Los cuentos que Diem Carpé cuenta: Mañana sabrás

Domingo. Es tarde en el complejo de departamentos donde habito. Me senté frente al escritorio. Saqué una hoja en blanco y sin titubear demasiado, dejé que el lápiz destiñera el papel. Porque hoy pienso escribir las cosas que tal vez nunca dije.

Quería sorprender al mundo con un acto de valentía y coraje. Fue por eso que dejando suelta la imaginación, dejé que el arte de las letras me inventará, una vez más, alguna excusa para atraparme.

Y así empecé:

“Es que ya estoy cansado de la monotonía. Del famoso “día a día”. Si todos nos enganchamos en ese tren, vamos a chocar fuertemente contra un frontón. Porque el día a día es para el cobarde. Para el que no sea anima a dejar la senda.

¿Te has preguntado qué pasaría si por un momento, en cualquier lado que estuvieses, te detuvieses y miraras con ojos de sábado a un lunes? Tal vez ese lunes, podría ser el mejor día de la semana. Tal vez tu semana arranque con un sábado y al llegar el miércoles…sólo tendrías que mirar al miércoles, nuevamente, con ojos de sábado ¡Sería la mejor semana de todas! ¿Y si llevas a cabo eso todo el mes?… ¿Y todo el año?

Pero no podemos, somos hasta temerosos de nuestra propia sombra. Y no es tu culpa. Nadie tiene la culpa. Sólo que no sabemos qué hacer.”

Titubeé unos segundos. Mordí la parte trasera del lápiz, respiré hondo, y volví al escrito:

“Creo que debemos ver mas allá de lo que tenemos frente a los ojos. Tenemos que encontrar lo mágico y lo misterioso. Por ejemplo: me considero un ferviente coleccionista. Coleccionista de esas pequeñas cosas hermosas escondidas en la inmensidad de un mundo devastado. Esas pequeñas cosas que nos ayudan a seguir. Como diría Sábato: El mundo nada puede, contra un hombre que canta en la miseria.

A veces soy un creyente. Creyente de que las cosas pueden mejorar. Cuando veas que todo está perdido, no te quedes llorado sobre las cenizas. Es tan sencillo como dar vuelta la hoja. Pensá en un libro que estás leyendo; las hojas de tu lado izquierdo ya están leídas, ya sabes de que se tratan. Pero a tu derecha quedan muchas nuevas páginas que recorrer. Y es que no hay nada más delicioso, que el gusto de ese destino por descubrir. Y tal vez te preguntes ¿Qué pasa si lo que viene es peor? Sencillo, sólo hay que seguir girando las hojas. Siempre de derecha a izquierda. Hasta alcanzar el final. “

Respiré aliviado. Sentí en mi pecho el deber bien hecho. Me sentí tranquilo por un instante.

Me pare de mi silla. Doble meticulosamente la hoja escrita y la metí en un sobre.

Algo le faltaba a esta proeza nocturna. Lejos de sentirme un justiciero peleando por la verdad, me sentí un hombre común, hablando de cosas comunes para gente común. Gente que quiere ser. Porque ya es heroico querer ser. Me sentí el final del eslabón de una corriente de fuerza G. Ese último empujón. En pocas palabras, me sentí bien.

Salí a la calle y en el local de la esquina, logré que fotocopiaran mi pequeña obra.

Volví a mi departamento, y hoja por hoja, prepare varias cartas cerradas. Sin emisor ni destinatario, las cartas pronto se transformaron en decenas.

Ya era tarde, aproximadamente las cuatro de la mañana. Y como un metódico ladrón, deambule por los pasillos del edificio, metiendo bajo las puertas de los departamentos las cartas copiadas. Una por una, hasta llegar a la última.

Volví sonriendo pícaramente a mi departamento. Me acosté. Me sentí pensar que el lunes se volvía sábado. Me sentí dar una vuelta de hoja. Me sentí lleno.

El resto de mis vecinos, tal vez mañana sabrá cómo encarar el día. Sí. Mañana sabrá.

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