Caleidoscopio: “Como dos Adanes”

Fran no se enteró en el momento. Como todos se enteró mucho después. En ese momento a él le estaban pasando dos cosas muy fuertes: Ella, “la” Fran, le había tocado la mano en secreto, y Tin se había quedado solo, sin los papás. En el medio de la conmoción, no solo por la orfandad de Tin sino por la muerte del señor y la señora Carrero, en lo de Ferrari una tarde cualquiera, una tarde inadvertida, Don Tomás llegaba a su dormitorio a la hora de su siesta y en el cuarto de su hija la vio a ella, a Fran, que se peinaba envuelta en una toalla. Don Tomás sabía que esa puerta no cerraba bien, que no era a propósito, pero adentro de él ahora habitaban otras normas. Ya no podía recordar a qué aspiraba, qué quería ser como persona, solo pensaba que ella, tal vez inconscientemente, lo estaba buscando. Y aunque se sentía dominado por una bestia inhumana desde el interior de él mismo, tuvo el cálculo para recordar que Clara había salido con su mamá al almacén y que tenía poco tiempo. Y volvió a recordar que una bestia inhumana dominaba dentro de él, y que no debía pensar con claridad. Y no pensó con claridad, se aceró a ella con la mano en el aire ya para agarrarle la muñeca con que izaba y arriaba su mano con el cepillo, pero ella, en ese segundo en que estaba pasando todo, lo miró. Solo lo miró. En su cara apareció la sorpresa, jamás el pánico. La mano apretó un poquito más el cepillo. Sus labios se endurecieron apenas, todo eso dentro de ese segundo, la mano de Don Tomás en el aire, el cepillo pinchado en un mechón… y ella congelada, sin miedo, pero congelada lo miraba sorprendido. Don  Tomás estuvo, él lo sintió, estuvo estático con su mano detenida en el aire una fracción mínima de tiempo donde ambos se encontraron. En ese momento Don Tomás supo qué había adentro de esa niña, vio el interior, vio el fondo, y también vio que era evidente para ella que lo de la bestia inhumana de su interior era poco creíble. Se sintió un fantoche, un viejo calentón, y estaba en eso, sintiendo, cuando ese proceso le activó el orgullo, que andaba por ahí, por el miedo a sentir, y el orgullo puso otra vez sus miserias en orden y la mano bajó decidida, tomó la muñeca de ella que del tirón dejó caer el cepillo, y la remolcó rápidamente hasta su cuarto, y cerró la puerta.

Tin hamacaba sus piernas sentado en el banco de la plaza lo que para su cuidadora (así la sentía Tin), su vecina, era buena señal. Empezaba lentamente a haber vida en aquel cuerpito, aunque el diminutivo era por el tamaño, por la edad, porque Tin ya mostraba una mirada sin brillo, una cara con pocas expresiones, fría, indiferente a cualquier emoción. La mujer, esta vez más lejos, cada tanto lo miraba con pena. Era muy chiquito para algo tan duro. Muy chiquito. Y ya mostraba el enojo de la injusticia, la rabia de un “por qué a mí”. Y sacó la vista, y miró la plaza, el solazo de ese parque que largaba el aroma de la sabia por el aire. A ella le estaba empezando a generar problemas esa tutoría voluntaria, no solo con sus hijos, sino con su marido que esa tarde la estaría añorando en la cama para apretarse mutuamente hasta hacerse uno, la tarde se lo decía, habían logrado eso los dos, la tarde, la mañana, el tiempo, los aromas les susurraban al oído que el otro lo andaba deseando y siempre se encontraban buscándose, respondiendo al rumor mudo de sus cuerpos, a los corrillos alcahuetes del universo luminoso que los rodeaba. Estaba empezando a generarle problemas, pero lo volvió a mirar a Tin, tan chiquito… Y su marido, mal que mal, lo entendía. Él decía de solucionarlo, no de desentenderse, pero ella como madre sabía que ese chico necesitaba que pase el viento, que cese el ruido. Necesitaba expresar esa rabia. Y su marido lo entendía, solo que ella detestaba verlo mal y no poder solucionarlo, lo mismo que con Tin.

Y pasó una hora quizás, bajo ese sol, bajo la sombra, sentados en un banco, parados, caminando por senderos, otra vez sentados, cuando a Tin lo despierta algo. Sus ojos reaccionan, la vecina lo ve, ve lo que le está pasando. Sus manos se agarran del borde del banco, su cabeza gira, busca, como si escuchase algo, sus pies se afirman en el piso y la mujer empieza a escuchar también el sonido cortado, breve, como el de un fleco que gira en una rueda y golpea a cada paso con un borde, “tap-tap-tap…”, Tin busca hasta que fija su cara y cambia su expresión. La mujer se da vuelta y encuentra a una chica de la edad de Tin que corre desganada y lenta, casi al trote, mirando el piso, con sus manos blandas que cada tanto muestra signos histéricos con que se toca la cara y los hombros. Después nota el brillo de sus pómulos empapados, y después lo ve a Tin alcanzándola, ya no a su lado en el banco, y recién ahí se levanta para unirse a los dos.

Ni Tin ni ella se hablan cuando se ven. Ella lo intenta abrazar, pero enseguida lo separa y se queda a un lado. Se miran y se reconocen enseguida como dos Adanes expulsados del paraíso. Dos Adanes que nunca hablaron de manzanas, pero que quedaron fuera del juego. Ella se calmó, tal vez entendió que tuvo más opciones que Tin, o tal vez que tampoco las tuvo y por eso se calma. Sus ojos desbordaban pero su boca está sellada, pétrea, ningún sonido acompaña su llanto. Tin la mira con alguna atención, pero vacío, totalmente vacío. Ella mirándolo se calma. La mujer antes de llegar se detiene, es una visión clarísima de dos dolores enormes que se compadecen de ellos mismos. Tiene ganas de hablar con la chica, pero la energía de ese encuentro se puede palpar con las manos, y casi contra su voluntad, vuelve al banco.

Fran no se levantaba de su silla en la cocina. Quieto miraba por la ventana. La madre que ya lo venía observando se le acercó.
— ¿No querés que vayamos a verlo?
Pero Fran estaba muerto de miedo. No era Tin, sino todo lo que le pasaba a Tin lo que lo asustaba.
—Le va a gustar verte.
—Tin no me quiere ver.
— ¿Por qué decís eso?
—Porque cambió, porque me trata distinto. Yo sé que no me quiere.
—Fran, no es que Tin no te quiera. Tin está pasando un mal momento, no está bien, por eso tal vez no te sonría ni haga chistes…

El sol cruzó de lado a lado la ventana hasta que Fran se acercó a su mamá. “Bueno, vamos a verlo”. A Fran no le gustaba la casa de la vecina de Tin. Era mejor que la de los Carrero, pero la sentía como un hospital, como un lugar de visitas. No estaba tan equivocado Fran, Tin lo miraba con enojo. Comieron algunas galletitas sin hablar mientras la mujer y la mamá de Fran hablaron un rato en susurros, y se fueron. “Tin no está bien, por eso está así… como enojado, Fran”. Pero Fran sabía que Tin lo odiaba. No tenía la madurez para darse cuenta de la envidia que sentía Valentín de ver a Fran, su amigo, cuidado por su madre, vestido, con su cuarto de siempre, su vida de siempre, pero sí entendía la distancia, la pérdida de complicidad entre los dos. Se querían más que nadie, pero hoy eran dos desconocidos.

A pesar de la distancia entre ambos, Fran fue a verlo al día siguiente, a verlo irse. Se paró en la esquina, a veinte metros de la camioneta que tenía cargadas algunas cosas de su familia, bueno, de él, sin poder detener la prensa que le iba oprimiendo el pecho. Eran las siete y algo de la mañana, hacía mucho frío y la camioneta largaba espesas fumarolas blancas. La luz del día parecía propia porque el sol no estaba, y todo eran camperas, bufandas y botas. Donde no había escarcha había una huella o un charco. A pesar de que la mamá lo obligó a ponerse dos remeras, dos suéters, campera, bufanda y guantes, el frío lo estaba acuchillando por todo el cuerpo. Al fin lo vio, salió de la casa con las manos en los bolsillos, mirando a los grandes hablar entre sí. Fran lo vio como siempre, sintió que ese sí era Tin, y sintió muchas ganas de ir a saludarlo, a contar chistes, a reírse, y se le hizo un nudo en la garganta, y no se movía de esa esquina, y se empaparon sus ojos, un grito, voces fuertes de los grandes, “¡Dale, subí, redomón!”, le dijo el hombre de la camioneta, ¡plam!, ¡plam!, las dos puertas de la F100 blanca, el bramido del motor, otro bramido, la camioneta seguía estacionada, quería ir, quería correr, otro rugido y Fran no aguantó. Como si hubiesen abierto una tranquera salió en estampida hacia la camioneta corriendo a todo lo que daba, la camioneta empezó a moverse, Fran corría, era rápido, la iba a alcanzar, sus botas repicaban con el eco de la goma lo que parecía parte de la decisión de mostrarse, de que Tin lo viera, la camioneta se alejó del cordón, él estaba cerca, pero la camioneta aceleró rauda e inalcanzable, y en pocos segundos ya estaba en la segunda cuadra. Fran se detuvo y miró la casa de la vecina para que lo ayude, pero ya habían entrado todos. Nadie lo vio.

— ¿A dónde lo llevaron a Tin, mamá?
— A lo de una familia que lo va a criar.
— ¿Tíos de él?
—No, son una familia…, son un matrimonio grande que sus hijos viven en Buenos Aires y en Rosario, y están solos. Lo van a cuidar muy bien, son conocidos por ser muy buenas personas.

Los días pasaron raros. Todo se volvió raro. Muchas veces Fran se encontró a sí mismo parado en la puerta de la casa de los Carrero que fue juntando basura en el escalón de carrara gastado de la entrada. Fran al principio lo limpiaba, pero después asumió que Tin ya no volvería, y un día no se detuvo más al pasar por ahí. El tiempo se estiraba, parecía haberse acabado el juego, como si se acabase de terminar un partido de fútbol emocionante, y ahora las banderas y las camisetas no tenían mucho sentido.

A los pocos días de la despedida de Tin, cuando ya se le había ido la prensa del pecho e intentaba hacerse de una nueva rutina y de nuevos amigos, mientras freía cebolla en una negra olla de metal, la mamá le dijo a Fran, que dibujaba en la mesa de la cocina.
— ¿Supiste que se fue la amiga de Clarita?
— ¿Eh?
—Sí, se fue anteayer. No estaba bien… Se llamaba Fran también, ¿sabías?
— ¿Le pasó algo?
—No sé, no saben, yo creo que ya extrañaba. Hacía un mes y algo que andaba acá.
— Pero ¿se fue? ¿No vuelve?
La madre no registró el evidente interés de Fran, o tal vez pensaba en voz alta, o creyó que le iba a divertir mucho más la novedad que se acababa de enterar.
— ¿Podés creer que ella vive en el mismo pueblo al que se acaba de mudar Tin?

 

(Continuará…)

Fuente de la imagen:
http://bahiablanca.olx.com.ar

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