Caleidoscopio: “El truco de la moneda”

La pelota pica mal en el empedrado y sale hacia un costado, Fran queda corriendo en falso y el gordo Santurián, hábil como siempre, la pesca en el vuelo, como si le cayese al pie, y sale disparado hacia el arco contrario. Todos tardan en correr para atrás cuando el gordo pega una patada que cruza indiscutible la pelota por entre medio de los suéters y empieza a gritar el gol con su vozarrón de tubo de desagüe mientras la pelota cruza la esquina y sigue picando en la cuadra siguiente del pueblo mudo de siesta y sol.

Sacan del medio y otra vez Santurián la traba con el pie y Santiago Virreyes cae al piso con gritos desgarradores a los que nadie presta ni la más mínima atención. Era claro que gritaba así por la frustración de perder tan tontamente la pelota, y el gordo que no acusó recibo se escapaba por el lateral de la camioneta estacionada. Apenas le sale el Pola Gorosito, Santurián la cruza admirablemente al otro cordón de la vereda donde venía Gastón Trellerín corriendo, con suerte para el arquero, y la clava mal en la puerta de la casa de la familia Vázquez. El juego se detiene y todos estáticos esperan unos segundos en silencio. Esperan la reacción, el enojo, las corridas furiosas del señor Vázquez, o el silencio piadoso y dispensador. Solo se oye la pelota otra vez picando lejana en la otra cuadra. Al minuto y medio uno sale a buscar la pelota, algunos ya se mueven… y nada, listo, Vázquez estaba en un buen día.

El saque de Manu Figueroa le cae cerca a Fran que cuando la para con el pie descubre de tanto mirar la ventana de lo de Ferrari, paradas detrás de los vidrios, a Ella y a Clarita de espectadoras. No es que se lo hubiera propuesto de antemano, pero era su momento. Era la ocasión para lucirse y enamorarla a ella de la misma manera que lo tenía paralizado a él. Un hombre mayor le surgió del pecho y los demás lo debieron haber notado porque a su corrida con pelota corta al pie pocos se le animaron. Como un rayo sobrevoló el empedrado con el balón cerquita y a tiro corto. Solo el Chinito Díaz quiso cruzarlo pero ni lo detuvo ni cobró como foul el codazo que le clavó en el hombro. Fran transpiraba triunfo y tratando de esquivar al arquero, este se tiró encima de la pelota, de sus piernas, de lo que hubiese y evitó el gol. Disminuyendo el envión de la corrida Fran ya sin tanto disimulo la miró a ella que tras un mínimo encuentro visual le quitó la mirada, giró y se perdió en la penumbra del palco de su dormitorio detrás de Clarita, y la ventana volvió a ser un cielo vacío sin luna ni luceros.

Los jugadores estaban en otra hazaña futbolística cuando la puerta de lo de Ferrari se abrió y las dos chicas salieron a la vereda. El único que dejó de correr fue Fran que dejó escapar una pelota servida que le pasara Santi Virreyes. Después de alguna puteada y de ver que Fran no podía quitar los ojos de encima de las chicas, Virreyes azuzó.

-¡Fran está enamorado de Clarita!

-¡No! ¡No estoy enamorado de Clarita!

-¡Sí, sí, estás enamorado de Clarita! ¡Por eso la mirás así!

Fran empezó a sentir primero el miedo a que lo crean enamorado, y segundo a que ella creyese que estaba enamorado de Clarita ¡y no de ella!

-¡Callate, pelotudo!

-¡Si no estás enamorado de Clarita –dijo el gordo-, entonces estás enamorado de Tita, su amiguita!

Y a Fran la calentura superó el hervor de la sangre que trepó hasta la cabeza y ya no pudo pensar. Sentía que todo se derrumbaba, que todo salía mal, y encima el gordo Santurián también hablaba boludeces como Virreyes, y salió eyectado hacia el gordo que cayó al piso grandote y sin resistencia, como cuando con una torpeza alguien voltea un arbolito de navidad, incluso con la misma mirada atónita y desacostumbrada de los presentes.

Las chicas se alejaron, Clarita con los ojos a medio entrecerrar, mirando los balcones y bandereando las manos, mientras que ella con la mirada hacia atrás y las cejas subidas en la mitad de la frente. Caminaron despacio hasta llegar a la esquina donde doblaron y se perdieron en un atardecer de miradas, como el ocaso de la ilusión de haber podido ser sol, y ser apenas una fría noche de llovizna.

*            *           *

Prendió un aparatito que Cami llamaba erróneamente mp3 y la guitarra de John Williams pareció derramarse por el aire. “Es un I-pod”, dijo Miguel y Cami sintió que el vino se lo deslizó por el sólido e invisible puente que se estaba amurando entre sus miradas. Pero no fue así, se lo dio en la mano, él se agachó y ella se levantó un poco de la alfombra, fue así. A Cami le extrañaban algunas cosas de Miguel. No veía de manera muy masculina que supiese, no el cocinar, sino el detalle del secreto en la delicadeza de las proporciones, o el detalle del aroma a nardo en toda la casa, o el detalle de la combinación de los colores en los géneros de los tapices, o el detalle…. Bah, los detalles. Todos los detalles.

-Hay mujeres que hacen gala de algún costado masculino y sentencian que no necesitan de un hombre, aclarando al mismo tiempo que no dejan de ser mujeres.

-Bueh… las feministas decís. Las mujeres podemos tener un lado masculino o valernos solas, pero jamás diremos que no necesitamos un hombre, eso es una negación.

-Bueno, yo tengo este costado femenino que, lejos de hacerme afeminado, me da la posibilidad de solo necesitar una mujer para amarla, quererla o compartir un buen momento. Yo me plancho las camisas, ¡y si quiero!

Callaron y solo quedó la guitarra.

-¿Qué es esto?

-Esta obra se llama “Recuerdos de la Alhambra”. Es un trémolo de guitarra que compuso Fr…

-¿Qué es un trémolo?

Miguel la miró a Cami y sonrió. Sonrió con ternura.

-Bueno, si te vas a burlar de lo que no sé, entonces no te pregunto más nada.

-No, no, perdoname. Lejos de burlarme me parece curioso que no lo sepas porque de alguna manera vos lo hacés. Trémolo es esa guitarrita rápida que se escucha como siguiendo la melodía.

-Y ¿por qué decís que yo lo hago?

-Porque el trémolo lo inventaron los guitarristas ya que su instrumento no podía hacer notas largas como los instrumentos de viento o los violines. La cuerda se toca y su vibración muere rápidamente. Entonces para sostener una nota tocaban muchas veces una cuerda en la misma nota ignorando cada golpe de cuerda y quedándose con la monotonía del conjunto, y así podían reemplazar las notas largas. Vos con Fran encontraste un límite, algo que te superó, que tu instrumento no podía alcanzar, y decidiste reemplazar las notas fáciles de tus instrumentos competidores por un golpeteo constante y regular, que es tal vez más eficaz que la nota larga. Sería como la vertiente y la gota sobre la misma piedra. La vertiente va a producir con el tiempo una ondulación, en cambio la gota un pozo más profundo y preciso.

Cami quedó con la cabeza levantada hacia arriba, con la mirada clavada en Miguel, la misma expresión en los labios, las piernas cruzadas, la espalda hacia adelante, una mano cruzada sobre un muslo y la del vaso con el codo apoyado en una rodilla. Procesaba a mil conceptos e ideas por segundo. Miguel la miraba pero ella no se movía.

-Para que veas lo eficaz que es el método que elegiste te voy a poner el “romance” por Yepes –Cami pareció quebrar la hipnosis que la tenía enterrada dentro de sí-. Vas a ver que es un trémolo lento, delicado, pero trémolo al fin.

-¿Por qué tenés esa manera de mirar la vida, Miguel?

Miguel la miró un poco sorprendido, volvió a sonreír como si ampliar su sonrisa fuera algo tan necesario de hacer antes de hablar similar a abrir la boca o mover la lengua.

-Porque es más divertida, Cami.

 “Romance” arrulló las luces que fueron cayendo de a una ante la aparente distracción de Camila, reemplazándose por dos, cuatro, seis velas con aromas y siempre el trémolo de fondo acostumbrando al oído con ese martilleo permanente del dedo que hace vibrar el alma. La noche pasó la comida subida al mareo del tinto más las rosas y jazmines que drogaban con su serenidad las manos y las mejillas de ambos, y antes de que sea medianoche Cami sintió cómo Miguel sellaba sus deseos mientras la frondosa y alta copa de una Santa Rita del jardín intentaba esconder los cuerpos desnudos del destino astral de las constelaciones presentes en la noche.

Cami se acordó de Fran recién en la segunda tostada con manteca y miel del desayuno.

-Cami… ¡Ey!

-Sí, Miguel. Perdoname, estoy medio dormida.

-Sí, veo. Tenés la mano llena de miel y está empezando a correr por tu muñeca. No imaginé que tenías el sueño tan profundo.

Pero la risa de Miguel esta vez no pudo quebrar cierta melancolía, ese dejo de tristeza, tal vez de culpa que sentía por no vestir el corazón de negro para velar su antigua relación en lugar de estar pasándola tan bien.

-Cami, me gusta no verte preocupada por lo de tu laburo.

-Dale, Miguel, si hiciste lo posible para que esté como estoy. No abuses con la magia que se descubren los trucos.

