EMMA – Capítulo 6: “Besos fantasmas y orquídeas olvidadas”

Llegó a casa, tiró las llaves en la mesa y fue directo a su habitación. Se recostó en su cama, con la cabeza a los pies y los pies a la cabeza, y comenzó a desvestirse en cámara lenta. Sus pensamientos ocupaban el 90% de su cerebro, era imposible que su cuerpo actuara más rápido de lo que lo estaba haciendo. Revoleó los zapatos a un lado y otro de la pieza; ¡cómo dolían esos benditos e innecesarios tacos!, tenía altura suficiente como para evitarlos pero usarlos era un deber de 300 pesos. Se desvistió completamente y se acurrucó entre las sábanas, frescas como el aire que entraba por la ventana. Acomodó su almohada preferida, la más blandita, contra su nuca y se quedó quieta mirando el cielo que entraba por la ventana.

Sus oídos pitaban todavía por el exceso de decibeles del boliche; su olfato tenía rastros de cigarrillo y perfume de hombre; su tacto estaba todavía suavizado por el alcohol; sus ojos aún lo veían cerca de ella…Su gusto recordaba cada uno de los besos. Se durmió pensando en los detalles de la cara de Benjamín; no querría olvidarlo tan rápido…

Se despertó temprano con el primer reflejo de sol que entró por su ventana; era el precio que tenía que pagar por poder ver la luna antes de acostarse. Se levantó aturdida y salteó los vestigios de su apariencia de la noche anterior, tirados todos por el suelo y al parecer sin ganas de ordenarse por sí solos. No sabía ni qué hora era, pero tampoco tenía muchas ganas de apurarse.

Se duchó con música, como siempre solía hacer, sólo que cada canción no significaba lo mismo ahora. Todas parecían recordarle a aquel chico de mirada perdida. Lo recordaba hermoso, con el pelo oscuro, medio largo y despeinado; la barba desprolijamente atractiva; nunca se fijó en su vestimenta ni en el largo de sus uñas, cosas que para ella definían su gusto por un hombre. Simplemente su mirada y sus palabras habían sido razón suficiente para abalanzarse sobre él.

Luego de vestirse tomó sus mates rutinarios de domingo, mirando a su alrededor y moviendo la cabeza de un lado hacia otro en señal de desaprobación. Su monoambiente seguía despelotado; ya ni la decoración se distinguía entre tanta mugre. Se levantó, agarró firmemente el limpiavidrios, limpiamuebles, detergente y demás “limpiacosas”. No podía ordenar su vida sin antes ordenar su departamento.

Una hora después los muebles relucían y los espejos ya empezaban a dar imágenes claras de lo que reflejaban. Después de tirar dos bolsones de basura, todo había quedado ordenado. Ahora sí podía ver sus cuadros a medio terminar en la esquina entre la cocina y el minúsculo comedor. Decidió dedicarse a ordenar su obra. Pulir sus cuadros y preparar todo para la muestra que venía el mes próximo.

En el bar donde trabajaba le habían hecho la gauchada de exhibir sus cuadros por un tiempo, ya que el ambiente del bar se prestaba para poder sacarle unos pesitos a alguna ama de casa desesperada de la zona, iba a aprovechar la oportunidad. Además se acercaba la época de vendimia y muchos de sus cuadros encajaban con la temática.

Pintaba flores y mujeres. Prefería las orquídeas, le asombraba la forma en que éstas simulaban la forma y aroma de insectos para poder ser polinizadas, adoptando colores brillantes y poco usuales en el resto del reino floral. Las orquídeas, las flores más evolucionadas. No había cosa más maravillosa en la naturaleza que la evolución, esa cuerda invisible que nos endereza para poder seguirle el ritmo al mundo…

Las mujeres que pintaba eran vendimiadoras curvilíneas y de piel color oliva; nada de rubias flacuchas. No existe nada más hermoso que el cuerpo con curvas y más aún del color tostado adquirido durante horas de trabajo en el viñedo. Antes las chicas elegidas como reinas de la vendimia eran realmente mujeres de vendimia, que con el sudor de sus frentes lograban recolectar cada fruto de cada vid durante los secos calores del verano mendocino para poder obtener los vinos que tanto caracterizan a la provincia.

Luego de finalizar sus cuadros y  de ordenar su pequeño hogar, se tiró un rato en la cama mirando hacia la ventana. El verano empezaba a finalizar su paso por la ciudad, y el clima estaba un poco más fresco que en los días anteriores. No supo porqué, pero su mente reparó en su vida con su ex. No entendía como aguantó tanto a su lado. Cuando uno cree que ama piensa cosas que despierta no pensaría; ahora sí entendía todo, por fin había despertado frente a la vida. Estaba dispuesta a que la vida siguiera sorprendiéndola pero también esperaba “esa llamada”. Vio el celular arriba de la mesa, que en esos momentos empezaba a sonar…

-¿Hola?

-Hola hija ¿cómo estás?

-Ah…sos vos mamá.

Definitivamente no era la llamada que esperaba…

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