Era el cumpleaños de mi abuelo Cacho. Cumplía 80 años y lo festejábamos en su casa. A mí mucho no me pintan esas reuniones, siempre se juntan a hablar de pelotudeces, sacarse el cuero, criticarse, y los boludos de mis tíos a contar proezas que nunca hicieron (o quejarse de las mujeres, también, por qué no).

Entre todos estaba… “ella”, la que en un tiempo era la típica nenita linda, con los rizos dorados, ojos redondos, azules y carita de angelito. Ya no era esa nenita preciosa que solía pedirme que la empuje en el columpio, o juegue con ella a las muñecas… el tiempo había pasado y la había vuelto toda una mujercita. Siempre fue mi preferida, aún hoy, aunque hacía muchísimo que no la veía.

-¡Beto! – apenas me vio, se me tiró en los brazos a abrazarme, como aquellos tiempos. Yo ya no sentí lo mismo.

-¡Ho… hola… Lucía… qué grande estás! – le respondí como desconcertado.

La cena pasó. Nosotros por nuestro lado poniéndonos al tanto de la vida. Los demás en su mundo. En algún momento (no sé cuál) la casa quedó vacía, y mi abuelo, ya para irse a dormir, preguntándome qué iba a hacer. Le pregunté si podría quedarme (como solía hacer antes), lo cual no le gustó mucho, ya que sólo había una sola habitación disponible, y estaba arriba, al lado de la de Lucía. El viejo siempre tuvo la idea en la cabeza que entre primos nos podíamos cruzar de habitación. Esa idea que sentía errada… hasta hoy. El viejo accedió de mala gana, pero me importaba muy poco, ya que mi abuela estaba chocha y apoyaba la idea.

-Vení, así seguimos charlando más tranquilos arriba – dijo llevándome a los empujones para arriba.

Apenas puse un pie en el primer escalón, mi cabeza empezó a volar.

Llegamos a la habitación, yo me senté en su cama, ella tomó algunas ropas y se fue al baño. Volvió con un camisolín blanco. Si tenía más decorados, no los noté, me distraje con dos pequeñas protuberancias que se remarcaban por sobre otras dos bastante más grandes.

-Bueno, Beto, contame ¿cómo vas con la facu? – me preguntó tirándose sobre la cama, recostándose sobre su almohada, y apoyando un almohadón en su vientre, permitiendo a sus pechos vencer la gravedad.

-¡Deja de joder con la facu! Demasiado estar entre semana a mil con eso, como para recordarla justo ahora. Mejor decime vos, qué onda… ¿estás de novia? – le respondí, buscando orientarme un poco.

-Estaba con un chico, pero es un pelotudo como todos, sólo quería coger y no me inspiraba confianza.

-O sea que… ¿todavía sos virgen? – le pregunté un tanto sorprendido, las minas ahora vienen bastante aceleradas.

-Y sí… ¿qué esperabas? – me devuelve la pregunta, con una sonrisa pícara.

-O sea que ¿no has estado con nadie por no tener confianza en la otra persona?

Mi cabeza empezó a carburar mil veces más. Si su problema era la confianza, nosotros teníamos una relación con mucha complicidad… ¿solucionaría el problema?…

-He estado, sí… pero nunca se ha concretado. Otra cosa que me inhibe mucho es la falta de experiencia, no saber qué hacer, qué decir, cómo moverme… por ejemplo, una vez, estuve de novia con un flaco cuatro meses. Obviamente tuvimos nuestros encuentros fogosos, pero nunca llegamos a la penetración. Algunas veces porque no se daba la situación, o había alguien, o simplemente no me sentía cómoda. Bueno, pero no da que hablemos así de esto, me pongo nerviosa…

Tratando de que no se aleje del tema, me acerco a ella para que se relaje, me acomodo en la cama al lado de ella.

-Estamos en confianza ahora Lu, relájate un poco, sabes que conmigo podes hablar de lo que quieras.

Se recostó en la cama, y yo hice lo mismo. Quedamos enfrentados.

