Fue Foul: “La manera más cruel”

La sorpresa de encontrar a Carmela mientras miraba a Fanta no fue tanta como habría imaginado, aunque sirvió para borrarme de un plumazo la excitación que me había producido ver a Fanta en pelotas. Carmela me miraba encendida de furia pero, por algún motivo, se quedaba allí, de pie a unos metros mío, con las bolsas de las compras colgando de sus manos. Tenía claro que la quería mucho más que antes, pero ya nada era igual en la relación. Yo ya no podía ocupar el lugar en donde ella me había puesto cuando nos conocimos. Y eso se cambia dramáticamente, o no se cambia. Y yo necesitaba elegirla. Sabía que mientras no la eligiera, cualquier Fanta me iba a mover el piso.

-Linda…

-¿Qué hacés mirandola a Fanta? –dijo y sus ojos brillaron como el pavimento después de la lluvia.

Algo había cambiado tanto dentro mío, y no podía advertir qué era, cómo se había dado, cuál fue el disparador de aquel cambio tan radical en mí y en todo el contexto que me rodeaba.

-Linda, la miré porque estaba por cebar mate y la encontré en el patio. La miré porque está desnuda, porque me sorprendió… -pero de pronto no me dio ganas de seguir hablando, y me callé. Me parecía que todo era tan evidente.

No me gustaba esta nueva postura natural que me nacía. Me sentía muy egoísta, pero entendía que había cosas importantes, y otras que no, y ya no sentía ganas de fingir nada con las que no. Carmela me miraba estática, y una lágrima desbordó su ojo derecho. Sentí su impotencia. Algo se le había ido de las manos, y descubría lo mismo que yo: que había cosas importantes, y otras que no. Y de pronto yo le importaba. Dejé el mate y el termo sobre una mesita al lado de la puerta y me volví a Carmela.

-Los cambios drásticos, como el que hice cuando me vine para acá, son difíciles de procesar, Carmela. Y me doy cuenta de que antes de poder mirarte, tengo que resolver otras cuestiones.

Yo me daba cuenta de que Carmela, así, mirándome como el que fui en el pasado, no me interesaba.

-Y me estaba haciendo el distraído con eso –continué-, pero me doy cuenta de que es una prioridad.

Ya no me bancaba mucho que me mirara así. Entendí que ya no me bancaba que nadie más me mirase así, con piedad y ternura, con rigor y desafío. Y la tomé de los hombros.

-Ojalá te encuentre cuando vuelva, linda…

-¿Te vas? ¿De qué estás hablando?

La calle guardaba un silencio respetuoso, los árboles no sacudían sus ramas a pesar de la brisa tibia que me abrazaba al pasar. Llegué hasta la puerta y toqué dos veces. El sol bajaba en línea recta achicando las sombras. Cuando empezaba a entender que no había nadie la puerta se entreabrió y, por la oscura apertura de su siesta, Teresita asomaba sus pómulos hinchados y su pelo revuelto. 

Nos sentamos en la cocina fresca y sin luz. El sol rebalsaba chorros por las hendijas de los postigos, y la incansable gota de una canilla sin arreglo nos recordaba que, aunque no haya relojes, el tiempo siempre está ahí, mirándonos, escuchándonos, y sellando lo que hacemos en el baúl de las cosas que ya no se pueden cambiar.

-Qué sorpresa –dijo la Tere sin mucho entusiasmo-. ¿En qué te puedo ayudar, Marcos?

En su voz estaba el formulario que acreditaba que se había levantado de una pesada siesta para atenderme. La miré. La miré con mis nuevos ojos, con mi nueva mente, con el nuevo formato desconocido que había poseído mi cuerpo para siempre. Le miré el pelo ahora atado en una cola larga, le miré los hombros redondeados, las tetas, tensando el género amarillento de una remera desganada, le miré la cintura, su marcada cintura, su cadera, enfundada en un short de jean gastado, las líneas que se deslizaban hacia abajo por el aire trazando las curvas de sus piernas delgadas, el gesto de cruzar las piernas, de apoyar su culo en la mesada, su mano atajando el codo, su otra mano con un vaso de agua… Entre mis pensamientos no caía la gota de la canilla. Eran pensamientos de un segundo. Eran imágenes instantáneas que me mostraban todo a la vez. Eran el aleph borgiano de toda ella, que me estaba revelando lo que antes no había visto, que no podía haber visto de ninguna manera. 

-¿Y Traviata?

-En su casa. Está con fiebre.

-Y ¿no lo fuiste a ver?

