Cuatro no son multitud – primera parte

Veníamos con mi amiga Gaby saliendo viernes y sábados, parejito todas las semanas, tomándonos hasta el agua de los inodoros, llegando a los domingos sin ganas de existir. Ese sábado decidimos hacer algo más tranqui.

-Veníte a casa y comemos algo, vemos unas pelis… no sé, ¿te parece? – me llegó en un mensaje. Era Gaby.

La verdad que pintaba para eso, más que cualquier otra cosa.

-Dale mi negra, voy tipo 23, así termino unas cosas de la facu y me baño.

Siendo las 23.30 horas, yo puntual estaba en lo de mi amiga, y el delivery llegó con una pizza, que acompañaríamos con una Quilmes bien helada que tenía ella en la heladera.

Comentamos un poco, mientras cenábamos, cómo habíamos estado en la semana, quilombos del laburo/facultad, los chongos… en fin, teníamos para entretenernos. En eso, suena mi nextel.

-Loca, ¿cómo va? Estoy acá con el Rodri, ¿vos que hacés?

-¡Eh Bati! Yo estoy en lo de Gaby, comiendo algo, no vamos a hacer nada porque estamos molidas, así que estamos comiendo algo… y la noche pinta mucho para esto. ¿Les pinta venirse?

-Dale, de una que sí. Estamos en Godoy Cruz todavía, porque el gordo se está cambiando, y en un rato les caemos. Llevamos lo de siempre, un fernecito.

-Jajajaja ¡qué raro ustedes! Bueno dale…

Caen los muchachos, con un fernet, un ron, tres cocas, un champagne, dos speed y un juego.

-¡Ah, vienen cargaditos, buenísimo! Porque nosotras la verdad que más de estas dos cervezas no teníamos nada.

Prepararon algunos tragos, tomamos mientras charlamos algo, y se nos hicieron las 2 de la mañana. El jueguito ya no era tan divertido, las caras de sueño eran mortales.

-Che, esto se está muriendo mal. ¿Y si le ponemos onda y empezamos a jugar con prendas? – dijo el Bati, parándose de la silla, como entusiasmado.

-¿Qué tipo de prendas? – le pregunté, curiosa.

-Prendas… prendas – dijo tocándose la remera.

-¡Ah! Vos decís de ponernos en bolas… – y todos nos reímos y miramos a la vez. La idea fue aceptada sorpresivamente rápida.

-Bueno, hagamos así, por cada ronda, el que pierde se tiene que sacar una prenda. No vale anillos y esas cosas. La idea es ropa – agregó, ya de pie también el Rodri.

Sabíamos perfectamente que por el estado en el que estábamos y para cómo pintaba el juego, la cosa no iba a terminar muy normal que digamos. Pero ya fue. Gaby estaba como loca con el Rodri, y yo con el Bati, sumado a que hacía bastante que ninguna de las dos le veíamos la cara a Dios.

Empieza el juego. El primero en perder es el Bati. Se saca la remera. El resto haciendo los típicos gritos tontos en un típico juego de desnudo.

-¡Esoooooo, iuuuh iuuuuh, papiiiiito, sacate todo! – gritábamos al unísono.

-¡Ay, me muero te juro! – le susurro a Gaby.

Seguimos con el juego. Ahora la que perdía era mi querida amiga, que se pone de pie y se saca el short. Los otros dos estaban como locos. Gaby tiene un culo impresionante. Hace hochey desde los 8 años. Eran entendibles las caras de babosos de los pequeños.

El estado que teníamos para ese entonces ya estaba agravado, y sabía perfectamente que iba a empeorar, así que pilla como siempre, les dije que me iba al baño, me saqué el corpiño y me quedé solo con la remera. “¿Quieren fiesta estos? Pues fiesta tendrán… y ¡tendré!” – pensé para adentro. Cuando volví a la sala, trate de taparme para que no notaran mi “travesura”.

-Dale, sigamos – dije, acomodándome de nuevo en la silla.

La ronda sigue y, “casualmente”, la que pierde ahora, soy yo.

Atiné a sacarme el pantalón también, haciéndome muy la boluda, porque sabía lo que ellos iban a decir. No me equivoqué.

-¡No, no, ahora vos sacate la remera, ya tenemos un culo para ver! – dijo el Bati.

-Bueno… – le respondo, mirándolo con cara de “lo pedís, lo tenés”, y cruzando mis brazos por mi cintura, engancho el borde de la remera, y la subo hasta despegarla de mi cuerpo. Mis pechos subieron con la remera, pero volvieron a su posición natural. Agarré la remera y se la tiré al Bati a la cara. – ¿Feliz? – y le guiñé un ojo y me volví a sentar.

Las caras de los tres eran para una foto. ¡Mundiales! Nadie dijo nada. Solo se quedaron boquiabiertos, viéndome sentada en la mesa, con las tetas peladas y un pucho, ahora, en la mano.

El juego siguió, nuestros estados empeoraron. Para las siguientes 6 rondas, ya casi andábamos caminando por ahí con los cuerpos desnudos, sin importar más nada. Me había dado un poco de sed, y los vasos ya estaban vacíos.

-Me voy a preparar algo. ¿Alguien quiere? – pregunté al grupo.

-Dale, yo te acompaño – dijo el Rodri – yo también tengo mucha sed.

Estaba en la cocina, junto a la mesada, cortando unos limones para ponerle al ron con coca, enteramente desnuda, y el Rodri se había quedado con el bóxer puesto (no había perdido lo suficiente como para haberlo perdido).

-¿Te ayudo? – me dijo, acercándose por demás a mí, apoyando su bulto en mi muslo izquierdo.

Lo miro por abajo y llevo la vista a sus ojos.

-¡Apa! ¿Qué pasó ahí papito… andamos calenchus?

-¿Me estás jodiendo? Estás en pelotas adelante mío… tampoco soy de madera…

Giré sobre mi eje y me puse tan cerca de él que mis pechos quedaron pegados al suyo.

-¿Me estás diciendo que te caliento entonces? – le pregunté rozando mi lengua sobre su oreja y llevando una mano al paquetito que llevaba entre las piernas.

Me tomó del mentón y metió enteramente su lengua en mi boca, y con la otra mano me apretó más hacia él. Yo permanecía con la mía en la misma zona, solo que ahora cambiada de lugar, ya dentro del bóxer, permitiéndole a su miembro tomar aire, y así poder jugar con él más cómodamente. No estuvimos mucho tiempo así, ni ahí, porque podría venir alguno de los otros dos y encontrarnos, así que agarramos los traguitos y nos fuimos nuevamente a la sala.

La sorpresa que nos llevamos, cuando encontramos ala Gabyy al Bati a los manotazos, casi a oscuras, sobre los sillones. Por dentro pensé: “¡mejor, así sigo un rato más con el Rodri!”, que tenía cara de sorprendido también. Lo miré y sin alcanzar a tener ninguna reacción, me empujó contra la pared y, nuevamente, metió su lengua en mi boca, y sus manos en mi cola, apretándome desaforadamente, y rozándose con más fuerza sobre mí. Su boca se deslizó rápidamente hacia mis tetas, pasando su lengua por mis pezones y mordisqueándolos suavemente. Bajó su mano derecha hacia mi pelvis, por lo que separé mis piernas, para que pudiera acariciar mejor mi clítoris, que lo esperaba ansioso. Sus dedos entraban y salían dentro de mí, mis muslos estaban ya bañados con el néctar que se escurría de mis entrañas, ambos estábamos muy calientes, cuando sentimos: “¡ah bueno!”.

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