La venganza – Penúltimo capítulo: «La tumba de Peñaloza»

Decidís buscar ahora mismo la tumba de Peñaloza, ir hasta la iglesia de Dorrego iba a ser demasiado arriesgado. Miras hacia ambos lados de la calle, te paras en la esquina de las ruinas. Pasa casi en amarillo el camión recolector, lo ves ser absorbido por una nube a menos de una cuadra. Neblina en Mendoza… ¡que noche extraña para colmo de males! Pasa un Renault 12 en rojo, cargado de muchachos que vienen en busca de algún cuerpo donde cobijar sus ansias, los alrededores son un tugurio de balandras y prostitutas baratas. No aparece más nadie hasta donde tu vista te permite divisar.

Estas parado frente a las ruinas, una especie de cerco separa la vereda del recinto, das vuelta por el frente y encontras una abertura para escabullirte por ahí. Luego de un traqueteo y un rasguño en tu remera estás adentro.

La luz de la luna escasea esta noche y entre el denso vapor y el terror que se ha apoderado de vos por caminar entre escombros prohibidos se hace imposible comenzar.

Moves algunos escombros que hay en el piso, levantas una especie de chapón que cubre alguna baldosas y corres una madera que esta apoyada, parece que antaño ha sido de una puerta. Miras hacia todos lados, agrandando los ojos con ánimos de que tus pupilas te permitan divisar algo más. No hay suerte.

Caminas varios metros hacia el fondo de la propiedad, más y más escombros dispersos por doquier, un ruido de personas te obliga a agazaparte contra el piso. Son dos borrachos regateándole el precio a una prostituta. Solo gente. El suelo está frío y húmedo, sentís el ruido de ratas escapando de tus movimientos, ¡si supiesen que estás más atemorizado que ellas!

Estas desorientado, no sabes por donde empezar, la confusión y el pánico te han sumido en una estado de shock absoluto. Volves a caminar hacia la calle, te paras frente a todas las ruinas sin salir del cerco y miras toda la estructura. Tratas de imaginarte como era la iglesia cuando estaba construida. Miras las paredes destrozadas, los techos en el piso, las maderas sosteniendo los muros que quedaron el pié y el desastre, tu vista se va posando en cada uno de los detalles, cada uno de los vértices, cada uno de los espacios. Poco a poco vas construyendo el dibujo de la iglesia en tu mente, ves el pórtico de la entrada, entonces miras el piso y ves un tipo de baldosa que debía ser la entrada a la iglesia, caminas nuevamente hacia las ruinas, atravesas el pórtico y miras a tu alrededor, te imaginas en el cuerpo central de la iglesia, donde años atrás habrían estado los bancos. Corres algo de tierra y ves otro tipo de baldosas en el suelo, estas en lo cierto. De pronto se dibuja en tu mente toda la iglesia con el esplendor de antaño. Ves los techos modestos, las paredes amarillas, el vía crucis tallado en la pared. Ves los marcos de las puertas de la entrada de la derecha y de la salida hacia los jardines de la izquierda arruinados por la intemperie, pensas en toda la gente que pasó por acá en búsqueda de aquel que hoy no sabias si existía o no. Miras hacia delante de ti e imaginas el altar, percibís que hay pilas de escombros a más altura, por lo que obviamente el altar ha estado más arriba del nivel de donde estabas, ahora sentís a la iglesia en detalle. Avanzas hacia el altar y ves el lugar donde estaba la puerta que iba a la parte de atrás de la iglesia. Con cautela y sin pegarle a ninguna de las maderas que sostienen lo poco que queda de estructura caminas a hacia el patio de la iglesia. Ahora hay menos escombros, por lógica.

Al fondo, pegado al terreno vecino, ves una gran cantidad de piedras y maderas, esa debía de haber sido la sala de los franciscanos, donde se juntaban a comer, dormir o conversar. A la izquierda de la sala está la calle, pero a la derecha hay un muro en pié que divide la sala de una pequeña habitación ahora en ruinas. ¿Habrá sido la pieza del cura de turno? ¿Qué mejor lugar para ocultar de la mirada profana a aquella nefasta osamenta de Peñaloza? Ese debía de ser el lugar.

