La gente no cambia

¿Cambiar por alguien, cambiar por algo?  La gente no cambia. A veces evoluciona en sus pensamientos, modifica sus costumbres, altera su comportamiento; pero en esencia la gente NO CAMBIA. Y eso creo que es auspicioso. Es mas, entiendo que se trata de la quintaesencia misma de la humildad sociológica. La invitación.

Mucha gente a través de los años ha sentido la necesidad imperiosa y vibrante de intentar cambiar por los demás o cambiar a los demás. Craso error de principiante de letras. Conducta típica del amateur de la vida, suponer que un individuo, por más abundancia y multiplicidad de recursos a su favor, sienta por momentos la facultad intrínseca de poder exigir cambios de fondo en otro semejante. Esa potestad no es potencialmente delegable. Príncipes (que principian), déspotas condenados al eterno fracaso.

Encajar es la segunda premisa. Otras tantas veces, la culpa no es del chancho… Muchas son las ocasiones en las que es la misma persona la que decide cambiar por los demás. Cambiar para encajar. Y hacerlo dentro de una sociedad prefabricada y resuelta a los modos existencialistas de épocas pasadas, pétrea para la evolución y dinámica para la deformación. Pareciera increíble el peso de la aceptación en el prójimo o en el próximo. Pero como todos sospechamos y al mismo tiempo ignoramos, este predicamento impositivo y coactivo, solo es conveniente para unos pocos y muy inconveniente para todos los demás, quiénes quedan fuera de la construcción paradigmática originaria. Perros persiguiendo su propio rabo.

La exhibición del cambio es la pauta fundamental de su creación. No hay cambio sino se patentiza. Los cambios internos tarde o temprano, increpan al mentor con sus deseos de ser publicados. La resistencia, una vez más, será completamente fútil. Quien desee negarlas, obtendrá un placebo negligente y cegador, apto para sobrevivir en las postrimerías de lo que otrora supo ser un Norte límpido y franco. El vaivén de las sombras seduce hasta al poeta mas valeroso.

Cambio social y evolución. Definiciones raquíticas y pretenciosas. Impuestas y socarronas. Verdaderas y necesarias. El hombre en sociedad no cambia, evoluciona, trasciende, avanza, se mueve, dinamiza, descubre y muta. De pequeños nos enseñaban que sólo los valientes hacen la diferencia. ¿Pero, qué es más valeroso, animarse a cambiar o a no cambiar? Los espejos solamente nos muestran lo que nuestros cerebros deciden procesar.

El cambio y la esperanza. Dos términos que más que palabras deberían ser parábolas, por la magnitud de los efectos derivados que encierran. El cambio con experiencia duele, el cambio con esperanza ilusiona. Y en el fondo a nadie le incomoda una caricia, cuando viene de la mano de la ilusión. Trocar nuestros valores por un futuro incierto, es como cambiar un par de ases para completar una escalera chica. Los tentáculos de la tentación, siempre serán más suaves que la segura silla de roble.

Cambiar para no cambiar. Como enseñara oportunamente Giuseppe de Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Mucho se habla del cambio, preconizando sus probidades y sus plausibles consecuencias, pero en una sospechosa pluralidad de experiencias, podemos finalmente comprobar empíricamente que el cambio en sí mismo, no es sino un embuste empaquetado con gusto a diplomacia, que al ritmo de la rasgadura de vestimentas, nos encanta con sus estigmas, mientras sotto voce de esa frente en alto, pasan las acordadas y los acordes. La burguesía y la esclavitud, al día de hoy siguen ganando concursos de disfraces.

Fuente de la imagen:
scharrenberg.net 

El año pasado escribíamos:
Picada rapidita o estofado a la cacerola

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