La Culpa

En el exterior sólo hay calma. En el exterior no hay sospechas de lo que está ocurriendo en mi habitación.

La noche es la testigo muda de miles de cosas y en este caso, es la única testigo presencial de lo que se está desatando en el cuarto. El manto de oscuridad que ofrece, es el ornamento perfecto para el destino de dos personas completamente inconscientes de pensamientos y totalmente llevadas por los instintos y el deseo.

Su cuerpo es completamente esculpido en juventud. Demuestra que se preocupa por él, cuida de su templo de belleza para momentos como este, o tal vez lo hace por su autoestima, o tal vez sólo lo hace para despertar lujuria en los demás. Quién sabe.

Los labios siguen juntos mientras sus manos recorren mi espalda de arriba abajo; con fuerza, pero con delicadeza. Yo no me quedo inmóvil y también comienzo a abrazarla, la mente no responde. Son impulsos naturales los que están actuando.

Y allí está; las manos juntas, las miradas que se cruzan hacia un mismo lugar y juntos caemos a la cama. Las indirectas eran demasiado claras.

Afuera, sólo noche. No hay ninguna otra escena. La noche inspira, la noche acompaña y la noche es y será para siempre, esa testigo muda de las acciones de los hombres. A la noche no le importan los demás.

Dar detalles de lo sucedido sería totalmente innecesario. Y esto es todo lo que leerán de ese acto.

No hay más que decir, salvo que fue una explosión de instintos que creía dominados. Pero cuando la mente no encuentra la moral suficiente, y los ánimos son nulos, el hombre reacciona por instinto. El autoengaño de las indirectas es el juego perfecto para bloquear los sentidos en esos casos y dejar todo al libre albedrío.

Pero hay más. Está la jugarreta perfecta de las guerras interiores. Esas jugadas que ni la mente más entrenada puede escapar y que a una mente moralmente débil -como la mía-, la destrozaría en mil pedazos.

La Culpa.

Es de noche, y una vez acallados los instintos, mi cabeza empieza a funcionar de nuevo. Estoy acostado boca arriba con los brazos en ambos lados del cuerpo, tapado hasta el pecho con sabanas revueltas. A mi lado una forma femenina duerme dándome la espalda.
No me siento bien. Prácticamente no pestañeo y cada pestañear es un flash de recuerdos dolorosos que alimentan la culpa. Culpa de no haber escuchado a mi mente. Culpa de traicionar las prioridades, culpa de ser uno más del montón. Culpa de tener pasado.

Culpa de amar. Mejor dicho culpa de amar y haber perdido.

La noche testigo de mis acciones traía consigo el expediente de mis pasadas madrugadas y lo largaba sobre la mesa. Me sentaba en una silla a recorrer kilos y kilos de hojas escritas de vivencias. Otro pestañeo y otra hoja más de ese expediente que se lee en voz alta. “Culpable” sería el veredicto. Me siento mal, me siento traicionado por mí mismo.

No aguanto más la cama, no aguanto más la compañía de ella a mi lado.

Me levanto y voy de un lado a otro de la habitación sometiéndome a las mil formas de la culpa.

La ventana por donde el manto de oscuridad nos tapó de lujuria, asoma ahora mi figura desnuda mirando hacia fuera. Una mano en la frente, la otra apoyada en el marco. El olor fuerte a sudor seco es aroma perfecto para hacer de La Culpa la obra maestra del año.

No lo soporto más. Tengo que escapar de aquí.

Un pantalón, un buzo, los zapatos del trabajo y la billetera al bolsillo. Una visita al baño antes de salir y una última mirada al tenebroso páramo que yo mismo arme en mi departamento. La puerta se abre lentamente y yo me marcho del lugar.

Una vez más escapando. Huyendo. No hay destino, pero créanme que hay razones.

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