Fue Foul: “Y ¿mañana qué?”

En el camino no pude evitar pensar en cómo son las cosas en las que creemos. Yo sentía algo por la Tere, pero verla viviendo en el pasado le quitó todo su brillo, apagó la fuerza que le sentí siempre y se borró lo que me atraía de ella. Entonces a mí la Tere me gustaba solo desde ese lugar, desde una admiración por tanta decisión, por tanta libertad, pero ahora esas cosas ya las había conseguido, y si bien tenía que hacerlas carne en mí, ya no me despertaba esa atracción punzante e irresistible de antes. De alguna manera había idealizado a la Tere para poder poseer eso que anhelaba, que creía imposible en mí. No la había mirado en todo su conjunto, y ella hoy mostraba su lado oscuro, y yo debía de sentir que eso era posible, que a la Tere le podía pasar eso, pero no. Yo la había inventado como un robot imparable que se llevaba el mundo por delante. Y eso… eso quería ser yo. Y en eso estaba. 

Ver a la Elisa enamorada me mostró que, además de estar más fuerte que el tungsteno, me atraía esa devoción, esa entrega femenina que tienen algunas mujeres hacia el hombre que aman, y que, a algunos hombres, nos hacen sentir más hombres, y nos empujan a ser mejores. Pero eso también lo estaba consiguiendo. Yo ya me sentía un hombre, y estaba buscando ser mejor. Y la Elisa y su discurso del amor me supo a una mujer que nunca va a dejar de probar al pobre tipo que la acompañe, al Tano. Nunca le va a dar el visto bueno donde uno dice “bueno, ahora juntos”. No. Y el Tano era así. Era el tipo que siempre iba a estar en alerta, en posición de trabajar la relación hasta que muera, o lo maten hartos de ver su constancia inquebrantable. 

En cambio, si bien por Carmela no había visto las estrellas como con la Tere y con la Elisa, con ella me sentía cómodo, me sentía como en casa. Mejor dicho, con Carmela me sentía “en” casa. Y no porque fuese igual a mí, o la mujer que yo hubiese soñado, sino por otra cosa. Otra cosa que, ahora, me moría de ganas de averiguar. Estuve por abrir la puerta de entrada, pero me detuve, y golpee. Al rato, la puerta se abrió.

-¿Por qué golpeás y no entrás directamente?

-¿La podés llamar a Carmela, Fanta?

-Sí, pasá.

-No, gracias, espero acá.

Fanta abrió más la puerta con una mirada extrañada, con su poco agrado de siempre hacia mí, y se volteó hacia el pasillo de aroma de plantas y cemento. “¡Carmela! ¡El pelotudo!”

-¿Marcos? –escuché gritar invisible a Carmela desde el patio.

-¡Sí, quiere que vengas a la puerta! 

Y apareció en el fondo del pasillo. Del pasillo de jazmines y humedad, de revoques verdosos, de sombras frescas, de manchas ocres. Esta vez su cara era diferente. No había miedos, ni angustias, ni dudas, ni alegrías… Había en cada pómulo, en sus pestañas moderadas, en su mirada firme, en sus labios neutros, una decisión. La vi, la vi claramente. La vi y la reconocí, porque la conocía. La conocía de antes, de antes de conocer a Carmela. Yo conocía lo que estaba sintiendo Carmela. Yo sentía, sabía lo que estaba pasando aún estando ella a más de diez metros de distancia, y estaba tranquilo. Muy lentamente empezó a venir hacia la puerta, mirando zócalos, plantines, las puertas de los cuartos, cualquier cosa menos a mí. Yo estaba de pie un paso hacia afuera. ¿Era posible que sean así las cosas? ¿Tan simples? Carmela llegó a la puerta y me miró.

-Hola.

-Hola, Carmela.

-¿Te quedaste sin minas para ponerla? ¿Venís por Fanta?

-No, vengo a buscarte a vos.

-Ah… -y miró para un costado de la calle, miró el árbol, miró un auto… Ella también estaba tranquila-. Y qué, ¿querés entrar?

-Sí, Carmela.

-¿Para estar conmigo?

-Sí, Carmela.

“Muy gracioso”, dijo, giró y me cerró la puerta en la cara. Y me reí. Me reí con una alegría tan profunda. ¿Es que eran así de simples las cosas? ¿Puede ser que se sienta tan hondo cuando uno tiene “algo” con la otra persona, que no tiene miedo? 

Pasaron unos chicos en bicicleta, una persona con una valija grande, dos señoras con bolsas con cosas de almacén, pasaron autos, pasó el día, pasó el tiempo, y yo seguía ahí afuera, ¡tan contento! No se había ido del todo la luz cuando se volvió a abrir la puerta. Sabía que se iba a abrir. Sabía que Carmela necesitaba esto. Su furia era la de la trompada, que relaja después del impacto. Su pelo sangre fue lo primero que vi, y luego levantó la cabeza. Se reía. Me reí.

-Uy, ¿seguís acá afuera?

-Sí, Carmela.

-¡Qué fiaca! –y volvió a reírse, y volvió a mirarme, y volvió a reírse, y volvió a entrar, y volvió a cerrar la puerta, y me volví a reír. ¡Mierda, cómo me gustaba esta mina! 

Después de aceptar su enojo, su justa rabia de pie en la puerta qué se yo cuántas horas, la puerta se volvió a abrir. Carmela.

“Che, ¿querés tomar algo?”, pero esta vez me fui acercando, ya había sido suficiente. “¿No querés un vasito de agua?” me preguntó cuando ya estaba agarrándole los brazos. “No, Carmela”, y acerqué mi cara a la suya, miré sus labios, sus ojos que miraban los míos, llegué a la distancia de los calores, de los alientos, de la respiración de la nariz, de los pelos en la frente, de la radiación del calor de sus pómulos en los míos, vi cómo entreabrió sus labios, cómo cerró sus ojos, como volteó apenas su cabeza hacia atrás, y me separé.

