La corazonada más cruel: El adiós a Celso Jaker

Despierto de golpe y acelerado. Salgo por la puerta de casa con prisa y decidido. Esta vuelta sé con exactitud adonde ir.

Mientras camino apresurado, le doy vueltas al asunto de seguir una corazonada. Es verdad, una corazonada no es una certeza…pero recuerdo mi premisa de vida, “solo se ve bien con el corazón, ya que lo esencial es invisible a los ojos”. Trato de convencerme de que es una corazonada y sólo eso ¿Será por eso que camino rápido en vez de correr? ¿Será por eso que mi destino seguro ahora se vuelve nebuloso?

Doblo la esquina y me paro frente al edificio. Entro por la puerta decidido y seguro de mí. Es una corazonada y es tan fuerte como eso. Una vez adentro, un ascensor remendado me deja frente a frente con el departamento. El 3º B. La casa de Celso.

Golpeo la puerta dubitativo. Ni siquiera se bien el motivo del por qué estoy parado en este umbral. Golpeo de nuevo y de nuevo. Pero nadie responde. ¿Estará, tal vez, con algún ave de paso y no querrá ser molestado? ¿Estará perdido en las extravagancias de sus notas deseando que nada lo incomode? Que boludo, Dios… ¡¿Qué hago yo acá?! Debo dejar de ser tan impulsivo y pensar las cosas un par de veces antes de actuar.

Doy media vuelta para volver al ascensor, pero una vecina curiosa me impide el paso. Me pregunta si soy policía…si vengo por el llamado que hizo hace un rato atrás. Le explico que soy un amigo, y trato de sacarle información. Me responde que llamó al 911 porque en el departamento de al lado sintió un estruendo…”así, como un petardo fuerte”…

La dejo tranquila con falsedades y la convenzo de entrar a su hogar. Ahora estoy de nuevo frente al departamento de Celso. Comienzo a sudar y a pensar estupideces. El corazón late rápido y por primera vez en mi vida trato de ser racional: empiezo a llamar a su celular, a su teléfono fijo, hasta insisto varias veces con la puerta. La respuesta es nula.

Comienzo a impacientarme y a asustarme al mismo tiempo. La corazonada toma protagonismo. Dejo la racionalidad para otro momento y me vuelvo impulsivo, el más impulsivo de todos. Pateo la puerta con furia una…dos veces, a la altura de la cerradura. Finalmente, el pórtico cede ante mi fuerza y con un brusco movimiento, me deja entrar a los aposentos de mi colega. Adentro todo es normal, al menos por ahora.

Camino por las diferentes habitaciones tratando de buscar no se qué. Hasta que me encuentro cara a cara con un tocadiscos encendido, la púa rebota una y otra vez contra la circunferencia final del vinilo. Detengo el aparato, saco el disco y lo dejo a un costado. Entró a la ultima habitación que me falta por revisar y ahí, frente a mí, el horror.

Doy un paso gigante y me arrodillo frente a Celso. En su mano derecha aún humea un Smith & Wesson. Una botella de whisky se divisa sobre la mesa, junto con algunos papeles y una cajetilla de cigarrillos. Grito en silencio, trato de reanimarlo moviéndolo de los hombros, lo llamo por su nombre una y otra vez, hasta lo insulto…pero nada. Mi mente no quiere asimilar lo que ve. Me siento en una silla con las manos en mi frente y trato de sacar conclusiones. Pero no hayo nada.

Entones mis ojos ven más allá. Puedo ver la cabeza de Celso empapada en un mar de ideas que un calibre 44 voló por todo el lugar. Ideas esparcidas por la pared y el techo. Ideas que corren como río por el suelo del departamento. Palabras y palabras que se mezclan por todo el piso. Palabras geniales que no serán plasmadas nunca en papeles.

Y ahí entiendo…entiendo que el autor se suicidó. Entiendo que agotó los recursos y encontró la libertad con un disparo certero. Porque muchas veces esas letras necesitan salir a la luz, sea como sea el método para escapar. Entiendo entonces que no hay error…que todo estuvo pensado con total cuidado.

Me pongo de pie, tomo una hoja improvisadamente escrita que dejó sobre el escritorio, y salgo al pasillo del edificio. Y de ahí, de ahí lo demás es historia y leyenda…verdad y mentira. Vivir y morir. Vivir y morir por las letras.

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