba fantasmagóricamente hacia vos, no le veías los ojos pero sabías que te miraba.

Escuchaste un ruido de motor y una bocina, miraste hacia la puerta que estaba a tu derecha y viste a Manuel al volante de una Ford F100 vieja, te tocaba bocina a vos, te estaba esperando para escapar, su cara decía ¡dale, apurate, vamos!

Hacia tu izquierda había una puerta entrecerrada, dentro se podían ver uniformes sin uso, cascos, un mostrador lleno de utensilios policiales, guantes y bandas anti reflejo. Era una especie de almacén. Ahí debía estar tu cinturón, tus cordones, pero sobre todo el corazón de aquella bestia que iba a acabar con todos pero ahora venía por vos. Manuel, resignado ante tu vacilar emprendió una lenta marcha, sin dejar de mirarte, para que comprendas que si no venías ya él se iba sin vos…

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