Mi encuentro conmigo… y ella

No puedo evitar dejar de pensar en ella. Sus ojos oscuros, sus pestañas largas y arqueadas, su flequillo sobre su frente, su boca carnosa toda humedecida por los besos y el encuentro de lenguas que tuvimos, esa lengua que me hizo sentir más que el mismo fuego quemarme por dentro; sus mejillas coloradas, producto del calor y el pudor que entendí que tenía, pero no me permitía frenar; su piel suave, blanca; su escote… ese escote que me permitía calcular exactamente el tamaño de esos pechos, que hacía imaginarme dónde estaban y cómo eran sus pezones, esa necesidad de querer arrancarle esa remera, y dejarlos libres, todo para mí, para jugar con ellos, para pellizcarlos, morderlos, chuparlos… Sentir su piel, suave y tibia, su respiración, sus negaciones sin despegarse de mí; todo hacía que ella me vuelva loco, que solo pensara en tenerla en mi cama, recostada, desnuda, que me mire y mirarla, que me desee y desearla, que me pida y darle, que me grite y escucharla, que me ruegue y darle todo, todo de mí.

Pero estoy solo en mi habitación, solo sobre mi cama, solo… y desnudo. Sentir la necesidad de verla ahí, al punto de soñarla como real. De verla recostada, con sus muslos separados, dejándome ver esa vulva rosada, casi colorada, toda húmeda, pidiendo a gritos que me hunda en ella; pidiendo a gritos ser penetrada por mi lengua, por mis dedos; pidiendo a gritos que la recorra completa; pidiendo a gritos que la acaricie por todos lados sin desperdiciar ningún rincón; pidiendo a gritos que la bese por su vientre, sobrecargado de masa, pero sumamente suave; pidiendo a gritos que todo lo recreado anteriormente en mi cabeza, lo haga realidad en sus pechos; que lama sus pezones como un gato cuando toma agua, pero sin olvidarme del deseo exaltado y la piedad; pidiendo a gritos que bese su cuello, que suba hasta encontrarme con su oreja y la humedezca con mi lengua; pidiendo a gritos que juegue con su cabello negro, que lo revuelva, que lo enrede, que lo tire, y que nada de esto haga sin estar sobre ella, desnudo, apoyando mi miembro sobre su pubis, jugando a intentar meterlo, pero sin éxito, haciendo que me pida que lo haga de una vez, y volverme loco con su pedido, pero sosteniendo las ganas.

La sueño separándome, girando sobre el colchón y poniendo la almohada sobre su pelvis, regalándome su precioso culo, perturbando mi cabeza y haciéndome pensar en tantas maldades, pero recordándome que es ella, y, aún mereciendo todo ese fuego que encerró en mí, pienso en dárselo, pero solo como lo amerita ella: suave, despacio, con cuidado, sosteniendo mis energías, y luchando con mi otro yo.

Me imagino tomándola un poco por las caderas para ponerle un poco más de altura, le separo otro poco más las rodillas del colchón, y me encimo sobre ella, tomando mi miembro con la mano derecha, y con la izquierda me apoyo sobre la cama. Pongo la punta sobre el comienzo de ese túnel listo para ser recorrido, y fantaseo con un leve gemido, acompañado de un “dale, dale”, lo que me fascina, ya que todo lo planeado lo dejo ir, y me permito (y permite) ser y hacer, por lo que con movimientos más rápidos, la penetro sin cesar, haciéndola estallar de placer y dejándome a mi… totalmente manchado.

Cuando todo eso pasa, tomo mi celular y escribo en un mensaje: “Te sentí tal cual me acabas de sentir vos. Necesito tenerte, permitíme tenerte”.

También podes leer:
Mi encuentro conmigo… y él

El año pasado escribíamos:
Porque el trabajo dignifica


TAGS: