Eterno Atardecer: «El lado B»

El reloj de pared que tengo en la cocina me es fiel y me recuerda que son las 9.07 pm. Cuando uno deja de ser importante para uno, el tiempo envejece con nosotros.

Mis corridas siguen por la casa.

Me peino y me imagino aquella chica, la que está por pasar a buscar el muchachito que le arrastra el ala desde hace meses, y que por fin se animó a invitarla a una cita.

Es una mariconeada de las que puede degustarse cada tanto, de las que creía haber borrado de mi perfil, de las que nos sonrojamos felizmente ante la crítica, en fin… Es una mariconeada con todas las letras, como diría mi gran amigo, el Ángel Gris.

Me encuentro extraño, impropio. El zapatito me aprieta y la camiseta me da calor. Mejor me la saco. ¡Timbre! ¡Las 9.28, qué lo parió!

Debe ser el chofer, ¿no me olvido de nada? A ver… llaves, billetera, celular, ¡uh sí! No me puse colonia… Ahora sí, L. J.

El viaje se hace corto, la ansiedad toma partido y las secuencias se aceleran. Un portal negro, del tamaño de los portones del parque, se abre ante la presencia de dos tipos vestidos símil a la Guardia Suiza Pontificia. El vidrio se baja y me interrogan con la suavidad, de quien recibe al mejor amigo en su casa nueva.

–Rubén Mendolotudo –les digo, y me marcan en una lista tamaño oficio.

–Adelante, que disfrute de la fiesta, Don Rubén… –me contesta el más alto mientras se me acerca, y en un cuchicheo me vuelve a hablar–, mándele saludos a Celso Jaquer, lo sigo siempre.

Sonrisas cómplices, para entrar por un camino rodeado de Olivos e iluminado con antorchas. El coche termina su recorrido bordeando una fuente con cientos de chorritos, que se entrecruzan dibujando el paraíso. Otro compadre disfrazado, me abre la puerta y me acompaña hasta la entrada de la casa.

¨Ah, la perinola…¨, me comento. Siempre me ha gustado la jarana, pero dudo haber estado en un evento semejante. Hasta llego a pensar que no debería haber aceptado, me siento un sapo de otro pozo… Dudo. ¿Y si me hago el logi y me las pico? ¡Chau!, total…

– ¡Don Rubén! –dice la Patricia desde un costado, y me regala su emoción en un fuerte abrazo de bienvenida.

–Feliz cumpleaños, Patricia. Espero tenga usted una noche soñada –le contesto, apenas soltándonos, mientras le paso un libro que le traje de regalo–, ¨El regreso de los recuerdos¨, espero que le guste.

Ella lee el título, y se lo lleva al pecho como una madre que abrasa al primer hijo.

–Siéntase como en su casa. En el parque tiene para ir picando algo, así no me toma con la panza vacía. Lo veo en un rato… ¡Ah! –Me dice, destapando con el índice, la parte inferior de su ojo–, pórtese bien, ¿eh?

Bajo los escalones de la galería colonial, y camino entre las personas que son la imagen del lujo. En sus posturas. Ceremoniosas. Solemnes. ¨Menos mal que me puse traje¨, pienso mientras elijo unos canapés y me sirven una copita de extra brut.

¨ ¿La viste?, yo todavía no…¨, me secretea la conciencia. La verdad que, después de las incomodidades de la última charla, sería mejor no volver a tenerla a solas. ¨ ¿A quién querés engañar, viejo?¨, me vuelve a decir.

La Noche me toca el hombro. Me presenta a su hija: BellaLuna, y le canta a capela una melodía que la pequeña baila para todos, sobre el manto oscuro de un cielo que le da silencio. Mis ojos suben hasta abrazarla, hasta el menguante que cada tanto sucede, para recordarme que todo en la vida cambia. Todo se transforma para volver a empezar.

Mientras le siento el gusto a la segunda copa, escucho un ¨¡Eh, Flaca!¨ y me quedo duro. Giro tres cuartos, como quien no quiere la cosa, y la veo casi de espaldas saludándose con una dama. El bocinazo de mi telepatía la invita a mirarme, que ya es un mirarnos, y desde su posición me saluda con el brazo en escuadra, y la mano abriendo y cerrándose. Ni se inmuta. Sigue en la suya.

Ok, digo en la mía… Desde la periferia de mi vista, la veo en un vestido color salmón que brilla. Es un faro que guía a los deseos de los buqués pesqueros, que a mí alrededor, ya consultan por sus costas. Me tiento a echarle otra mirada, a ponerme en lista de espera, me tiento a volar diez metros con la imaginación hacia la cuna de su encanto. Pero no…, mejor no.

Huyo, o peco. Camino sin destino cruzando el parque, hasta la zona del muchacho que pone la música. Veo que acá te sirven aire, y un mejor panorama.

Ella habla, ríe, acomoda su pelo con el ademán que es tan ¨ella¨; no suelta la cartera diminuta que hace juego con sus zapatos y deja volar el vestido que no tiene equidistancias. Como si el mismo se inspirara con cada movimiento de cintura, para ubicarse lo más atractivo posible. Hay vestidos que respiran, sin dudas.

Ahora camina hasta unos silloncitos bajos, donde hay no menos de ocho señores conversando. Jóvenes, incluso más que ella. “¿A dónde vas, Flaca?” Agarra de la mesa una botella de champagne del cuello, con la mano plena, justo de esa mesa…. No podía esperar quietita donde estaba a que le sirva el mozo, ¿no? Y se la llena hasta la panza de la copa.

La imagen se transforma en un átomo estable, donde cada uno de los ocho electrones galantea completando su órbita. Ella es el núcleo, que atrae al reino animal de las ideas todas.

La Flaca les inyecta veneno con una guiñada dañina a los susurros que recibe, y se aleja moviendo esas caderas, que penden del hilo que es su cintura. Los tipos se hacen los comentarios de un escultor de bustos y un albañil de barrio. ¡Todos!

Ella se les escapa, cada vez más, y se acerca a mí en igual proporción… ¿se acerca a mí? ¨¡Si se acerca a vos, Viejo!¨, corrobora esta vocecita que no puedo apagar. Ruego que se frene, ¡qué le hablen!, pero ya camina por la vereda de la mirada compartida.

–Si espero a que vengas a saludarme puedo quedarme sentada toda la noche, ¿no? –Me dice, a un metro y medio. Dos pasos más y somos uno–. ¿Cómo estás, Don Ru?

¨ ¿Escuchaste? Te dijo Ron Ru, Rubén.¨ Intento no respirar, pero no logro asfixiar al lado maldito de mi conciencia.

Acto seguido me da un beso en la mejilla, de esos que te absorben el cachete y te fruncen hasta el final del intestino grueso. Mis pupilas se dilatan y me mando un trago.

–¿Yo…? Muy bien…

–¨Dale Viejo, ¡dejate de joder!¨ –Esta vez la Voz tiene razón, debo hablar.

–Disfrutando la noche. Contento… porque veo que ella también la disfruta a usted –Suelto en un intento de piropo/salameada, como diría la Rusa. Parecen despertar las musas remolonas.

–Me tengo fe, ¿sabés? –me sigue tuteando–. Sé que puedo descubrir el lado B de las letras de Rubén.

Mi inteligencia emocional entra en coma con su feminidad, la reina de su imperio pone en jaque a mi rey. Lo reduce, seducido por la pócima de su ronroneo al hablar. Un compendio malicioso. Probar, el infierno eterno. ¨ ¿Pero quién quiere el cielo?¨, me dice otra vez esta conciencia que, dicho sea de paso, está a la venta y es una ganga.

–Usted me alaga, ¿sabe? Y que me lea, mucho más; pero hay secuelas que este palpitar añejo, alejó de su metro cuadrado con el correr de los años.

La Flaca me mira seria, como si le hubiera dado bronca mi comentario, como si un hierro caliente se le metiera en el… bueno, ahí. Tira aire por la nariz como un toro en celo, y se imanta a mi muslo con el tajo del vestido. La sentí, mientras se estiraba hacia mi oído.

–¨Los deseos no envejecen¨, Don Ru…

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