Caleidoscopio: “No había nadie en esos ojos”

Fran salió de la reunión y al rato lo alcanzó Pranna.

—Muy bien, Fran. Estuviste muy bien.

—No, Rafa, hice agua, pero me doy cuenta de que me falta poco.

—Nunca pretendí que des una clase magistral, de hecho no es lo que necesito de vos. Hablaste de petróleo como si hubieses estado en el rubro desde hace años. Si bien tu propuesta no estaba al nivel de la reunión…

—Mi propuesta fue una boludez, Rafa, perdoname, espero no haberte hecho pasar un papelón.

—¡Pero no, Fran! Aunque tu propuesta no fue interesante, todos se enteraron que sabés de petróleo, y eso es lo que necesitaba. Te propuse para formular una propuesta justamente para que ellos supieran tus límites. Todos vieron que el que te forzó a ello fui yo. Si vos te hubieras puesto de pie para plantear esa propuesta habría sido diferente. Te verían como el más pelotudo del continente.

Fran lo miró sorprendido, y se rieron los dos.

—¿Te puedo preguntar cómo estás con tu melodrama?

—Mejor, mucho mejor, pero evitemos el tema. Quiero que pase un tiempo hasta que me parezca que el llorón enamorado derrumbado en una cama es otra persona.

—Buen, bien… Como vos digas.

Caminaron en silencio por un rato.

—Y ¿ahora?

—Ahora… —Pranna suspiró—, ahora a Roma, Fran. Te vamos a incorporar al departamento de insumos petrolíferos.

—Rafa, pero yo sé solamente lo que me hiciste leer, no sé del tema en profundidad.

—Tu puesto es político, Fran. Sabés lo mínimo indispensable, y vas a ir aprendiendo, pero te necesito ahí. Vos vas a ser yo.

*         *         *

—¿Te llamás igual que yo?

—No, me dicen Fran, pero por “Francesa”. En el colegio me decían la francesa, pero ya es como mi nombre. Todos me llaman Fran, como a vos.

—Qué raro que los dos seamos Fran… Ojo, me gusta.

—A mí también me gusta —le dijo ella y lo tomó de la mano—. Me gusta encontrarme con vos.

Fran sintió que la sangre se detenía en su cuerpo y la mano, inmóvil, comenzó a dormirse. Miraba al piso.

—Te veo siempre en misa. Te sentás más atrás.

—Sí, a mamá le gusta sentarse atrás… ¿No vas al colegio? ¿O estás en lo de Ferrari de vacaciones?

—Estoy… no de vacaciones, pero no, no estoy yendo al colegio.

— ¿Por qué?

—Por cosas que pasaron en mi casa, pero en un tiempito vuelvo.

— ¿Qué cosas pas…?

—Vení. Sentate con nosotros en misa, ¿querés?

—Este… bueno, le aviso a mamá y voy para allá.

Mientras Fran caminaba hacia el banco donde ya estaba ubicada su madre, el banco de siempre, de cada domingo, iba tratando de entender cómo se animó a hablarle a ella. Se llamaba Fran, igual que él, bah, le decían así, pero sentía como si la vida les estuviera queriendo decir algo. Nunca había sentido esa sensación de que algo raro le pasara precisamente a él. Se sintió como el protagonista de un cuento de miedo, pero sin miedo. Era algo que no tenía explicación, simplemente le decían Fran. Como a él.

La madre estuvo de acuerdo y lo siguió con la mirada y una sonrisa contenida mientras Fran caminaba hasta el banco de los Ferrari. La señora Ferrari le guiñó el ojo a la distancia y la madre de Fran finalmente se rió.

Fran intentó sentarse en el banco, pero no entraba, y los Ferrari se apretaron un poco lo que a Fran le dio más vergüenza aún. A su lado había quedado Clarita, y ella, Fran, estaba del otro costado. En un momento, mientras transcurría la ceremonia, Fran no había notado que Clara se había adelantado un poco y sintió unos dedos hurgar en su mano, era la mano de ella que, sin mirarlo, buscaba la de Fran. Apretaron sus manos por unos segundos, hasta que Clara se volvió hacia atrás y ella lo soltó sin verlo a la cara jamás. El resto de la misa fue el proceso en que Fran asoció para siempre el fresco de la capilla, la voz pesada del cura, el silencio y la solemnidad, con el despertar del deseo, la complicidad a escondidas y el vertiginoso riesgo de ser descubierto.

Esa misma tarde, al tiempo que Fran con algunas ramitas intentaba hacer creer que jugaba y pensaba y repensaba en la mano de ella en la iglesia, la madre lo fue a buscar. Su cara estaba más que seria, estaba tensa, dolorosamente tensa.

No se podía separar de la falda de su mamá. Lo miraba a pocos metros a Tin con la cara empapada, llena de mocos, doblado, semi alzado por la vecina que miraba a los adultos alrededor desconcertada, igual que todos. Después de estar un rato en la misma posición la madre se agachó y le dijo a Fran que vaya a darle un abrazo, que estaba bien hacerlo. Y se acercó lentamente hasta estar al lado de su amigo doblado y tomado de la pierna de la vecina, y le puso la mano en el hombro, pero Tin no pareció notarlo. “Tin, tu amigo viene a saludarte”, le dijo la señora. Tin levantó la cabeza, pero en ese rostro no había nada, no había nadie en esos ojos, y volvió a bajar la cabeza con su llanto ya cansado, como un lamento animal y desconocido de la noche.

