Entramos con Sotomayor al restaurante tipo diez de la noche. La recepcionista nos recibió las invitaciones, y nos indicó que detrás de una cortina de tiritas plásticas de colores estaba nuestro destino. Sotomayor manoteó un grisín de la barra, a la pasada, y antes de atravesar la cortina que dividía los salones, nos miramos, quizás compartiendo suposiciones sobre la historia que estábamos por vivir.

–Lo único que espero, Cumpa, es que la mía tenga buenas gomas… –me comentó con una palmadita en el hombro, y se mandó pa´ dentro.  

Jaja… Al parecer no teníamos el mismo pensamiento. No es que no me simpaticen las pechugonas, para nada. Pero yo pensaba en que…, bue…, pensándolo mejor el deseo de Soto era mucho más real que el mío para ese momento. Sentí la seguridad que me escaseaba para la noche, acompañado por él.

Debía relajarme, debía esperar lo que era lógico que pasara, no más, no menos. Pero la noche se diferencia del día, por ocultar lo que vendrá, en la ilusión que creamos durante el atardecer.

–Es mejicano… –me dijo convencido en cuanto entramos.

–¿Qué cosa?

–Que el resto es mejicano, y me encanta la comida de estos lugares. Mirá, ¿ves al fondo? –me preguntó, señalando con el pico.

Junto a una estatua azteca de yeso, dos señoras le estaban entrando de lo lindo a unos tacos.

–No me digas que son las veteranas esas, Rubén. Por favor…

–No las conozco, Sotomayor, ya te conté la historia. Si querés no vamo´…

–¡Nunca, compadre! Ya estamos acá y no hay mejor lugar, para dos viejos lobos de mar que las aguas turbias, para ponerle el pecho, la billetera y el hígado que disimulen cualquier batalla.

Por momentos Sotomayor era Homero, pero por otros era Mozart.

Yo iba tras él, que caminaba moviendo los hombros de lado a lado. Sotomayor había sido, antes del deforeste parietal y el ensanchamiento abdominal, remero del Club Regatas. Tipo de familia adinerada, ojitos claros, con la parla de un cordobés descendiente de porteño, y la sensibilidad de un sanjuanino enconfitado.

–Disculpen…, chicas –dijo Soto, descreyendo de su propio término–¿Alguna de ustedes es Pochi?

Las comadres nos miraron como si les hubiésemos pedido un garante con hipoteca. No eran.

–¡Yo soy Pochi! ¿Rubén? –Dijo una mujer sentada por detrás, sola, en una mesa para cuatro.

Con Soto nos miramos ciento treinta seis veces, las primaveras de la morocha, eran considerablemente menores a las de las primeras. ¨Si, nosotros somos Rubén¨, contestó Soto.

–¡Ah, un gusto! Siéntense, ya viene mi amiga que está en el baño.

–Igualmente, Pochi. El es…

–¡Adrián! ¿Cómo estás? –me interrumpió, Soto.

¿Adrián? Si, recordé que a mi amigo, Adalmasio Sotomayor, lo deprime su nombre, por lo que inventa nombres de pila que lo energicen.

Nos besamos los tres, y nos sentamos. Bueno, yo con Sotomayor, no. Ya nos habíamos besado antes. Bah…, besado… Besado como se besan dos hombres, claro. Bueno…, los hombres no se besan, es cierto. En fin, nos sentamos.

Soto era un profesional en la materia. En dos minutos la puso en clima a la Pochi, y nos descostilló con la letalidad de sus comentarios. Hablamos, lo escuchamos mejor dicho, varios minutos de corrido. Yo miraba la carita de la Pochi, que vivía en un mundo paralelo con mi amigo, hasta que interrumpió el ¨Buenas…¨, de la amiga.

Su nombre, Luisa.

Pedimos la comida, cerveza, y arrancamos la noche. No pasó ni media hora y noté que la situación estaba tensa. Luisa bastante piola, pero rara.La Pochibien, pero algo andaba mal, no sé. Sotomayor, desconocido. Pálido, tieso, con la vista afiebrada buscando otros contextos, ajeno como si estuviera viendo la cena por televisión.

–¿Che, todo bien? –le dije por lo bajo.

