Todo queda en familia II

-Me voy a ir a dormir, no vaya a ser que se levante alguien y nos vea – dijo Emi, levantándose del sillón.

-Sí, mejor…  – respondí.

-Espero que no digas nada de esto… quiero volver a verte, pero no acá.

-Dale… sí…

Me despide con un beso, una sonrisa desgarrante y se va. Yo visito nuevamente el baño, me acomodo un poco, me lavo la cara con abundante agua fría para refrescarme y vuelvo a la sala para intentar ponerme a estudiar. No fue posible. Mi cabeza se dispuso a procesar lo que había pasado. “¡¿Qué hice?! Estoy loca… definitivamente estoy loca”, pensé.

Un par de horas después se levanta Maite y me encuentra dormida sobre la mesa.

-Yo sabía que tampoco ibas a aguantar… ¡no hay manera! – me dice mientras me sacude del brazo para despertarme.

-¿Qué hora es? – pregunto, refregándome la cara.

-Son las 11 y algo… ¡me quedé dormidísima! ¿Pudiste avanzar algo?

-Poco… no entiendo algunas cosas y me trabé – necesitaba una excusa.

Preparó más café, intentamos leer un rato más hasta que llegó la hora del almuerzo. La madre nos llamó a la mesa. No sabía cómo iba a reaccionar de verlo de nuevo después de lo de la noche anterior. Aunque nadie supiera nada, me perseguía como si todos lo supieran. Fuimos a la mesa, y él no estaba.

-¿Emi no va a comer? – pregunta Mai a su madre.

-Parece que no… me tiene cansada este pendejo. ¡Todos los fines de semana es igual. No podemos tener una puta comida todos juntos porque vuelve mamadísimo y no le da el alma para levantarse después! Pero vas a ver, no lo pienso dejar que toque ni una galleta de agua cuando se levante… ¡Me cansé de que me tome por pelotuda!… – resongaba a los gritos Eli – ¡Esas cosas, si quiere, que se las aguante su padre, porque yo no más!

-Bueno, mamá, ya está, dejalo… no te hagas mala sangre al pedo. Además está Juli… se va a sentir incómoda – agrega mi amiga.

-No, por favor, por mí no se preocupen – respondo.

-Sí, tenés razón. Disculpame Juli, pero es que me saca de quicio este pendejo… Pero bueno, en tu casa debe ser igual con tus hermanos, ¿no?

-Ja, no, soy única hija. Mis viejos se separaron al tiempito de que nací y mi vieja no volvió a formalizar más con nadie. Recién ahora está con un tipo, hace un tiempo, pero tranqui…

El almuerzo transcurrió tranquilo, a pesar de ese episodio. Emi nunca bajó. Después de la comida, continuamos con el estudio hasta las 20 horas (con nuestros respectivos recreos) y él no asomó más la cabeza.

A mi celular llegaban algunos mensajes de las chicas del club, para decirme que no me olvidara del cumple de Caro, que “esta noche la rompemos”. Mis ganas de salir eran las mismas que tenía de pegarme un tiro. Estaba más que cansada, la cabeza se me partía en siete mil pedazos, tenía la vista agobiadísima. No había manera de que me enganchara con la idea de salir, pero tampoco podía fallarle a Aye.

-¡Qué mierda! Tengo el cumple de una de las chicas esta noche… de Aye, ¿te acordás?

-Sí, ¿la morocha que estaba el otro día en tu casa? – me pregunta Maite, mientras mordisqueaba su lapicera.

-Sí, ésa… bueno y quieren ir a bailar pero no tengo muchas ganas, estoy muerta. ¿No te pinta venir conmigo? De paso nos distraemos un poco.

-No, ¡olvidate! Hoy lo que más quiero es dormir. Además, mañana quiero atinar temprano con esto.

-Sí, tenes razón, por eso tampoco quiero ir, pero, ni modo… ¡la puta madre! Me voy a ir yendo, a ver si puedo hacer una mini siesta antes de arrancar, sino me voy a quedar dormida parada.

En la cocina se sentían los gritos de la madre peleando, sin respuestas. Por lo que decía, Emi había resucitado. Busqué mis cosas para irme. Pase por la cocina para saludar a Eli, y verlo nuevamente. Ella ya se había quedado sola de nuevo. Al parecer se habría ido a su habitación o Dios sabe dónde. En cuestión, no lo vi.

Llegué a casa, no había nadie. Me metí al baño para darme una ducha. Nuevamente recordé lo de la noche. Salí, me puse algo liviano, puse el despertador en una hora más y me acosté a dormir. Me pase toda la hora (creo) soñando con lo que pasó, lo que pudo pasar y lo que pasaría cuando volviéramos a vernos.

Suena el despertador y no era ninguna sorpresa cómo me encontraba. Mi entrepierna estaba desbordada y yo tenía una calentura extrema. Remolonee un poco en la cama, seguía pensando, mientras mi vagina daba leves contracciones. No soporté más el fuego que me invadía y comencé a tocarme, primero por encima de mi ropa interior, hasta que uno a uno mis dedos se colaron bajo la tela hasta quedar mi mano totalmente cubierta por ésta. Deslicé el dedo del medio, suavemente, desde mi clítoris hasta el final. Mi cuerpo tiritaba. No estaba muy lejos de terminar con esto. Me di vuelta, para quedar boca abajo y tocarme mejor. El mismo dedo que jugueteaba de norte a sur hizo el papel de falo y lo metí en mí, mientras con mi dedo pulgar masajeaba mi clítoris. Nacían jadeos leves e inevitables, mi cadera comenzó a moverse con frenesí, sin pausa. Mi vagina se contraía y dilataba. Los jadeos ya se habían convertido en gemidos para terminar en un único quejido representativo del placer. “Por cosas como éstas es que me encanta quedarme sola”.

Otra vez el celular con mensajes, llamadas (todas perdidas, no iba a atender). “Mejor me apuro”.

Me levanté, me higienicé, me maquillé, me acomodé un poco el pelo (no tenía muchas ganas de arreglármelo), me vestí, llamé un taxi, le deje una nota a mi mamá y me fui a la casa de Aye, que me esperaban para hacer la previa.

(Continuará…)

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