Reflejo

El escritor, dejando de lado todo lo que sentía, apoyó el lápiz sobre la hoja y desató en ese blanco, un mundo paralelo. Tal vez, en ese lugar necesitaba perderse o, paradójicamente, encontrarse.

Se sentó frente a la mesa con la gran lámpara y, sacándole punta a su lápiz, empezó. Primero su mente ideó aquel personaje: algo tímido, pero valiente; sensible como pocos, pero no un idiota; un joven neurótico azotado por la vida; algo desalineado, pero siempre conservando la elegancia y la estampa.

Después creó el lugar: una calle, noche y millones estrellas que centellaban en el cielo. Escasos coches en la acera como así también escasas personas. Una tenue luz de un farol dejaba ver el pelo del personaje, pero no más allá…más allá había leve oscuridad, o leve luz de estrellas. Todo depende con que ojo se mire.

Acto seguido, fue el turno de una trama. Aquí fue donde el escritor se detuvo. Afilo su lápiz, sopló los restos de granito y acomodándose tristemente sobre la hoja, soltó sus pesares. A su melancólico personaje, le regalo unas lágrimas. A su noche estrellada, le regalo unos flashes de luces. Flashes que dejaban ver una hoja en la mano del actor. Sólo una hoja de papel corrompía la escenografía descripta antes.

El escritor apretó con fuerza el lápiz, se dio una pausa para suspirar, y con la inspiración de mil musas, diseño un final abrupto: Le regaló letras a la hoja suspendida en la mano de su personaje. Letras que dañaban la moral del harapiento protagonista. Un adiós se leía por entre los demás nocivos caracteres que completaban la carta.

El escritor entonces, había ya realizado su cuento. Había maldecido desde el principio, el nacimiento de un personaje. Lo había vuelto un hipocondríaco, desalineado y solitario. Lo creó para que viva sólo un instante de desilusión. Lo creó de noche, para que nunca sea poseedor del sol. Lo creó y lo ultrajó con una carta de despedida. Lo creó y lo terminó en una noche, con un lápiz, a la luz de una lámpara. No quiso jugar a ser Dios… pero de una forma extraña, lo había logrado.

El escritor guardó el lápiz, se levantó de su asiento y encendiendo un cigarrillo, salió al patio de su casa a contemplar el terminar del día. Observó las estrellas, observó la tenue luz que sólo dejaba iluminar su cabellera, se sintió melancólico, desalineado… Y entonces el escritor entendió, que minutos antes, se había creado a sí mismo.

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