Los viejos chotos y el boliche

Junto con mi amiga BibiSnm, llegamos a la conclusión que la juventud se ha extendido (¡por suerte!) varios años más. Antes, a los 27 o 29 años, eras un señor casado, tenías hijos, laburo estable, panza, poco pelo, camisa metida adentro del pantalón y la capacidad para llevar una familia adelante. Ahora sos un pendejo, que podes tranquilamente vivir con tus viejos, reventarte el sueldo el primer fin de semana del mes, llegar borracho y de madrugada a tu casa, fumar pelotudeces y vestirte como un pibe de 18. Esto por un lado está bárbaro, porque no tenés la presión de formalizar tu vida, una relación, un laburo o una situación, pero hay que tener muchísimo cuidado con no pasar la línea. Porque hay una edad en la que si no estabilizas la nave, sino enderezas el barco, sino centras la máquina, pasas de ser un pendejo copado a ser un viejo choto… y es la vida la que te pasa por encima como un tranvía.

Esta particular situación del “viejo choto pasado de moda” se hace casi palpable en los boliches de moda, y pasamos a explicar por qué, a dueto con una conocedora por excelencia del tema, la srta. BibiSnm:

El viejo choto no se resigna a ubicarse en un lugar de su “target” onda Patio de Tango, Bizancio, Natán o Cuore, sino que se manda al ojo del huracán, donde toda la pendejada de moda se manda, como Cariló (los viernes) o Al Sur (los sábados). Y ahí lo ves al papelón, intentando pegar dos pasos seguidos, a la legua se nota la rusticidad de sus movimientos, como una máquina infernal a la que le falta aceite. Para colmo el viejo tararea a destiempo absurdos regetones y cumbias recebadas, parece una marioneta operada por un chabón con mal de Parkinson. Un lujo para el alma del idiota burlesco o la fémina saca fichas.

Por más onda que le ponga se viste como un viejo choto. Es raro, como que al viejo de dijeron: la rompen unas buenas zapatillas, con jean y camisa y el loco salió a gastársela todita en eso. Pero en vez de tirar facha parece un espantapájaros recién armado, las zapatillitas blancas relucientes denotan su poca noche, la camisa metida adentro del jean deja relucir una panza entrada en años y unos pelandros pectorales extremadamente poco sensuales. El viejo entre que está todo ajustado y baila como un pescado, no para de chivar como elefante en fitito. Se le arman lamparones encebollados en las axilas y se le pegan los calzoncillos.

A las pendejas no le gustan los viejos. ¡Es sabido loco!, adentro del boliche no se ve el auto, yeite por excelencia que el viejo tiene para levantarse gatos baratos. Ver esas arrugas profundas, esa barba pinchuda, esa cara de león en celo de “te voy a hacer de todo mameeta” tratando de hablarle a tersas pelilargas flúor, es una delicia para el gastador ordinario. Esos chamullos baratos, ese filo anticuado, esa postura de winner de antaño, quedan completamente abolidos frente a la juventud y la cintura de los contrincantes. El viejo choto se vuelve solo o se va a las putas del Hyatt.

El viejo choto se arruina en el boliche peor que los pendejos. Parece como que de jovato pierde el control y, entre la pastillita azul que se encanuta previo a la joda, la comilona soberbia que se pega antes y la cantidad de champagne con speed que toma, se pasa de la línea, se pone colorado, se le salen los ojos, se despeina, se le pegan los flecos a la pelada, se le tuerce la boca y (lo peor de todo) se le olvida comprar chicles, emanando el olor a cigarro mojado a cuatro motores.

Los filos pedorros son típicos, pero lo aberrante es cuando intentan alardear de sus bienes para darle vida a su muñeco. El viejo ostenta con casas en barrios privados, viajes exóticos, regalos exorbitantes y lo único que hacen las yeguas el limpiarle la billetera en la barra. El viejo inventa, agranda, enaltece y luego estalla estrepitosamente contra el suelo.

Generalmente van solos o acompañados de otro viejo choto como ellos, por lo que se tienen que hacer amigos de los patovas, los dueños del boliche o los barman’s para entablar confianza con alguien previo al raid filero. Se aparcan en la barra y se ven desubicados como un mimo en un recital de los Chalchaleros, como un costillar a la llama en la puerta de Govinda, como un travesti rezando en San Vicente Ferrer, moviendo la cabeza al ritmo de la música.

El viejo choto abunda en Mendoza, a la caza y el acecho de pendejas fiesteras o viejas recauchutadas que buscan pendex pero que terminan resignándose y partiendo con el señor en cuestión. Los viejos decoran el boliche, nos alegran la noche y nos dan ese mínimo de esperanza de que aún… aún nos podemos burlar de ellos sin sentirnos tocados.

El viejo choto se codea de gatos baratos para hacerse brillar. Las lleva a piletas, les saca fotos en bolas, las pasea cual suripantas de cabaret, pretendiendo sacar provecho con alguna pobretona que pretenda escalar. Se la da de langa y se saca fotos canchereando, mientras que solo le festejan los gatienzos y para el resto de los mortales queda como un pobre pelotudo. 

El viejo choto, generalmente de apellido conocido, es vomitivo. Nota aparte merecerían los pseudo RRPP de los boliches que le lamen el orto como si éste los fuera a mantener de por vida o los incluyera en el testamento que ya están escribiendo.  Salen corriendo en busca de precintos y lugares de privilegio dentro del establecimiento, para que se sientan como en casa y, lógicamente consuman lo suficiente.

El viejo choto intenta hablar cual puberto para estar más en onda, pero siempre se le escapa un “macanudo”, “¡¡ahhh la flauta!!” o “al pelo”, lo cual denota su añejitud y pateticidad por querer ser algo que no son: “copados”. ¿A quién no la encaró alguna vez uno de estos especímenes? Y mujer… si agarraste viaje no tenés filtro, sos un tigre de bengala o te gusta la guita más que la pija.

Como corolario de este manifiesto, si sos de la raza viejichotibolichero y estás leyendo esto, quiero decirte que la guita que tenés es inversamente proporcional al tamaño del pene y ni hablar de la facha…por más lindo que hayas sido en un pasado y fortuna que tengas, no tenés chance: sos viejo y encima gatero. Mala combinación.

PD: ¡Gracias BibiSnm por la inspiración y las letras!

También podes leer:
La peluquería como lugar de culto

El año pasado escribíamos:
Carta abierta al FAP 

TAGS: