Como ganado

Jacinto estaba contentísimo con su campo nuevo. Era chiquito, pero de buena tierra. La compra había sido barata a pesar de tener un buen follaje de tréboles blancos y rojos, una pastura que encanta a las vacas. Y estas eran buenas, gordas y de pelo brilloso, lo que aseguraba buena salud.

Jacinto no podía controlar su emoción el día que llegó el primer comprador en una camioneta grande. El tipo se bajó bonachón, y caminando como si años de caballo le hubiesen combado las piernas, saludó.
— ¡Buenas! —saludó Jacinto— ¿En qué le puedo servir?
—Ando buscando vacas a la izquierda.
—¿A la izquierda de dónde, disculpe mi ignorancia?
—A la izquierda, vacas a la izquierda.
—Sí, pero… No… no le entiendo.

Entonces el comprador lo apartó con una mano y miró el campo, que no era grande, era un potrero amplio sin alambres. Eso era el campo. Adentro pastoreaban las vacas.
—No entiendo, amigo —dijo el comprador mirando la llanura—, ¿cuáles son las vacas de la izquierda?
—¿De la izquierda del potrero, dice usted?
El comprador lo miró por un segundo y, como dando el caso por perdido, buscó un banquito en la camioneta y se sentó.
—No se preocupe, me quedo acá hasta las siete de la tarde y yo mismo veo cuáles son las vacas de la izquierda.

Jacinto, buen anfitrión, convidó al comprador con un asadito sencillo, tomaron mate, contaron anécdotas hasta que a las siete el comprador tomó el banquito y enfiló para la camioneta.
—¿Y qué decisión tomó? —preguntó intrigado Jacinto.
—Discúlpeme, y gracias por sus atenciones, pero sus vacas van y vienen de izquierda a derecha. Debería hacer algo porque no se las va a comprar nadie.

Al día siguiente, todavía tratando de comprender qué se le estaba pasando por alto, Jacinto vio al comprador de la camioneta grande entrar al campo vecino e irse con dos jaulas completas de allí. Con incontenible curiosidad Jacinto cruzó al campo vecino donde lo atendió un agradable señor que caminaba como si años de caballo le hubiesen combado las piernas.

—Perdón mi curiosidad pero el mismo comprador que le llevó los dos camiones de hacienda, ayer estuvo en mi campo y no me compró nada porque buscaba vacas de izquierda —y se tentó un poco pero se contuvo—. ¿Cómo hizo usted para poder venderle ganado a este buen hombre?
—Pero es obvio que si usted tenía la hacienda mezclada no se la va a comprar nadie, caballero. El comprador se llevó sesenta y cinco animales de la izquierda.

Jacinto miró el campo, los tantos potreros que tenía el vecino y descubrió, impresionado, que la hacienda estaba solamente a la izquierda de los corrales. No solo eso, vio que de un lado el pasto era magro, pero del otro, el del lado izquierdo, los pastos eran verde brillante y estaban abarrotados de tréboles rojos. El dueño no tardó en entender lo que pasaba y lo invitó a sentarse en el lugar del asado, que era fresquito y había pocas moscas.

