Peripecias de un fobalero en un partido de “Rakbi”

♫ En una villa nació, fue deseo de Dios, crecer y sobrevivir a la humilde expresión, de enfrentar la adversidad con el afán de ganarse a cada pa… ♫

– ¿Hola?

– Papi, te lo tengo que decir… ¡Soy bisexual!

– ¿Ah?

– Ehhh, no, eso no era para vos… ¡Ya te conseguí entrada!

– ¿Lo qué? ¿Quién habla?

– Adiviná…

– Conep.

– ¿Cómo adivinaste?

– Por tu confesión, siempre lo supuse. Además, sos el único desgraciado que me puede llamar un miércoles a las 4.00 Am.

– Ahh sí, es que me colgué en Twitter, Facebook, Linkedin, Instagram, Messenger y el Buscaminas. A veces pierdo la noción del tiempo. Mirá si lo llamaba a mi viejo a esta hora para confes…

– Me decías –interrumpí– que me conseguiste entrada. ¿Entrada para qué?

– Para los Pumas contra los Springboks…

– Ehhh, gracias. Pero yo te había pedido para Argentina – Uruguay en Octubre, quería ver de cerca a Romero para escupirlo y descubrir por qué Forlán es irresistible para las minitas.

– Tómalo ó déjalo. (Conep suele aplicar el lenguaje neutro/mexicano cuando se enoja).

– Dale, me prendo.

– Chévere, ven a retirar los boletos mañana por mi apartamento. Trae puesta tu chaqueta con bolsillos para no extraviarlos.

– Ok.

Así comenzaba mi travesía de acudir a un evento relacionado con el Rugby por primera vez en mi vergonzosa vida. Sí, yo, que la vez que más cerca he estado de tener entre mis manos un objeto ovalado, es cuando me preparo un huevo duro para acompañar al arroz, tendría la oportunidad de ver en vivo el partido considerado como el “más importante” en el mundillo de la gente sin cuello.

Previo a la disputa deportiva, decidí investigar un poco para adentrarme en la magia de esta maravillosa (?) disciplina, como lo es el Rugby, y no quedar tan colgado el día del partido.

Hasta ese momento, lo único que sabía acerca del deporte de las “H”, era cómo actuaban socialmente quienes lo practican: En los boliches, por ejemplo, se los ve siempre en manada, con su conjuntito Levi’s o Kevingston, de mangas cortas aunque en la parte baja de la pantalla de Canal 9 la temperatura marque – 1.9º, cagando a trompadas a quienes ellos piensen que los miraron mal, o sólo por el gusto de pegarle a alguien, para vengarse de los golpes que recibieron de parte de los rivales el fin de semana pasado en el partido. Ni hablar de esa “política” de hacer todo juntos: Se van a los travas (este es un extraño patrón que se repite entre los cabeza de guinda, será porque pensarán que un varón es más resistente para sus esculturales cuerpos, que una débil mujer) en patota y se cogen todos al mismo; si uno se pone de novio, el resto lo imita; se van de vacaciones todos juntos (en el caso de los rugbiers menducos, a ¡Reñaca!, obviamente), etc., etc. Pero ninguna de estas informaciones me eran útiles para entender el juego en sí.

Es por esto que decidí acudir a un ex rugbier, como lo es mi amigo el Ángel Gris. El angelito me hablaba de un tal Porta (que deduje que no era el fernet, porque sé que a él no le gusta) y utilizaba palabras raras que sonaban parecido a “rag”, “escram”, “trai”, “lain”, “nocón”, “pase forguar” y otras similares que no hallé en el diccionario de la RAE. También me proveyó de algunos videos de, según él, partidos históricos de Los Pumas, los cuales me dispuse a observar en mi casa. Cabe aclarar que a los 10 minutos de haber introducido el primero de ellos en mi VHS, ya estaba viendo capítulos viejos de Los Simpsons en Internet, y riéndome de los inigualables mismos chistes de siempre.

El día del evento me sentía como cuando en la secundaria llegaba a clases y me enteraba que había examen de Matemáticas. No sabía nada, ni entendía lo que sucedía a mi alrededor. Esto no se asimilaba ni un poco a esos días en que voy a la cancha a alentar al equipo de mis amores.

En primer lugar, todos llegaban al estadio en coche, ¡Y qué coches! Incluso los sudafricanos, que arribaban en taxis. Y lo más extraño de todo, ¡nadie los puteaba, ni les “robaban los trapos” por usar camisetas del equipo rival!

Ni hablar el tema Mujeres: Si en un estadio de fútbol, las mismas tienen un físico similar al de un orangután y utilizan un vocabulario de obrero para expresarse; las que asisten a un partido de Rugby parecen ser las encargadas de domarlas: hermosas, sensuales, huecas y discriminadoras.

En la cola para ingresar no se oían insultos, ni cánticos ofensivos; no se fumaba marihuana, ni se bebía vino en caja del pico; no se percibía olor a transpiración y la gente tenía todos los dientes en su lugar y no les faltaba ninguno. Entre los diálogos que llevaban a cabo se distinguían palabras como “Sorry”, “nada”, “man”, “BlackBerry”, “Face”, “Too much” ó “Mirá el grasa que viene al lado nuestro, de alpargatas y medias”.

Una vez ubicado en las gradas y luego de acomodarme las alpargatas (porque me molestaban las medias), decidí involucrarme de lleno en lo que sucedía dentro del campo de juego, el cual lucía unas líneas extrañas y se le habían borrado las áreas (detalle que se le escapó a la organización del evento).

Ya de entrada me costó encontrar al arquero de cada equipo y me sorprendió el juego mezquino del seleccionado nacional, todos los pases eran para atrás. Si bien me desorientó la dinámica del juego, pude entender que gana el que hace más puntos que el otro.

Los minutos pasaban y el árbitro seguía sin cobrar foules que merecían, como mínimo, una tarjeta amarilla. Para colmo, los ignorantes de mis vecinos en las tribunas, no se cansaban de pedir penal por jugadas que se llevaban a cabo lejos del área rival. ¡Qué ilusos!

En un mar de acciones inexplicables para mi educación futbolera, llegaba el final del encuentro, que se sucedió tras que un argentino tirara la pelota afuera y la tribuna lo festejara como si hubiese sido un gol en el descuento.

Creo que el resultado final fue 16 a 16, aunque yo no pude apreciar que la red del arco se inflara en ningún momento.

Perdido como mendocino en el subte porteño, me retiré a mi casa sin entender ni un poco lo que había sucedido en los 80 minutos que duró el espectáculo, sin saber qué puta escribir para que Conep se sintiera satisfecho con la inversión realizada por mi ticket.

Así finalizaba una experiencia nueva en mi vida, de la cual pude sacar una sola conclusión, que es a la misma que he llegado siempre: ¡Menos mal que cuando fui al arbolito de Navidad, había una pelota de fútbol!

 

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