-Bueno, te acepto un vaso de agua.

Nunca me esperé su reacción. Abrió los ojos redondos, enormes, su boca todavía hacía la “u” cuando sentí el cachetazo furioso. Abrí los ojos, me asusté, no me esperaba esa reacción, pero las tensiones habían sido más de las que me imaginaba, y sin decir nada, ni fingir alguna culpa, ni el menor reparo, me agarró de la cabeza y la bajó de un tirón hasta su cara, y sus labios se incrustaron en mi boca, y la sentí tan mía como yo de ella. 

Un vaho tibio de clorofila nos rodeó en un momento mientras seguíamos comiéndonos la boca, y sentí la humedad en la ropa que se puso más pesada, más dura. Las manos de Carmela sobre mis hombros empezaron a sentirse más ásperas y una gota me cayó en la cabeza, y otra en el hombro, y otra en la mano con la que le agarraba suavemente el pelo a Carmela, y de pronto se abrió una tapa, se soltó algo en el cielo y se derrumbó sobre nosotros una pared de agua, una lluvia apretada, intensa, y nuestros besos empezaron a tener otros sabores, sabor a agua, sabor a sal, y mis labios resbalaban en su piel, y sus manos se pegaban en mi camisa, y le levanté la blusa, y en su cuerpo aparecieron los disparos de las luces de cualquier foco, y su piel resplandeció, y me desabrochó la camisa y sentí la ducha inmensa bañándome el cuerpo, y luego le quité su corpiño, y ella me desabrochó el pantalón, y me saqué los zapatos, ella desató la cinta que sujetaba su falda, yo sumergí mis manos por los cachetes de su cola redonda, ella se sacó las zapatillas con sus pies, y de pronto éramos dos cuerpos desnudos, abrazados bajo la lluvia en el zaguán, al lado de la puerta abierta, de la calle vuelta río, de las plantas limpiándose del polvo, de los autos lavándose de la tierra, de las veredas brillantes, y la puse contra la pared, y me agaché para que pudiera abrir sus ojos sin que los fusilen los chorros de agua, y me miró, y nos reímos, y me volví a enderezar, y la tomé de sus muslos, y la levanté en el aire contra la pared, y ella cruzó sus piernas por detrás de mí, y apenas me sintió sus ojos se abrieron y se clavaron en los míos, y los volvió a cerrar, y levantó su cara, y los chorros de lluvia cachetearon sus mejillas con fuerza, y su pelo se oscureció, y su cabeza se hamacó apoyada en la pared, y sus manos me agarraron del pelo, y un flequillo nuevo hecho de agua y de no importarle nada daba saltitos por cada temblor de sus hombros, cada sacudida de sus tetas, cada chasquido de mi cuerpo contra el agua que se derramaba libre por su cuerpo, y ella abrió sus ojos llenándolos de gotas, abrió sus labios colmando su boca de agua, y otra vez el flequillo, y otra vez sus piernas, y otra vez sus ojos abiertos, y otra vez su boca rebalsando del llanto del cielo, y otra vez el chasquido, y un rayo me atravesó el cuerpo y la abracé fuerte, muy fuerte. Y le bajé los muslos. Y me soltó el pelo. Y la besé suave. Y se agachó hasta quedar sentada en el piso, con sus piernas en cuclillas, y luego se volteó hacia el costado, y se desarmó bajo esa lluvia con sus piernas y brazos sin fuerzas, quietos como quedaron al acostarse. 

La miré. La miré con su pelo cubriéndole la cara, permitiéndole respirar, con la lluvia sacándole brillo a su figura desnuda, su figura tan suya, tan propia. Tan mía. Levanté la mirada y giré a la puerta de calle. Era un río, las plantas ya mostraban ramitas vencidas por el agua, las hojas caídas se agolpaban haciendo pequeños diques que jugaban con tanta agua. Y empecé a sentir que estaba haciendo un poco de frío. Mientras cerraba la puerta vi la cortina de enfrente apenas cerrarse. La quiosquera. “Creo que nos lucimos”, pensé. La levanté a Carmela, la llevé a la cocina, nos secamos y, con unos mates nocturnos, recordamos ochenta veces lo que acabábamos de hacer. 

-Marcos, y ¿mañana qué?

-¿Mañana?

-Sí, ¿vas a volver a desaparecer? ¿Es un hábito del que tenga que acostumbrarme?

-No, Carmela –me dolió su ironía-. No tenés que acostumbrarte a eso. Necesitaba pensar en tantas cosas, y necesitaba saber qué sentía por vos. La última vez me trataste como…

-Shhh –dijo Carmela poniéndome el dedo en mis labios-. Ya está, sé lo que hice. Pero no quiero que vuelvas a desaparecer.

Hizo ruido el vacío del mate.

-Mañana podemos ver el tema del laburo. ¿O ya tenés algo…?

-Mañana voy a ver si el mecánico vendió mi Renault 18, y con eso que no es mucha guita, voy a comprar una moto para hacer envíos o delivery o el laburito que sea, y de paso tenemos movilidad para irnos a alguna parte. Y después vemos qué otra cosa podemos hacer.

-Bueno, pero ya con eso y lo de Gonzalo y Fanta…

Y sonreí.

-No, Carmela. No vamos a estar mucho tiempo más acá. Yo quiero una vida con vos, no con un grupo. No voy a poder aguantar mucho tiempo más compartiendo mi vida con otros.

Carmela se quedó estática, con la boca abierta, inexpresiva.

-¿No querés que nos vayamos a vivir juntos los dos? ¿Preferís quedarte? 

(Continuará…)

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