La venganza – Capítulo 14: “Desastre en el centro”

No te podías ir sin el corazón de Peñaloza… aquella masacre no iba a terminar nunca. Peñaloza venía hacia vos, pero no te podrías escapar ahora. Corriste hacia la habitación, terminando de abrir la puerta de una patada y ahí estaba. Sobre la mesa, junto con unos chalecos refractarios, la cajita con el corazón de Peñaloza. Lo envolviste en un chaleco y saliste apresurado con ánimos de alcanzar a Manuel que ya no se veía desde donde estabas.

– ¡Quedate ahí mierda! -. Te gritó uno de los oficiales parapetados tras el mostrador mientras te apuntaba. Vos te quedaste perplejo. – ¿Dónde te crees que vas?, ¡metete en esa habitación hasta que pase este kilombo!… ¡dale o te quemo! -. Te ordenó el oficial.

Diste un paso hacia atrás con las manos en alto, ¿Cómo te ibas a encerrar en aquella habitación solo? Entonces algo distrajo al oficial, el cual miró hacia otro lado y abrió fuego. Sin dudar saliste corriendo y pasaste tras él, obviamente le disparaba a Peñaloza. Apenas llegaste a la puerta de salida miraste la escena, con miedo a que el oficial se de cuenta de que estabas escapando y trate de disparate. Un solo puñetazo de Peñaloza destrozó el pecho del oficial, dejándolo hecho harapos contra la pared, el otro, que se había quedado sorprendido de la inmunidad de Peñaloza hacia las balas huyo despavorido. Vos miraste hacia la salida de la cárcel y viste aún la camioneta de Manuel que se escapaba lentamente aún sin acelerar, corriste gritándole que te espere, detrás de ti venía el vendaval.

– ¡Manuel! ¡Manuel esperame! -. Gritaste mientras corrías. Manuel aminoró la marcha.

Alcanzaste la cúpula de la camioneta y subiste de un salto, le pegaste a la chapa en señal de que ya estabas arriba y bien y Manuel aceleró a fondo. Peñaloza venía detrás corriendo, todo a su alrededor comenzaba a temblar y estremecerse, podías ver sus ojos fijos en los tuyos.

Iban atravesando Boulogne Sur Mer hacia el sur, cuando pasaron por los Portones del Parque dos móviles comenzaron a seguirte. Uno de ellos, en su aceleración frenética embistió la extraña sombra que también te perseguía. El móvil se destrozó como si hubiese chocado contra una columna de luz y voló por los aires, dando dos tumbos y terminando en la vereda de una casa, pero el impacto también tumbo a Peñaloza, por haberlo agarrado distraído, lo que te dio unos segundos de ventaja.

La camioneta en la que ibas era vieja y lenta, un armatoste a toda velocidad atravesando el parque, el móvil de la policía que aún estaba ileso te seguía de cerca, con sus sirenas encendidas y cambios de luces epilépticos. Al llegar a la calle Arísitides Villanueva se incorporaron dos móviles más y dos motos a la persecuta, uno de los móviles intentaba pasarte para hacerte frenar de frente.

Manuel manejaba desquiciado, vaya a saber de que escapaba aquel muchacho con tanto ímpetu, vos no tenías nada que ver, pero ya estabas en esa vorágine terrorífica y no te podías bajar. A unos cien metros volviste a ver la silueta de Peñaloza, que se acercaba por el medio de la calle imparable, inmutable como siempre, a por vos.

El móvil que intentaba pasarte para encerrarte se abrió paso por tu izquierda, iba a lograr su cometido cuando desde la calle Vicente Gil, perpendicular a la calle por donde venías, salió un conductor desprevenido. El móvil de la policía lo embistió de lleno, dejando inutilizado uno de los móviles, ahora quedaban solo dos móviles y las dos motos que no sabían si pasarte o no.

Peñaloza alcanzó a uno de los móviles desde atrás, viste como empujó con todas sus fuerzas desde el baúl del auto, haciéndolo perder el control total. Tras dos o tres zigzagueos peligrosos el móvil salió de la vía y se estampó contra un semáforo. Desconcertado, uno de los policías a bordo del último de los vehículos que te seguía, abrió fuego contra las cubiertas de la camioneta. Los dos de las motos intentaron parar a Peñaloza. Éste embistió contra una, haciéndola tocar el cordón de la vereda y volando por los aires, la otra moto frenó y se perdió entre una de las calles, fue lo mejor para él.

Al llegar a la intersección con San Francisco de Asís un micro que venía desde Mariano Moreno no pudo frenar su trayectoria, la camioneta de Manuel alcanzó a pasar justo, pero el móvil impactó directo en el costado del micro. Dos autos que venían detrás del micro se estallaron contra él, uno se comenzó a humear y se prendió fuego, el móvil destrozado por el impacto estaba perdiendo combustible, tardó segundos en comenzar a arder, con los dos oficiales dentro. En instantes el fuego devoró la escena.

La velocidad a la que iba Manuel le permitió escapar de la embestida del micro, pero no pudo controlar la camioneta al entrar a la curva sobre el zanjón Frías. No hubo barandas que detuviesen a la camioneta, tampoco suficiente agua en el zanjón para amortiguar la caída, la colisión fue atroz, pero te salvo estar en la cúpula de la camioneta, ya que mientras caía hacia abajo saltaste disparado contra uno de los costados del zanjón. Miraste bajo el puente, había una pequeña puerta, parece que conducía hacia las alcantarillas. La noche estaba recién comenzando, el reloj debía haber terminado de correr. Pensaste que era hora de acabar con toda esta pesadilla, acabar significaba enterrar el corazón en la tumba de Peñaloza, no esconderte. Pero intuías que media provincia te iba a estar buscando, sumado al peor de todos… un Peñaloza furioso y encendido en llamas.

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