Cuando una se convierte en lo que odia

Entonces pasó lo inesperado, el apocalipsis de mi inspiración. Ya nada tenía sentido y yo lo negaba a costa de que existían otros hombres, de que él no era único o mis varios intentos fallidos de hacer “algo mal” desde eructarle en la cara hasta escenas de celos. Pero nada. Hasta me acuerdo que llegué a hacer una lista de ítems que tenía que hacer antes de enamorarme, me la metí en el orto.

Tuve una de esas semanas. De esas en las que me pasa de todo, de esas que ni uno mismo se soporta, en fin. Por lo menos me permití pensar algo como: “Bueno, de última voy a tener sobre qué escribir en la nota del domingo”, sólo para consolarme. Pero después termino sentada, prendiendo el pri­mer pucho de la noche, abriendo el Word y entonces… la nada. Quizás sea porque todavía sigo en shock de­bido a los acontecimientos recientes. Quizás maduré un poco y ya no tengo ganas de andar exponiendo gente al escarnio público.

Admito que estoy perdida y no sé que hacer, empecé a escribir con la intención de reírme de las parejas felices y ahora estoy haciendo esfuerzo por no terminar escribiendo una de esas estupideces que hace la gente que se enamora. Miro para afuera y me convertí en lo que odio.

¿Qué sentido tiene escribir si no estoy despechada? En realidad siempre estuve despechada porque heredé las tetas de mi viejo, bueno chiste malo, ténganme compasión y sigan leyendo. Estoy por menstruar.

Por suerte todavía no estoy en plena metamorfosis de convertirme en lo que odio y aún me hacen vomitar cosas como ir caminando de la mano, las manos transpiran, hace calor y la gente siempre tiene tendencia a pasar por el medio. Besos en público, estoy segura que nadie quiere ver una transfusión de saliva en vivo y en directo. También he tenido el displacer de presenciar viles mentiras de mujeres que prefieren quedarse con el novio antes de que con amigas, eso me pone mal. Y como si eso fuese poco, las inútiles peleas de quién quiere más a quién. Sepan algo, es conveniente que siempre gane la mujer por más de que esta pelea resulte eterna, traten de quedarse con la última. Después, la típica pregunta “¿Qué me pongo?” antes de salir es generadora de miles de angustias diarias en el universo femenino y hasta causa de varios pleitos amorosos. Sépanlo. En el cine, el apoya brazos. Es el único elemento capaz de generar discusiones silenciosas en el mundo. El que llega primero lo baja y lo gana. Ahí comienza la historia. El secreto está en no descuidarse nunca y menos que menos apiadarse del compañero de al lado. Pocas cosas en una hora y media, quizás dos te dan tanto poder como ser el dueño del apoya brazos. Y llegando a la principal cosa que me molesta, estoy orgullosa de todavía seguirlo llamando por el nombre sin haberle puesto ningún apodo, de esos que son vergonzosos en público. Aunque admito que tengo el gran defecto de decirle “bebe” a toda cosa, objeto, persona con la cual me encariño.

¿Lo malo de todo esto? El sexo. Se me hace muy difícil concretar con el gato y llevarlo a ciertos lugares, pero quiero que sepan que por fin somos una feliz pareja oficial.

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