Lecturas para colectivo: «El precio de la soledad.» El Final.

¨…Bajo un Fresno, sobre la plaza donde vas a dar de comer a las palomas, todos los jueves por la mañana, un señor mayor esperará, enredado entre las gotas de una fuente, entre las gotas que son cada una de nuestras lágrimas derramadas, la frescura de su amor eterno.”

Palabras textuales que decía la carta que llevaba en mis manos.

¨¿Qué hago Daisy?¨, me había preguntado María, con ganas de ser empujaad al abismo. Aquel que tantas veces conocemos cuando nos jugamos el pescuezo por el ser amado.

Yo era, y soy, una convencida de que si uno no se quema entero, las heridas a medias terminan por asfixiarlo. Hoy o mañana, pero no hay cura para un amor que preparó entre velas una cena, que nunca nadie comió.

Fuimos al grano la mañana del jueves siguiente. La pasé a buscar y salió envuelta en  luz propia que adornaba y reflejaba a la esa novia que esperó con ansias este día, para toda la vida. María Cecilia recordó aquel momento cuando escapó de las entrañas de su casa tras los pasos de su hombre, escapando de la cárcel de la sociedad del momento, a las puertas del cielo que Juan le había mostrado.

Caminamos esas pocas cuadras que nos separaban de la plaza. Su mano derecha apretaba firmemente una bolsita con restos de pan, para darles a las palomas como cada jueves. Hoy no solo temía su pulso alterado, sino la mente y el corazón.

Al cruzar la calle, me miro aterrada. Me agarró con pánico y antes de dar el primer paso en la plaza, se frenó. Me volvió a mirar.

–No puedo, Daisy… –me dijo tiritando–, no puedo volver a sentir lo que olvidé con la ayuda del tiempo.

Su lucha por continuar había sido tal, que ni siquiera los años habían borrado del todo la letra profunda con la que escribieron unos pocos días entre ambos. Descubrí que el convencimiento era mío, y no de ella. Que era su historia y no la mía, que el tiempo de escucharla en los viajes, me había hecho parte de una novela de la que solo era una espectadora privilegiada. No más.

Miré contra la plaza, que estaba repleta. No pasaría mucho tiempo para que me pidiera volver a su casa, ni yo tampoco me permitiría hacer más de lo que había hecho en estos días.

–La entiendo, María. Y estamos acá por usted, que en definitiva es la única que puede darle la vuelta a la última página, para que la leamos todos. Pero si usted siente que esa página está vacía, sin letras que llenen el final que no está dispuesta a vivir…, así como vinimos nos vamos.

Ella se tomó un minuto que me dio varios más, para procesar el paso que vendría. Volví a mirar el centro de la plaza, el sector de los juegos, aquel árbol que reconocía perfectamente, y la lluvia de la fuente que no volaba. Quizás, Doña María predecía lo que sucedería y  el recargo a mi conciencia por llevarla a su tumba, sería sin iguales.

Pero no pude, me negué a que todo terminará así. No lo merecía ella, y habiendo conocido a Juan, él tampoco merecía morir sin saber lo que era escuchar a su amada, decirle te amo sin palabras.

–Mire, María, porqué no me acompaña por el costado de la plaza al almacén que está en aquella esquina, y ya que estamos, compro unas cositas para el almuerzo.

Ella estaba ida, tiesa y siguió mi corriente. Aunque pensándolo bien, tal vez necesitaba la excusa que no encontraba.

Caminamos esos treinta metros sin palabras. Cuando ella miraba hacia la plaza yo miraba la calle, cuando ella se rendía de buscar algún supuesto Juan, mis ojos identificaban a cuanto personaje caminaba por alrededor. Nada de nada.

–María… perdón. Jamás quisiera entrometerme en su decisión, pero sepa usted que su ¨no¨, será el último quizás.

Cuando uno duda sobre seguir o parar, no siempre implica que es importante. A veces todo lo contrario, y estaba segura que la inteligencia de María la mantendría a salvo. Sus dudas, la dejarían en un abismo del que no podía ser parte para ayudarla, y el ¨si¨ ya lo había dado al decidir venir hasta este lugar en busca de Juan, en busca de ella misma y de su historia.