-Bien, entonces ahora me baño y empiezo con el truco de la moneda.

-¿Cuál es?

-El que va a hacer que nadie te toque el laburo. Ni el capo dei capi, ni el boss of the bosses

Boss of bosses –lo corrigió Cami.

-Ese tampoco. ¡Nadie!

Cami miraba su café. No podía identificar si disfrutaba tanto de saber que alguien la iba a ayudar con su trabajo, o del placer que sentía de sentirse tan segura, tan contenida, tan mimada… Tan divertida.

-Y ¿qué pensás hacer?

-Vamos a llevar a Brewster y su pasión por el arte… a la primera plana de los diarios más importantes del país.

Cami tosió, volcó el café, se limpió con el mantel, lo miró con sus labios entreabiertos, y las dos paletas asomando blancas en su boca le dieron motivos a Miguel para pensar otra vez más en la suerte que tuvo de tener ambas capacidades, intelectual y animal, para disfrutar y sentir del quilombo que hacen las hormonas en la belleza de la mujer.

*            *           *

Fran miraba por la ventana del avión y Vero fingía hacer lo mismo desde el asiento contiguo, el del medio en la fila de tres. De reojo miraba cada detalle de su cara, de sus expresiones. Le llamaba la atención la nostalgia que se había apoderado de ella, algo que no era en absoluto frecuente, y cómo estaba disfrutando de recordar los años pasados donde ella lo veía a Fran como el supra-humano, el hombre entre los hombres. Sus ojos iban de la ventanilla a la cara de Fran como el péndulo de un cucú. Sin darse cuenta quebró la barrera y empezó a pensar en momentos más felices de su infancia, de su abuelo, de aquellos domingos…

-¿De qué te reís, Vero? Tenés una sonrisa pintada en la cara.

-Recordaba el pasado. Años atrás, cuando era chiquita…

La frialdad de la mente de Vero no le permitía aflojarse ante una oportunidad, y hablar del pasado le abrió la puerta a tirarle alguna pista de que la recordase al fin.

-Yo –dijo Fran- me acuerdo mucho de los partidos de fútbol que hacíamos en la calle Alsina del pueblo, y del circo, un circo inmenso, el Bacacuí…

-¿El Bacacuí? –Vero rió-. El Bacacuí te parecía inmenso por la edad que tenías, ¡la carpa no tenía ni cien metros cuadrados!

-¿Lo conocés? Pero no sé si es el mismo, este era inmenso.

-Sí, el Quema-loros

-¡El Quema-loros! ¡Sí!

-Sí, por eso, el Quema-loros que corría los loros los alcanzaba porque si vieras de grande lo chiquita que es la pista… Debe tener un diámetro de seis metros…

-Nooo… No, entonces antes era más grande.

-¡No seas cabezón! ¡Yo fui de grande! El Quema-loros del Bacacuí era de mi pueblo, amigote de papá…

-¿En serio? Ah, pero ¡qué honor! ¡El acróbata más famoso del mundo!

Vero rompió en una risa relajada.

-Bueno, no sé si del mundo, pero sí de los cuatro o cinco pueblos a los que iba. El Quema-loros me saludaba especialmente cuando aparecía. Por mi viejo…

-¿Cómo te saludaba? “Hola, niñita, ¿te gusta que queme loros?” –Vero rompió en otra risa más.

-No, me llamaba por el apodo que me decía mi abuela, que a él le divertía mucho. Entonces cuando entraba y soltaba los loros…

-¡Sí, soltaba los loros! Eso era lindísimo…

-…me buscaba con la mirada, porque ya sabía que yo estaba presente, y me decía fuerte, como parte del saludo: “¡Hola, Veroniquitita, mi amiguita!”

*            *           *

Cuando todo pareció serenarse Fran se acercó al gordo Santurián y lo empujó para un costado. No llegaba a sorprenderse de su actitud firme, de su seguridad, pero sentía que tenía que aprovechar que el gordo le tenía respeto para sacarle el dato del nombre de ella.

-Gordo, ¿cómo sabés que la amiga se llama Tita? ¡Y no me jodas con que me gusta porque nada que ver! ¡Te lo pregunto porque mamá me lo preguntó y listo!

Hay edades en que la sola mención de la mamá lo explica y justifica todo.

-No, Fran, no sé cómo se llama.

-¡Pero si recién dijiste que se llamaba Tita…!

-Sí, pero esa frase de “Tita, su amiguita” la usa papá todo el tiempo.

-Entonces no se llama Tita…

-No sé cómo se llama, Fran. Decile a tu mamá que le averiguo si quiere… Pero sé que es algo así el nombre.

-¿Cómo sabés?

-Por que Tin es amigo de ella. ¿Por qué no le preguntás a él?

 (Continuará…)

Fuente de las imágenes:
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