La teoría del reloj

La noche está fresca; y no es que se sienta el clima así dentro del bar, pero mi campera recostada en el respaldar de la silla me reafirma la deducción.

Paso la mano por mi muñeca para acomodar el reloj y tratar de calcular las manecillas ¡Ja! Como si el tiempo me importara en este momento. Como si tuviera a alguien esperando por mí en algún lugar.

Y la hora se mira por una cuestión de lógica: si uno pasa toda la noche sin tener noción del tiempo, entenderá recién el cambio de horario cuando el sol comience a asomarse. Calculará las agujas, juzgará que son las seis, seis treinta (dependiendo obviamente de la estación del año). Pero si uno observa la hora puede decir con exactitud que aún es de noche. Puede decir que le quedan tantas o cuantas horas antes de que el sol haga su entrada diaria. Puede tener el control de cuando marcharse. Es decir, que se auto-rige y que no está en ese lugar X por un motivo de libre albedrío moral, sino que una decisión en su vida lo llevo ahí, el destino tal vez o digan si quieren la rutina. Pero no está ahí por placer. Porque alguien que está sintiendo placer de estar, no mirará jamás la hora.

La persona que mira el reloj cuando no está en casa, está contando los minutos para volver a ella.

La persona que usa reloj depende de la hora y se convirtió en alguien con responsabilidades y, por ende, es una persona que está completamente desamparada, esperando en algún momento volver a su hogar para sentirse hipócritamente cómoda.

Mis párpados pesan más de lo normal y la cabeza me da vueltas. Es suficiente para mí hoy. Temo seguir diciendo teorías sin sentido al infinito.

El reloj que cuelga en mi muñeca marca las cuatro y veintiséis de la madrugada. Sí: yo también pertenezco.

También podes leer:
Dejó solo una foto

El año pasado escribíamos:
Enferma de pachanga