—¿Usted es nuevo en esto, no?
—Y… sí. Sí, empecé ahora.
—Bueno, yo le voy a explicar. Los compradores, acá y en todo el mundo, compran hacienda de la derecha o hacienda de la izquierda. Los compradores de hacienda de la derecha prefieren vacas alimentadas con trébol blanco y los de la izquierda con trébol rojo. Esto es así en cualquier parte.  Y lo hacen así porque ambos tréboles tienen propiedades diferentes.
—Pero, justamente, que el animal se alimente de ambas plantas asegura una buena nutrición.
—No, no —el dueño se rió con ternura—, estamos hablando de la venta de la hacienda, no de la alimentación.  Él día que los compradores pidan vacas alimentadas con puré de papas, bueno, si es viable, lo haremos. Pero hoy nos piden esto. Entonces, apenas empiezan a parir las vacas ponemos un alambre eléctrico —y el dueño se acercó un poco—, esto no lo cuente que son mañas viejas—y recomponiéndose—, y los terneros tocan tres o cuatro veces el alambre y no lo rozan ni con el aliento nunca más. Ya más crecidas sacamos el alambre, y como verá acá, los potreros tienen un pasto a la derecha más feo y de color más oscuro. El ternero registró ese lugar como donde no “quiere” ir, ya que cuando quiso la pasó mal, entonces de esa manera los animales se quedan a la izquierda.
—Pero, ¿y cómo hacen con los compradores de vacas de derecha?
—Ah, para ellos tengo otro campo más al norte, cerca de la ruta 30, por donde está el boliche “La Barreta”, donde hacemos esto mismo que le expliqué, igual, igual, pero a la derecha y con trébol blanco. Siempre, desde la época de mi abuela doña Rosa Urquiza, porque estos campos son heredados, todos los campos en la zona salvo el suyo y alguna otra chacra más son heredados, y desde aquel tiempo sé que por allá van a comprar los que buscan hacienda de la derecha y por estos pagos hacienda de la izquierda.
—Lo que no entiendo es, siendo más nutritiva la alimentación balanceada, o al menos la que balancee el propio animal eligiendo alimentarse más con una planta que la otra, que la compra sea por el cien por cien para el animal alimentado de una sola planta. Seguro que esos animales tienen deficiencias nutricionales.
—Seguro, don Jacinto, pero en el mercado mundial todas las carnicerías venden esto. Si hay algo mejor no llega al consumidor, no hay demanda.
—Y ¿nunca se le cruzó una vaca a la derecha?
—¡Seee! —dijo con una risa amplia y simpática el dueño—.  En el campo de la 30, el de la hacienda de la derecha, se escaparon dos animales a la izquierda. Obviamente que no los compró, pero lo gracioso es que el comprador hasta abrió la ventana de la camioneta mientras se iba para gritarles “¡zurditas de mierda, animales bolches!”. No, si no le digo que no podíamos parar de reírnos. Furioso se fue. Y acá le pasó al Eduardo, que hace trabajos de manga y también vende cuando yo me ausento, que una vaca se cruzó a la derecha, y el comprador le gritaba “¡gorila!” y el Eduardo le decía en voz más baja “Mire que esa también es vaca”. Pobre el Eduardo…, lo acusó de “golpista” y se fue sin comprar nada.
—Sí, son graciosos los cuentos, pero yo estoy preocupado porque no tengo tanto campo como para separar la hacienda a la izquierda o a la derecha. ¡Necesito todo el campo! Además tengo mezclado el trébol rojo del blanco… Con razón me salió tan barata esta chacra…
—Mire, don Jacinto. Hoy se usa la técnica del total del campo hacia un lado, el que sea, pero solo un lado. Es una técnica que le facilita mucho las cosas al comprador, porque la gente ya se acostumbró a pedir carne de la izquierda o de la derecha sin preguntar por la calidad, lo que asegura las ventas. Yo le confieso que da resultado. A nosotros, los que hacemos las vacas, también.
—Pero es absurdo que la técnica del total del campo ¡solo use la mitad!
—Je, sí… tiene razón, qué curioso. Bueno, pero solo son nombres, es la técnica del totalismo, que se aplica hace bastante tiempo. Pruébela, va a ver que al principio le cuesta pero que le va a convenir. Olvídese de la calidad, focalice y trabaje en uno de los lados del potrero.

Don Jacinto, al margen de la gentileza y simpatía del vecino, volvió muy desanimado. Su campo era chiquito, si corría la hacienda a un lado iban a destruir la pastura y no tenía capital para volverla a sembrar de nuevo. Se fundiría, como probablemente se fundió el que le vendió el campo.  Llegó a su casa y, acostándose, decidió no pensar más por esa noche, algo se le ocurriría.

Curiosamente esa mañana apareció la misma camioneta grande del comprador del banquito. Jacinto le sonrió y, aunque ya no estaba emocionado, ni mucho menos, se adelantó con confianza y lo saludó con la mano llena.

— ¡Buenas! ¿En qué le puedo servir?
—Ando buscando vacas a la izquierda.
—Sí, señor, mírelas. Acá están.

El comprador se acercó caminando como si años de caballo le hubiesen combado las piernas y miró el campo con todos los animales diseminados de izquierda a derecha por todo el potrero.

—¿Cuáles son las de la izquierda?
—Todas, señor.
—Pero… ¿usted me está cargando? Yo veo vacas a la izquierda y a la derecha sin ningún reparo.
—Es que esta mañana expropiamos el lado derecho. Ya no quedan más vacas de la derecha. —Y con un suspiro y una amplia sonrisa cómplice agregó— Lo logramos, señor.

Fuentes de las imágenes:
http://www.wired.com

 

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