-Qué loco que después de tanto tiempo sin vernos estemos así ahora, ¿no? – me dice con una mueca disfrazada de sonrisa – pero me encanta. ¿Ves? Con vos es diferente al resto de los hombres, con vos sí me siento segura, Beto, aunque haya pasado tanto tiempo.

Pensé en preguntarle qué me habría querido decir con eso, pero omití la pregunta, tomándolo como un pie a mis intenciones, que empecé a sospechar no sólo que las estaba interpretando, sino que, además, estaba teniendo las mismas.

-Sí, a mí también me pasa lo mismo con vos, me siento cómodo. Siento que puedo decir lo que quiera… o hacer lo que quiera que con vos que va a estar todo bien… ¿o no?

-Jajajaja, mmmm ¿a qué te referís? – dijo acercándose más a mí, y yo cada vez más loco con la situación… la situación de estar con mi prima de 17 años, yo un boludo de 25, acostados en la misma cama, a menos de10 centímetrosde separación… y con mi miembro creciendo cada vez más, al punto de llegar a incomodarme su rigidez debajo de mi bermuda – ¿¡y eso!? – me preguntó mirando con sorpresa mi bulto y devolviendo la vista a mis ojos.

-Jajaja ¿qué cosa? – le respondí un tanto nervioso, pero a la vez sentí que ésta era la oportunidad.

-¡Eso! – dijo señalándome la entrepierna – ¡¿no me digas que te calentaste Beto?! – y diciendo esto, paso sus manos por mi pecho y mis brazos, y sonreía suspicazmente, dándome paso al avance.

-¡Y sí, boluda! Mira cómo estamos, encima me tocas… ¡No soy de made…! – y sin dejarme terminar de decir esto, metió su lengua dentro de mi boca, desenfrenadamente, dejándome sorprendido por su arranque. Definitivamente los dos pensábamos igual. No podía quedarme atrás. Era ahora o nunca.

Puse mi mano derecha por detrás de su cintura para atraerla más hacia mí y que sienta lo que había provocado. Con mi mano izquierda me entrometí por sobre el escote de su camisolín, descubriendo su pequeño, pero duro pecho, y acariciar suavemente su pezón, que estaba muy tieso. Su lengua no paraba de identificar la mía, su respiración era cada vez más tibia. Mi mano derecha acarició toda su espalda, bajando lentamente por sus glúteos, siguiendo por su muslo y envolviéndolo, la traje hacia mí, poniéndolo por encima de mi pierna. Las caricias no cesaban. Sus manos permanecían en mis mejillas, y a veces se entremezclaban en mi pelo. Podía escuchar su corazón golpeando cual galope de caballos, y me aceleraba aún más.

Mi mano quiso experimentar un poco más allá. Se entrometió por entre sus muslos, para poder descubrir el centro de la hoguera, su hoguera. Como era de esperarse, estaba totalmente lubricada y despedía un calor increíble. Apenas pose un dedo entre sus labios internos, soltó un leve jadeo, sin despegarse de mi boca. Sus ojos permanecieron cerrados todo el tiempo, y sus manitos se aferraban a mi cuello, me apretaban.

-¿Estás bien Lu… querés que paremos? – le pregunté, rogando que me dijera que no.

-Sí… – respondió aún con sus ojos apretados – ssssí…

Realmente no sabía qué hacer, si seguir o no, y ante la duda, saqué mi mano de donde estaba para apoyarla en su cintura nuevamente. Antes de terminar de retirarla, su mano sujetó la mía rápidamente, y la devolvió a su vulva. –Quedate ahí… – me respondió.

Mis dedos intentaban conocerla, reconocer que había crecido, la descubrían. Sus jadeos se intensificaban y su respiración era cada vez más agitada. Nos seguimos besando. Sus manos ya no estaban tan tiesas, y ahora ya recorrían mi pecho y se colaron por debajo de mi remera, tocándome la piel. Sus manitos eran muy chiquitas, de dedos muy delgados, y por esto, sus caricias me estremecían por demás.

