El día que me crucé con un tipo casado

Vos no lo elegiste. Te lo cruzaste de casualidad en un bar, la oficina, la facultad o en cualquier maldito lugar. Al principio el cartel de “hombre prohibido” fue obvio para vos ya que venía indefectiblemente unido a ese anillo que jamás de los jamases se sacó. Ni se va a sacar.

 Al principio, comenzó tal vez con un saludo, una leve sonrisa, avanzando hacia algún tipo de lo que vos consideraste amistad. ¿Por qué no? No tenés la más puta idea de cómo pasaste de charlar animadamente y reírte a terminar en la cama con él. Esto no estaba en tus planes. Esto es lo que generaciones y generaciones de ascendientes femeninas te metieron en la cabeza que era algo absolutamente inmoral. Mientras tanto vos, seguís pensando que la tenés bien clara, que lo único que puede pasar ya está pasando (¡y cómo!) y que en cualquier momento podés terminarlo.

Como amante, ¡Qué decir! Según dice Michael Caine en Alfie: “Puedes sentir toda una vida de experiencia en sus dedos”. Te vuela la cabeza. La mezcla de adrenalina y orgasmos te empiezan a generar una adicción.

La cosa sigue linda por un tiempo: Te cuenta sus problemas, lo cansadora que es la esposa, lo increíblemente hermosa y sexy que sos, lo mucho que le gusta cogerte. En este ínterin y sin darte cuenta te vas enamorando cada vez más del infiel. Una verdadera cagada.

La rutina del matrimonio seguramente lo tiene harto y necesita una distracción. Justamente estas vos ahí para proporcionársela. Cada encuentro es mejor que el anterior, la sensación de ser el escape en su vida es inigualable. Inclusive te llega a decir que te necesita. Que no puede dejar de verte.

La lista de prohibiciones a la que accedés  es eterna: no llamadas ni mensajes fuera de hora, cero perfume, cancelaciones de último momento, etc. Estás a disposición de él para cuando se le ocurra mandarte un puto mensaje. El saber que nunca lo vas a tener no te impide enamorarte como una idiota, pero ¿Qué podés hacer? Aceptaste las reglas del juego y ahora báncatela. Tus amigas te preguntan si aceptarías hipotéticamente tener una relación seria con él, ser la única y principal en su vida. Y tu respuesta siempre es la gran mentira de que ya sabrías que te engañaría con cualquiera, así es que no, no podrías.  Pero detrás de esas falsas palabras, te morís por ser la última que lo bese al acostarse, la que lo despierte con mimos, la que esté a su lado en los eventos sociales, la que pueda olerlo a cada instante sin fijarse si alguien está mirando.

Pero, no solamente la rutina llega al matrimonio y con el paso del tiempo, la intensidad de las primeras épocas se esfuma, las peleas empiezan a aparecer, los celos y reclamos están a la orden del día. Existen grandes periodos de peleas seguidas de reconciliaciones monumentales, de sexo desenfrenado y olvido de lo anterior. Lo mejor que te podría pasar es que desapareciera, que no te buscara más, pero siempre vuelve a hacerlo. Mientras tanto se te pasa la vida, las oportunidades y la juventud, todas perdidas en ser el tapete de este reverendo hijo de puta.

La palabra que mejor lo define es egoísta, sólo piensa en vos como un medio de descarga, de descarte, no le interesan tus problemas y es plenamente consciente de tus sentimientos hacia él.

Como dice Arjona: “Cómo encontrarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojos”. Gran verdad. Sos muy boluda si esperás que un tipo que tiene algo regalado lo rechace voluntariamente. Además de que siempre fue ajeno y siempre lo será. A tu vida no traerá nada más que buen sexo, lágrimas y un corazón destrozado. Ponete los huevos que él no tiene y con todo el dolor del mundo decile, de una buena vez por todas, “Adiós”…

“Para Gimena pastor, lo pedís y lo tenés”

Fuente de imagen:
www.terra.es 

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