Solo cabía una respuesta, la esperada.

–No, Daisy. He sabido curar esta herida hasta que cicatrizó, prefiero mirarla cada tanto ahora que no sangra, y no volverla a abrir por un capricho.

Algo dentro mío me indicaba que todo se iba dando como lo planeamos. No agregué más que un abrazo sentido, y seguimos cruzando la calle hasta el almacén de enfrente.

El cartelito sobre la puerta indicaba cerrado.

–¡Qué raro cerrado, María!

Ella aún no salía de lo que comenzaba a procesar. Su noche a mal dormir la puso en el hipotético caso de que Juan apareciese. Era momento para convencer a las expectativas de su corazón.

Cansada de esperar, María giró para irse y yo la acompañé; pero feliz la acompañé, porque adoraba a esta mujer que había luchado contra viento y marea por sus ideales, por escapar de una sociedad que la intentó reprimir como a tantas otras. Porque creyó que en la vida no hay nada más importante que el respeto por uno mismo.

–Abuela… –sentimos a nuestra espalda.

Giramos otra vez, mirándonos en ese giro. Ella caminó confundida hacia una pequeña rubiecita, que abría las puertas del almacén, su nieta. Cuando estuvo por preguntarle algo, apareció su nuera y le extendió la mano para entrar. María no podía ni quería hablar.

Entramos al lugar, donde habían unos cuantos desconocidos para ella, y otros que no tanto. Hijos, nietos, sus familiares estaban sentados entre las heladeras, y góndolas del lugar.

–Seguime, Mamá. –Le dijo uno de ellos…

Pasamos por un pasillo que se humedecía con pestañeo, luego dimos a una galería colonial que marcaba un caminito hecho con velas comunes y corrientes en el piso, las que mostraban por el cebo derramado años esperando este momento. A un lado y al otro, la casa se levantaba en dos pisos que abrían sus ventanas a María como lo hacíamos nosotros con nuestros deseos. Por encima de nuestros anhelos, un cielo de globos y adornos de lado a lado. Enredados en tules blancos cruzados con lienzos verdes y rojos, veíamos desde las ventanas caer pétalos rojos lanzados al aire, en cámara lenta sobre los sueños de los que vivenciábamos ese momento mágico.

María me miró dando en la cuenta por fin de lo que sucedía, mientras mis nervios estaban por dejarme sin sangre… más que a ella creo.

Algunas amigas del barrio se le acercaron y la llevaron unos metros por esa galería a cielo abierto, mientras los presentes se corrían del frente uno a uno, mostrando a penas lo que escondía el final. Como un cuento, como el ensayo general del final de la historia que no solo yo había esperado, sino todos los que la conocían.

Finalmente, los últimos se hicieron a un lado, y su vista se encandiló contra un altar hecho bajo una pérgola con las flores del mundo, Juan vestía de traje, como un novio que lleva años aguardando el retraso de la novia que no llegaba. Hasta hoy.

María se tomó la cara con ambas manos, y corrió soltándonos de un tirón no menos de diez pasos, para estrecharse de brazos y alma con el hombre de su vida.

Las baldosas eran el Siena de lágrimas, y nosotros los náufragos voluntarios de la historia de Juan y María Cecilia.

Cuando aparece la persona con la que pasarías el resto de tus días, no ves la hora de que llegue el resto de tu vida.

No tenía mucho más por hacer en ese lugar. Decidí salir.

Caminé por la plaza, y les di de comer a las palomas, a las palomas de María. Me sentí feliz, y extrañamente vacía. El precio de la soledad es el que te obliga a cerrar una historia, y comenzar una nueva. Era la hora de pagarlo.

FIN. 

Podes leer la saga completa acá:

Lecturas para el colectivo: “Estrellas de una noche cerrada” – Capítulo 1
Lecturas para el colectivo: “Solos en el Edén” – Capítulo 2
Lecturas para el colectivo: “El vuelo de los ideales” – Capítulo 3
Lecturas para el colectivo: ¨La llave maestra¨ – Capítulo 4
Lecturas para el colectivo: Sonrisas de Libertad – Cap. 5
Lecturas para el Colectivo: “Respirar Mendoza” – Cap. 6