Me hizo con el pulgar para arriba y seguimos. ¿Sotomayor observando sin meter bocado? Era otro tipo.La Luisaempezó, de salto y porrazo, a llenar de acidez la mesa, con indirectas extrañas,la Pochibuscaba acomodar los desajustes de la otra sin mayores éxitos.La Pochiera la típica mujer que se sentaba a tomar cerveza del pico en el cordón de la vereda, y se vestía de gala para una fiesta super paqueta, sin desentonar en ningún lado. Ahora entendía porque algunos apostaban a las juntadas a ciegas. Ella sostenía que cuando se la quiere pasar bien, el salirse de los moldes comunes, le dan argumentos a los que buscan hacer de que cada día, uno distinto al anterior. No era mi caso.

–Disculpen… –dijo Sotomayor, saturado, y se levantó de la mesa.

Pensé que iría al baño. Dos minutos después, vemos por la ventana que pasa caminando. Me levanté en el aire y rajé para la puerta, pasé entre dos mozos, por la recepción, y salí a la vereda.

–¡SOTOMAYOR! –le grité y ni bolilla me dió, así que lo corrí– ¡Sotomayor! Che, frená… ¿A dónde vas?

Soto caminaba sin aliento, apoyándose contra el sostén del viento.

–Hermano… ¿Qué te pasa? –volví a preguntarle, en vano, mientras su cabeza giraba de un lado al otro, sin lograr imprimir una imagen de lo que lo abrumaba.

Miré para atrás y vi que se acercabala Pochi, con los abrigos, así que se los recibí y, disculpas de por medio, le dije que lo dejábamos para otro día, que ¨Adrián¨ se sentía mal, y nos pasamos los teléfonos. Los números, digo.

Lo agarré de nuevo a Soto, que ya me preocupaba y empezamos a caminar. Una cuadra, dos, cien, miles… Las que hicieran falta para que se alejara del secuestro emocional que tenía.

Dice Eterno Atardecer, que ¨…la reacción, para los sentimientos, es un Temblor, de los que sabemos que sucedieron, recién cuando sucedieron. En cambio, para las réplicas de esos sentimientos, podemos predisponernos y manipular el dolor.¨

Caminar siempre había sido mi manera de predisponerme, cuando me había sentido temblar. Era la forma que encontraba a mano para desmenuzar cada una de las réplicas. Y en eso estábamos, caminando, temblando, y desmenuzando.

–¿Te acordás cuando dejé todo, de un día para el otro, y me fui a vivir al Sur, Rubén?

–Sí, no me hagas acordar.

–Bueno…, les mentí –dijo Soto, y se sentó en la vidriera de un negocio–. Les dije que me iba porque había pegado un buen laburo, en una petrolera, y que hacía mucha diferencia con respecto a lo que ganaba acá. ¿Te acordás?

–¿Cómo que nos mentiste?

–Sí, les mentí. Soy un pelotudo, ya lo sé. Pero no con el laburo, ¿eh?, el laburo existió, sino no hubiera podido acomodarme cuando volví. El tema es que no me fui por eso. Me fui por una mina, Rubén.

–Pero no entiendo, por qué no nos dijiste la verdad.

–No sé, en realidad si, pensaba que me iban a matar los muchachos. Corta. Siempre ocupé el lugar que me divertía, y a ellos también, ser el referente de las jodas, el tipo que vivía para salir, siempre rodeado de minitas; pero llegó un punto donde el personaje se comió a la persona…

Estaba sorprendido, no eran habituales las charlas profunda con Soto. Tal vez nos las habíamos negado, por esto mismo de su ¨personaje¨, hasta hoy.

–…hasta que conocí a una mujer, y ratifiqué que lo que venía haciendo durante mucho tiempo, ya no era más lo mío. Que yo vivía la vida que los muchachos no vivían, porque no podían, o peor aún, ¡porque no querían!

–Esta mujer…, ¿era del Sur?

–Si… y me fui, loco. Ella estaba en Mendoza por unas ferias de artesanos, pero era de allá. Agarré los monos que encontré primero, y me tomé un colectivo pa´ Neuquén. Mendigué un mes, pero ni me importó. Ella estaba con el tema de sus artesanías, escribía genial, tenía algunos libros de hecho, yo me defendía con una que otra changa de lo mío, y la llevábamos. ¡Ni nos calentaba el mañana!, por primera vez sentía que para ser feliz uno no necesitaba del tener, sino del querer. Que ¨querer hacer¨, es el tesoro más preciado que una persona podía tener, Cumpa.