Comenzaste a inspeccionar la habitación, corriste varias maderas sin importar el ruido, veías el piso de una especie de baldosa rojiza. Te fuiste a lo que sería uno de los vértices de la habitación donde había maderas y piedras apiladas extrañamente. Te diste cuenta que no estaban colocadas al azar, corriste una a una y viste como el piso no era más de baldosa, sino de tierra. Toda la habitación tenía piso de baldosa menos aquel diminuto pedazo. Tu corazón comenzó a latir.

De repente una moto se detuvo en seco en la esquina, te agazapaste nuevamente. Sentiste como se detenía el motor y alguien se bajaba, no sin antes encender las luces blancas y azules de la moto. Era una moto de policía. Te acercaste entre dos vigas a mirar más de cerca y viste a un uniformado observar hacia adentro de las ruinas, también viste varios móviles en la plaza con sus respectivos uniformados rastrillando el lugar. El policía de la moto encontró tu mismo recoveco y entró en las ruinas. Lo seguías con la mirada atento. Iba de un lado a otro, con su pistola desenfundada. Pasaron unos minutos eternos y el tipo emprendió su regreso, no sin antes pararse, darse media vuelta y mirar justamente hacia donde estabas. El imprevisto de su acción te hizo ocultarte, con miedo a que te haya visto. El oficial comenzó a venir hacia donde vos estabas. Paso a paso lo sentías cada vez más cerca, te paraste y te pusiste de espaldas a uno de los muros de la habitación, estabas atrapado, si corrías el oficial pegaría el grito y al instante tendrías un enjambre de azules sobre vos, con suerte de no ser alcanzado por una bala. ¿Qué excusas ibas a poner para que te creyeran que vos no eras el culpable de tantos compañeros caídos y así calmar su sed de venganza? No había chances. Tomaste una viga como bate y rogaste que el oficial se fuese. Una sombra se dibujo en el piso de la habitación, se hacía más y más grande, los pasos estaban a metros tuyo, de pronto, el oficial irrumpió en la habitación.

El batazo fue certero, un golpe en seco en la frente lo hizo caer de cabeza al piso sin titubear, rápidamente te abalanzaste sobre el cuerpo por las dudas, dándote cuenta de que su pulso no latía. Habías asesinado a una persona… y esta vez si era culpa tuya.

Usando el mismo bate como pala comenzaste a cavar, ya sería momento de pensar en que ibas a hacer con el cuerpo del oficial. Cavaste procurando no hacer ruido, sentías a lo lejos las voces de la policía, patrullas que iban y venían, ¿habrán visto la moto? De pronto un ruido seco dio contra el palo, corriste con la mano algo de tierra y palpaste una superficie lisa y sólida, era el cajón de Peñaloza. Al cabo de varios minutos, tus manos estaban magulladas de tanto excavar, todo un cajón improvisado resurgía a la superficie.

Tu corazón parecía escaparse de tu pecho, buscaste una ranura que te permitiera abrir la tapa del cajón. En un lateral había una especie de cuerda, tiraste de ella y la tapa cedió. Un olor nauseabundo atestó el ambiente, corriste torpemente la tapa, con las manos lastimadas temblando de miedo y ahí lo viste.

El cuerpo de Peñaloza estaba envuelto en ropa negra, aunque estaba cadavérico era excepcional el estado en el que se mantenía. Era imposible que un cuerpo en un cajón tan rústico y casero aguantase, sudabas terror y lagrimas. Buscaste en tus bolsillos la cajita con el corazón al tiempo que con tu otra mano palpabas el pecho del cadáver. Hallaste el lugar donde debía ir el corazón, corriste la solapa del traje negro en el que estaba vestido e hiciste palanca con tus dedos entre costilla y costilla para depositar el corazón en su lugar. Partiendo dos costillas al cadáver lograste meter el corazón dentro del pecho. El mundo parecía haberse detenido, contuviste la respiración, te alejaste unos metros del cuerpo, la noche le iluminaba el rostro huesudo.

De pronto… sus ojos se abrieron.

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