Los padres de Tin murieron en la ruta. Un camión de frente. Tin no tenía hermanos, y Fran supo en el entierro que la única tía vivía en España. Cuando se volvieron a ver, en la plaza, Tin estaba sentado en un banco con la vecina que lo contuvo aquel triste día, y que ahora lo tenía en su casa hasta ver cómo lo enviaban a España. Tin miraba el piso, no se movía, y la vecina lo abrazaba y miraba a cualquier lado. Era el monumento al dolor, una señora abrazando a un chico huérfano, sentados en la plaza, solos. Solos los dos. Fran se acercó y la vecina le avisó a Tin, que lo miró a Fran desde abajo, desde su carita agachada.

—Tin, ¿cómo estás? —no le salió otra cosa.

Tin volvió a bajar la mirada. Por fin, pensó Fran, su mirada era insoportable. La mujer le agradeció y le dijo que pronto Tin iba a volver a jugar, que ahora prefería estar solo, le dio otra vez las gracias y, después de mirarlo brevemente a Tin, volvió a perder la mirada en cualquier parte.

*         *         *

No sabía ni que Cami se estaba instalando en Roma, ni que su nuevo puesto implicaba mudarse a la misma ciudad. No sabía por qué la habían cambiado de puesto a Vero, ni dónde estaba, ni si querría verlo después de su paupérrimo estado. Fran no sabía nada, pero sabía que tenía que ponerse al día con la vida. Parar en la vida a veces es volver a estar donde uno quiere estar, y otras veces quedar afuera de donde uno estaba. Su casa era un collage de muebles y cosas que recordaba vagamente de dónde llegaron. De pie frente a la ventana, mientras miraba una lluvia que aún no se manifestaba sintió que no tenía nada que perder, que se había caído del camino y que  había regresado a otro lugar donde no había nada de su vida anterior. Estaba solo, y no tenía nada. Pero tenía un trabajo y una misión que cumplir. Tenía una oportunidad. Una puerta. Se dijo que todas las oportunidades que le volviesen a aparcer en la vida las vería como puertas, no como posibilidades, y él las atravesaría o las dejaría de lado. Ya no serían algo potencial, sino una certeza. O las cruzaba, o las dejaba. Y tenía una puerta, una que iba a atravesar. Y sonrió, y notó que la ventana estaba salpicada de la lluvia que, sin darse cuenta en qué momento, ya había empezado a caer.

*         *         *

—Rafa —le dijo el amigo en el teléfono—, no sé quién es tu enemigo, pero ya escuché varios comentarios de que estás investigando a directivos de tu empresa. Esa mancha no te la quita nadie, te sugiero que hagas algo porque lo escuché en algunos lugares distintos.

—Pero… sí, sí, sé quién puede ser, pero me sorprende que la voz se corra en Argentina, porque el rumor viene de Brewster Europa. No sé por qué lo dicen.

—Me parece que te están haciendo una cama. Tiene todo el olor de que esto es una cama, Rafa. Cuidate.

—¿Y Cristian Martínez Kelly qué piensa al respecto?

—Rafa —y se rió—, yo confío en vos. Quedate tranquilo. Pero cuidate, en serio.

—Es que no sé qué hacer, Cristian. Hay un tipo, Miguel Robles, que no sé ni de dónde apareció, ni qué hace en la empresa… Es al único tipo del que intenté averiguar algo, pero no es de Brewster… hasta donde yo sé no lo es. ¿Vos sabés algo de este tipo?

—¿Miguel Robles?

—Sí

—No, no sé quién es. ¿Está en la empresa?

—No, está acompañando a una empleada en un emprendimiento institucional, para nada importante, pero el tipo entra y sale, decide, hace lo que quiere, y tiene acceso a un montón de lugares… Ese tipo está demasiado preparado para los intereses que demuestra.

—¿Qué dice querer?

—Exportar esculturas a Roma.

—Y mandalo a Roma…

—Es que eso es lo que él quiere, lo está logrando sin pedirlo, y lo estamos llevando nosotros, pero no consigo vislumbrar sus objetivos.

—Sugerilo como jefe del mismo departamento de esculturas allá, en Brewster Europa.

— ¿Vos decís que arme un departamento para difusión de arte en Europa y lo ponga a él?

—De alguna manera vas a tener acceso a él sin andar husmeando donde a algunos le empieza a molestar.

—No es mala idea, Cristian —hubo una pausa—. ¿Qué será lo que molesta en Brewster Europa de las averiguaciones sobre Robles…?

—No, en Roma les debe estar molestando otra cosa. Ellos no saben nada de Robles. Tal vez se sientan incómodos de que estés pisando Roma.

—Sí… sí, puede ser… Bueno, Cristian, gracias por el llamado.

—De nada, Rafa. Y cuidate.

Rafa cortó y miró a la ventana. Armar el departamento de difusión de arte en Roma… con Robles de jefe… Y una vez que esté adentro… ¿no será eso lo que está buscando este tipo? ¿Qué lo incorpore a Brewster…? ¿Qué le está molestando a Eduardo Cortés para estar haciendo correr el rumor de que investigo gente de Brewster…? ¡Qué carajo andás buscando, Miguel Robles!

 (Continuará…)

También podes leer:
Caleidoscopio: “el amigo de un amigo”

El año pasado escribíamos:
101 Personas odiosas