Sus palabras eran una balada de los Beatles, pero de las que nunca había escuchado, de Sotomayor. Un fragmento de Eterno Atardecer dice que ¨…cuando uno encuentra con quien pasar el resto de su vida, no ve la hora de que llegue el resto de su vida.¨  

En eso se había embaucado Soto, sin importarle todo aquello por lo que uno hace cuentas y especula cuando va a decidir sobre los sentimientos. Como si suponer qué pasará con el corazón, se tratase de estimaciones financieras.

–¿Entonces…?

–Bueno, al mes y medio, más o menos, le arreglo la bomba de la pileta de un tipo que era gerente en una petrolera. Mucha guita, pero mucha, ¿eh? Cuestión que me dice si me interesaba entrar laburar ahí, que se iban a abrir unos puestos en la planta, en el sector de mantenimiento, me habló de la guita, que pun que pan, de las horas de laburo… ¡Todo me cerraba, Compadre! Mi plan era volver a Mendoza, con ella obviamente, pero ¿te imaginás? Le dije que si, y me quedé.

El ruido de una moto me recordó que estábamos en la calle, y que no volveríamos al Resto. Le dije que fuéramos al café de la esquina, y volvimos a donde estábamos.

–Nos empezó a ir mejor –siguió Soto–, así que alquilamos una casita más linda cerca del centro, chiquita, pero ella tenía su lugar para escribir, para tocar, para crear su arte. Yo amaba cuando Ella era ¨ella¨. A la tarde nos juntábamos otra vez, y terminábamos los días juntos. Ese año fue único, Hermano. Hasta que de repente, todo cambió… Ella se volvió un ser lejano, pasamos de ser dos, a ser uno con otro. Tal vez, no sucedió de repente, tal vez era yo el que no lo quería ver. Un día me fui al laburo y no me fui nada. Vi que la pasaron a buscar por casa, y la seguí en un tacho, hasta encontrarme con las verdades. La había perdido, Macho. Discutimos, peleamos, nos agredimos, no sabes… ¡De terror! Estaba viviendo en carne propia, sí, yo, el que más clara la tenía, lo que tantas veces había hecho.

Mi bronca se eyectaba, pero no encontraba palabras, y ni hacían falta creo, pero dos brazos me eran pocos para contenerlo.

–Así que un día me levante, aún vivíamos juntos, pero en habitaciones separadas, y preso por esa realidad, me fui. Pateé hasta donde pude, me metí en un baldío, revisé en mis recuerdos las fotos de mis viejos, la familia, los amigos que había abandonado, sin contarles nada, y traté de hacer lo que había pensado durante días…

Nuestros ojos se cruzaron y el relato, se hizo la caída de una pluma de un rasca cielos. El suponer con certezas se transforma en el saber, muchas veces, y su mirada constataba mis certezas. Sotomayor arrancó en un llanto, la compañía para lo que aún quedaba.

–…Gatillé tres veces, Rubén, ¡tres veces!, y nada. Me quedé inmóvil, ¡ESPANTADO! Revisé el tambor, y la bala seguía ahí. Apunté contra la pared y ¡PUUUM! Maté a mi muerte, Compadre…

La espalda me traspasaba por los agujeritos de la silla, el frío del viento me comía las lágrimas que no podían salir.

–…La bronca me tiró al suelo –agregó Soto, mirando contra el piso de la vereda del café, como si lo estuviese viviendo otra vez–, la ira por lo que había hecho me incriminó durante horas, y estuve acurrucado hasta que la noche me encontró. Volví a casa…, agarre la viola…, mis cosas…, mucho no tenía. Le hice una nota, y me fui.

El teléfono me sonaba en el bolsillo, era un número desconocido y atendí. La Pochi del otro lado me hablaba acelerada, estaba al tanto de una parte de la historia, la que le habían podido contar. Me pidió hablar con Soto, y se lo pasé. No supe qué le dijo, pero lo calmó.

–Bueno, Amigo, Hermano –dijo Soto, cortando la llamada–, ya sabés el final. Pasaron muchos años sin noticias de ella, ¡una vida te diría!, hasta hoy, que el destino me volvió a presentar a Luisa.

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