Entre toda la orgía de sentidos, sentí algo en mi tratando de ingresar por el borde de mi bermuda. Sus dos manos ya ahora desprendían mi botón, bajaban mi cierre y masajeaban mi miembro por encima de mi bóxer, el cual de repente logró una dureza extrema, dejándose ver por arriba de mi cintura. De pronto, sus diminutos dedos se inmiscuían por dentro de la tela, para dejarlo salir completamente a la luz. Mi nivel de calentura aumentó en un 300% cuando sentía la piel de sus manos rozar con la piel de mi miembro, por lo que mis actos se aceleraban inconscientemente.

-Quiero que me hagas mujer, Beto – dijo entre suspiros.

-¿Estás segura?

-Mmmhh sssí… dale… – dijo, y lo juro, aún con sus ojos cerrados.

Me saqué mi bermuda, mi bóxer, ella se acomodó boca arriba, y cubrió con sus manos sus ojos. Le saqué despacio su culotte blanco con corazoncitos rojos. Podía notar que ella era aún una niña, pero encerrada en un cuerpo de mujer, que pedía a gritos ser explorada. Me costaba creer que el encargado de descubrirla sería yo, pero lo ansiaba con todas mis fuerzas.

Busqué un preservativo, me lo coloqué mientras la besaba, para que ella no sintiera la espera, o no se sintiera incómoda. Separe sus muslos lo suficiente como para posicionarme entre ellos, la tome de una mano y la llevé hasta mi miembro, para que sea parte (aún más) de esa primera vez que sería penetrada. Ella no dudó. Apenas empecé a ser parte de ella, su garganta explotó un “ay” que me dio entre pena y ternura. Sus ojos se abrieron al máximo, mostrando ese azul claro, ahora brillante, producto de la humectación de algunas lágrimas que se habrían apoderado de ellos.

Rápidamente la besé y le dije: -tranquila mi amor, no te voy a hacer daño… confia en mí-. Ella respondió con una sonrisa y llevó sus manos a mi espalda, llevándome hacia ella, quedando recostado sobre su cuerpo.

Poco a poco, con movimientos leves, fui metiéndome completamente en su interior, compartiendo el calor que nos había llevado a terminar en todo eso. Cuando ya sus quejidos no eran de dolor, y más bien se habían transformado en placer, mis movimientos aumentaron su ritmo. Yo tenía que luchar con mis ganas de terminar, que estaban latentes desde hacía mucho tiempo. Ella estaba muy relajada, y colaboraba con algunos movimientos que marchaban al compás de los míos.

En un segundo extraño, sus uñas se clavaron en mi espalda, sus ojos volvieron a fruncirse, su columna se arqueó hacia atrás, sus gemidos ya hacían ruidos más extraños. Sospeché de qué podría tratarse, y aceleré mis movimientos, volví a besarla, pero ella no respondía a ellos, y no paraba de retorcerse. Escuché ese grito, que quise impedir con mi mano para que no escucharan mis abuelos, pero no podía… tenía que dejarla soltar esa energía acumulada y terminar como ella necesitaba o quisiera en su primera vez. Una vez que terminó, pero seguía retorciéndose y relamiéndose, pude terminar yo, mucho más tranquilo, para no quitarle el protagonismo que había tenido.

Creo que lo notó, porque me llevó a su pecho para recostarme ahí. Nos quedamos unos minutos y le di el espacio para que fuera a higienizarse. Yo mientras fui por algo para tomar, y unos cigarrillos que había dejado abajo. Para cuando subí, ella todavía no salía del baño.

Me tiré en la cama y me prendí un pucho. Ella vuelve a la habitación, y se desploma a mi lado en la cama.

-No sabía que fumabas – me dice como extrañada -, pensé que después de lo del tío lo ibas a dejar.

-No, lo intenté, pero no pude.

-Yo nunca lo he probado… ¿me convidas?

(*) Nota armada en colaboración con Betto Boop

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