Llega la nueva novela de Marcos Valencia – Caleidoscopio: “¿Hay partido en Alsina?”

-22 AÑOS ATRÁS-

En una calle empedrada custodiada por una hilera de naranjos y casas bajas, un sol fresco de otoño vuelca colores lavados sobre todo lo que no es deglutido por la sombra oscura y fría de los rincones cubiertos. El mundo está en silencio y el cielo es un celeste aguado, un blanco mal teñido de azul. Solo el sonido infantil de gritos aislados de unos chicos que juegan al fútbol en la calle perturba la tarde. O, más que perturbar, la adorna, la mancha con pequeños signos de vida en ese páramo de construcciones fantasmas.

Son seis chicos. No, siete. Siete chicos que patean y corren una pelota por un empedrado que hace que la pelota pique mal, y que los gritos se aflojen y que los chicos se rían, y paren, y agarren la pelota, y hablen. Y vuelvan a patear. Y las voces otra vez se llenan de tensión, de la tensión del estadio repleto, del campeonato grande. “¡Acá!”, “¡Pasala, forro!” son frases que repican por las casas blanquecinas y se pierden en el abra de un cielo muy alto. Son ocho chicos. Uno sale de la puerta de una casa que da al estadio empedrado, se limpia la boca con la manga, y entra corriendo a perseguir la pelota caprichosa que cada tanto pica para donde quiere.

No es un acontecimiento excepcional. Esto pasa todas las tardes. Tardes de días de semana, tardes de fin de semana… Todas las tardes el pueblo deja de latir, deja de respirar, detiene los relojes, y ni los pájaros interrumpen ese entretiempo del día. Los ocho chicos saben que a la siesta tienen partido. Ninguno falta. Y durante el día cada uno de ellos piensa en qué debe mejorar, en cómo está jugando tal, en mejorar una patada, o simplemente soñar con ser un goleador mundial para poder entrar a la cancha de empedrado y lucirse como el mejor del mundo y terminar con la tensión de tanta competencia. Cualquiera del pueblo que los encuentra les pregunta cariñosamente “¿Esta tarde hay partido en Alsina?”, Alsina es el nombre de la calle, y los chicos sonríen pícaros y guardan en su timidez la osadía de cualquier respuesta. Todas las tardes son iguales, y nadie desea ni espera que eso cambie.

Francisco Martínez corría con la pelota muy concentrado en que no le picara mal y se le vaya, porque el “mal pique” es válido, y muchos goles nacieron de un “mal pique”, o de un “cabezazo de la calle”, como dijo una vez Tin, Valentín Carrero, su vecino inmediato y uno de los tres que juega siempre en su equipo.  Fran corre con la pelota concentrado, lo están por salir a marcar. Vio con el rabillo del ojo que se le acerca alguien por el costado, y se da cuenta de que si corre más ligero la pelota iba a tomar más velocidad y se le iba a salir de control, así que apacigua la marcha, hace como que mira para el centro de la calle, pero de inmediato, con un giro rápido, corre para el otro lado, para la vereda. “¡Mirame, Fran!” escucha que le grita Tin desde alguna parte, pero tiene que hacer la cucharita para que la pelota no rebote en el cordón, así que en el momento en que la pelota está en el aire, le acomoda el pie por debajo, mueve la articulación del empeine, sin variar el ángulo de su pierna, y cuando la pelota se levanta evitando el cordón, y Fran no le saca la vista, y se levanta, y Fran la mira fijo, y se levanta más… “¿y eso…?

Sin darse cuenta dejó de correr, la pelota sigue rebotando hasta pegar en la pared y volver a la cancha quedando en poder del marcador que lo estaba siguiendo. Fran camina confundido. Algo pasó, trata de entender. “¿Qué pasó…?” Algo había pasado frente a sus ojos sin haberlo podido registrar que le produjo una sensación fuerte en el pecho. Algo que seguía ahí, brotando a chorros desde adentro. “¡Fran!”, pero el grito era un sonido lejano. Seguía sintiendo que algo le rebalsaba del pecho y empezó a transpirar. Y miedo, apareció un miedo desconocido. “¡Fran!”. Con trabajo, superando un vértigo, levanta la mirada a la pared, buscando qué había pasado, y de pronto gira su cabeza a la ventana. Había una ventana, y desde ese ángulo se puede ver una luz rompiendo la oscuridad del ambiente interior. Una luz que llena el vano de una puerta. Y por ella pasa rápidamente un cuerpo interrumpiendo el resplandor. Una persona desnuda, blanca, radiante. Una chica. Y vuelve a pasar pero con una toalla. Y se detiene. Y lo mira a Fran afuera, cerca del árbol, en la vereda, mientras los demás chicos corren detrás. “¡Fran!”, pero Fran intenta controlar un leve temblor. La chica, lentamente y sin sacarle la mirada, estira una mano y va cerrando la puerta despacio. “Fran”, sintió que le hablaron al lado tomándolo por hombro, y pega un salto.