-Marcos –dijo la Tere después de disparar un suspiro por la nariz-, ¿qué necesitás?

Me paré y fui a su lado en la mesada.

-Necesito hacer las cosas que no hice, Tere. Necesito besarte.

-Y tampoco hicimos el amor, ni nos casamos, ni hicimos un viaje…

-Necesito hacer las cosas que no hice por miedo, Tere. Y necesito besarte.

-Marcos, lo que pasó ent…

Y le tomé la cara con mis manos, y la besé. 

Volví a escuchar el goteo de la canilla y el golpeteo suave de los postigos mal cerrados cuando todavía estaba bebiendo de su boca. Sus manos, al principio estáticas, se movieron y se deslizaron lentas por mi espalda. Quietos, muy quietos, yo con mis manos en su cara y ella jugando con las suyas en mi espalda. No hubo contorneos ni vueltas apasionadas. Solo el beso largo e intenso de nuestros labios parecían tener vida. Solo ellos mostraban la pasión que escondían nuestros cuerpos y la inmensa tarde durmiente. Y seguimos besándonos. Y el beso continuó hasta que los rayos de sol que atravesaban los postigos se apagaron cansados de que nadie los mirara. Y retiré mi cabeza, despegué mis labios de los suyos, y al fin nos miramos, vulnerables, expuestos como dos que acaban de hacer el amor por primera vez. Sus ojos estaban tan desconcertados como yo. Sus manos se aferraron un poco más a mi espada para que no me alejara tanto. Yo sostenía mis manos en sus mejillas. El sol venció a la nube y volvió a entrar con fuerza por todas las grietas posibles, y sus ojos se encendieron. Había olvidado por completo lo linda que era la Tere. Ella apretó los labios y tosió un quejido. 

Me separé de ella, volví a mi silla y me apoyé de pie con mis manos sobre el respaldo. Cuando la volví a mirar sus manos aún seguían un poco en el aire hasta que decantaron sobre sus muslos. Un vacío infinito devastó la casa entera y empecé a sentir muchas ganas de irme. Todo en el aire eran sentimientos, no había espacio ni lugar para la más mínima palabra, pero nada podía terminar sin el coloquio formal civilizado.

-Y ¿ahora, Marcos…?

Recién ahí me cayó la avalancha de culpa. En el beso apareció todo el hervor de lo que sentíamos antes, pero lo único que yo podía saber con certeza era que yo ya no era el mismo de aquellos tiempos. Sin embargo ella sí. Era la misma. No había procesado nada, todo lo había tapado bajo la manta de un Traviata que le ocupó la cabeza, y se había quedado estática, preservada en el sufrimiento de ya no creer más en nada. En su beso había un eterno ayer. Una perdurable insistencia en volver al pasado para que la vida sea como ella la soñaba, y no de otra forma. Al final, la Tere también se parecía un poco a Traviata. Ella guardaba sus sueños perdidos para que vuelvan por ella, de la misma manera en que Traviata mantuvo sus recuerdos con Popi para que esta nunca muera. Y ahora los dos estaban muertos. Los dos valían toda la riqueza de un ayer que ya no existía. Empecé a sentir menos lástima, y la volví a mirar pero como lo que era. Ya no se veía tan sólida y activa como siempre, aunque en sus ojos vivía la férrea promesa de que, algún día, iba a volver a caminar.

-Ahora nada, Tere. Ahora sé que te amé.

-Qué bueno –dijo sin entusiasmo-. ¿Y yo qué? ¿Qué hago ahora con este beso, Marcos…?

Qué feo es decir con palabras lo que es evidente.

-Guardalo. Y sabé que alguna vez amaste, y que podés volver a hacerlo. 

Su cara se llenó de una expresión frágil, se separó de la mesada, fue hasta la puerta y la abrió.

-Espero no volver a verte nunca más en mi vida, Marcos. Te voy a olvidar. Sabelo.

-Lo sé –le dije convencido.

Atravesé el umbral de la puerta pero me detuvo con una mano en el hombro.

-Esperá. ¿Por qué? ¿Para qué hiciste esto?

La miré, me sentía el mensajero de la muerte.

-Porque lo que no enfrentamos hoy, vuelve a aparecer en nuestra vida pero de manera más cruel, Tere.

Y sin decir nada cerró la puerta, y no sé por qué, pero supe que nunca más la volvería a ver. Salí a la vereda y me quedé parado, desorientado. Todo había sido muy intenso. Ahora me tocaba resolver la segunda cuestión inconclusa. Y, cruzando la calle, salí para allá. 

(Continuará…)

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