El collar de nácar: “Días extraños” (*) – Cap. 7

Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Un ring larguísimo. El despertador verde de mi vieja se estrelló contra el piso de una manotazo. ¡Qué buena que estaba mi cama! ¡Hacía como seis días que dormía en lo del Abuelo! Pero mi habitación era como mi lugar en el mundo. Era el cobertor de mis angustias, pero también era el sitio donde deshacer preguntas….y rumiar respuestas.

Por lo general, no era un mina de hacerme la boluda, pero la propuesta del Abuelo era too much. Por supuesto que no le contesté. Me fui a acostar, a pensar, a fluctuar entre las “44 cartas desde el mundo líquido” y “Estilo. Manual de imágen personal” de Kareen Lima, moviéndome en los extremos ajenos a mí; intentando ver en el arte, la profundidad, los sentidos, la banalidad, lo extraño, cuáles eran las señales por las que debía seguir con mi vida.

La tranquilidad de la noche me había dado la respuesta. El domingo se imponía en mi casa. Necesitaba ejercitar mis músculos. Mi cabeza estaba agotada. Ahora el cuerpo debía ponerse a tono. Entrenarse para negarme a la apresurada y desconcertante propuesta del Abuelo.

Levanté el despertador del suelo, desayuné y me calcé los lentes oscuros. Comprobé que las ruedas de la bici tuvieran suficiente aire. Le dí de comer al perro y salí.

“Hay dias en el que valdría más,

no salir de la cama,

Y en solo un minuto

ví  mi vida cambiar….” (*) 

El Abuelo estaba con la misma ropa que el día anterior. Estaba sentado en la parecita de la casa de  enfrente. En la calle estaba la BM que usaba a veces…

Dejé la bici en la puerta. Crucé la calle y me senté a su lado.

-“Sos una puta desagradecida”, me dijo el Abuelo, sin mirarme.

-«Abuelo, sin golpes bajos. Lo digo porque no soy ninguna desagradecida, y sobre todo, no cités mi música para chicanearme. Yo te puedo explicar porque….”

-«¡No quiero que me expliques una mierda, pendeja estúpida! No, perdonáme, el único estúpido soy yo, por creer hablabas en serio… Porque sos una cabrona, lo supe desde el primer día, cuando andabas con tus taquitos, haciéndote la inteligente por la facultad. No queda otra, siempre voy a ser el alumno, el tarado, el pendejo…Pero a mi edad, eso es todo una vergüenza.”, dijo mientras se levantaba, y se disponía a subir a la moto.

Mi furia era incontrolable. Su necedad me exasperó hasta la mezcla de llanto y enojo que siguió.

“Si hemos hecho algo mal, amor, verás una señal….”

-Si, sos un pendejo, un imberbe, un  ciego…. ¡Vos me hablás a mí! ¡Vos querés casarte conmigo, mirá en lo que has venido! ¡Mirá esta moto, por Dios! ¿Hay algo que grite más fuerte: “Soy un viejo concheto lleno de plata y no sé que hacer con mi puta vida”  que esta moto del orto? A mí no me uses para llenar tus vacíos….Si querés adrenalina…. ¡Estrelláte contra un poste,  pero a mi dejame en paz, imbécil!” 

“Pero no iba llegar, y avanzamos igual,

como atraídos por el sol

hacia su mismo centro….”

“Pero….”, dudó el Abuelo, “¿No has entendido nada? ¿Vos creés que si yo quisiera mi comodidad  le estaría gritando a la mina mas jodida que he conocido en toda mi vida? ¿Te creés que me falta lugar que conocer, tiempo para perder? Yo….Vos no entendés nada, por eso sos una desagradecida, Nancy. Y ahora dejá de llorar, que encima tu vecina me va a denunciar, y seguí con tu vida. Chau”

“Nos fuimos mar adentro,

hasta donde nadie alcanzaba ver,

con el agua al cuello…”

-“Pará, Abuelo. Pará.”

-“¿Qué?”

-«Casémonos.»

El Abuelo me miró fijo. Sus ojos de almendra, los ojos mas bellos del mundo, los ojos más grandes, mis ojos, me vieron con miel y veneno.

-“¿Es sólo un juego? No le veo la gracia”, dijo con cautela, usando una vez más, a  las cerezas y a su tiempo.

-“No, Abuelo, no es un juego. Es lo mas serio de todo cuanto he dicho. Estoy regalada, pero me puede que sea tanto, me aterra que sea demasiado”.

-“Nunca es demasiado, Nancy, nunca….”

El demonio se fue diluyendo y se licuó. Apareció el hombre con los cojones mas grandes del mundo, el hombre del que estaba tildada.

Me acerqué y me refugié una vez más en su pecho. Le besé las mejillas, los párpados, la nariz, la frente, recorrí sus cejas y volví a su cuello.

-“Bueno, ahora que vos me has propuesto casorio…”.

Allí estaba otra vez el Abuelo, su acidez, su eterno humor, su simpatía, sus dobleces, en una palabra, ÉL. 

-“Abuelo, no te hagás el vivo….”

-“¿Puedo hacer un retruco?”

-“¡Iglesia ni en pedo, no seas tan guacho!”

-“Naahhhh, tonta. Sin registro, sin solemnidad, sin aviso….Sólo vos y yo. A partir de ahora. Los dos. Eso es todo.”

Miré mi casa. Recorrí mentalmente mis cosas, mis recuerdos….Me volví, lo miré y dije: “Vamos”.

“Hay días que valdría más

no salir de la cama,

Y en solo un minuto,

vi mi vida cambiar…

 

Que sólo era un juego te escuche.

Y volvimos a casa,

y todo el camino aquella extraña canción 

Bara bam bam bam

 

Y no, nadie  dijo nada,

No, nadie dijo nada,

nada  más…

Bara bam bam bam

 

Y no, nadie  dijo nada,

No, nadie dijo nada,

nada  más…

Bara bam bam bam

 

Y no, nadie  dijo nada,

No, nadie dijo nada,

nada  más….

Bara bam bam bam

 

Y volvimos a casa,

y todo el camino aquella extraña canción

Bara bam bam bam…

Bara bam bam bam…

Bara bam bam bam…” (*) 

Continuará

(*) Título y estrofas de la canción “Días extraños”, de Enrique Bunbury y Nacho Vegas. Disco: “El tiempo de las cerezas”, 2.006.

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