-¿Qué te pasa? –preguntó Tin.

Fran ya no podía mirar de nuevo a la ventana. Se acababa de formar un lazo secreto con la chica del baño. No la conocía, pero ella está en casa de los Ferrari. No quería contar nada, era algo suyo. Algo que ella, aunque de manera casual, le había confiado solo a él.

-Fran, ¿te pasa algo?

-No, no…

Y volvieron al empedrado. Fran ya no corre ninguna pelota e intenta mirar a la ventana, pero no vuelve a ver el resplandor hasta que, en una de las miradas a la ventana, descubre que acaban de cerrar la cortina.

-HOY-

Golpeaba con su lapicera el teclado de la computadora.

-Fran, ¿hacés algo hoy?

Fran levantó la mirada y recién ahí le prestó atención a Gustavo, su compañero de la oficina.

-No, Gus. Nunca festejo mi cumpleaños.

-¡Dale, abuelo! Vamos a tomar unas cervezas. Simón se prende.

-Gracias, Gus, pero esta tarde salgo con Cami. Lo hacemos mañana.

-Treinta y cuatro años en vos son como ochenta, hijo de puta. Dale, lo dejamos para mañana. ¡Simón! ¿Mañana podés…?

Fran salió de la oficina y lo sacudió una ráfaga fresca, aunque no fría, pero la oficina era un horno y se apretó el saco con las dos manos. La calle en sombras por las construcciones elevadas de la ciudad lo hizo correrse hacia el borde de un edificio, único lugar donde todavía quedaba sol. Caminaba apurado pero no rápido, sino de manera mecánica, como distraído, pensando en nada, con la cabeza vacía. No sabía por qué se sentía así. O mejor dicho, no sabía por qué no sentía nada. Sus pasos eran mecánicos, y pisaba de lleno en una baldosa cada tres. Desfilaba. Encaró la calle y el semáforo en ese instante se puso verde, así que ni se detuvo. Subió otra vez a la vereda y continuó la misma marcha. De pronto se dio cuenta de que en su cabeza se repetía una y otra vez lo que le dijo Gustavo: “treinta y cuatro años en vos son como ochenta, hijo de puta”. Y seguía caminando mientras separaba en fragmentos rítmicos toda la oración: “trein-tay-cua-tro-a-ños-en-vos…”. Empezó a sentir frío. “…son-co-mo-chen-tai-jo-de…”. Su celular.

-¿Hola?

-Hola, gordito. ¿A qué hora venís?

-Estoy yendo, Cami.

-¡Upa, qué bueno! Dame diez que termino de arreglarme.

“…trein-tay-cua-tro-a-ños…”

-¿Hola?

-Sí…

-¿Me escuchás, Fran?

-Sí, Cami.

-¿Me das diez minutos que…?

-Sí, Cami. En veinte llego, así que hacé tranquila.

-¿Te pasa algo?

-Sí, no sé, estoy raro. Me parece que estoy por caer con fiebre.

-Nooo, no, no, no… Vamos a caer los dos, pero sobre la cama, jajaja…

“… mo-chen-tai-jo-de-pu-ta-trein-tay…”

-Bueno, te espero. Comprate Alegrol antes de llegar, ¿dale?

-Dale, un beso –y sin esperar el saludo de Cami, cortó.

“…trein-tay-cua-tro-a-ños…”

Mientras en su mente de fondo continuaba repitiéndose la cantinela, pensó con imágenes, sintió… que los treinta y cuatro no le estaban cayendo bien. Sintió que no estaba contento con… con algo. “…trein-tay-cua-tro-a-ños…”. A Cami la amaba igual que el primer día que la vio. Igual. Pero había algo…, “…chen-tai-jo-de…”, había algo que le estaba molestando “…pu-ta…”, molestando mucho, “…son-co-mo-chen-ta”.

Tocó el portero eléctrico.

-¡Gordo, tardaste cinco minutos! ¿Me estás jodiendo?

-Cami…, abrime que no estoy bien.

 (Continuará…)

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