Los cuentos de Diem: La excepción de la regla

Dicen los sabios que cuando algo pasa de forma inédita y abrupta en nuestro ser, la mente tiende a olvidar esa escena en específico. Vamos a querer remontarnos en las crónicas de la conciencia, pero no vamos a encontrar nada. Tenemos un mecanismo de defensa potentísimo. Nadie se imagina que así fuese, pero es. Desde ejemplos clarísimos como accidentes, donde el accidentado no recuerda absolutamente nada del hecho; hasta casos de incultura social, como por ejemplo un robo, donde la persona asaltada entra en shock, olvidándose de todo el crimen acontecido.

Dicen los sabios que cuando algo pasa de forma inédita y abrupta en nuestro ser, la mente tiende a olvidar esa escena en específico. Dicen…

Pero ¿Qué dicen los sabios respecto a las excepciones? ¿Qué dicen de esos casos donde la mente no logra olvidar absolutamente nada? ¿Sabrán los sabios la desdicha de vivir con culpa?

Día a día vivimos un intranquilo paseo de vivencias hermosas y pesares que armonizan en un anárquico paisaje. Por eso los matices son variadísimos, podemos tener un día esplendido, donde todo nos está saliendo bien; y de repente se ve opacado por una abrupta corrupción en el camino. Un bache en ese paseo de armonía anárquica.

Pues él era una excepción a la regla, él había visto lo que no tenía que ver y la memoria lo atormentaba por eso. Él había vivido en carne propia lo que nadie había querido vivir y seguía vivo para enfrentarlo. La mente no hizo ese salto en la escritura y por ende escribió igual lo que no tenía que escribir. Es más; pareciese que lo hubiese escrito con más fuerza que lo normal, pues era prácticamente en lo que pensaba todo el tiempo.

Lo vi un día. Parecía una persona que se había revolcado en gasolina y que jugaba con fósforos de cera, esos fósforos que arden por el simple soplar del viento. A simple vista se notaba que era alguien a quien no le importaba desaparecer hoy mismo, incluso me parece que es lo que más anhelaba en su vida. Desalineado como pocos, haraposo y desgarrado pero ordenado en su andar, lo vendía muy barato su estampa de desesperado. Conocía la ciudad como un lobo solitario, pues eso lo que era.

Pasó delante de mí y clavó una mirada centrada en mis pupilas, como sólo los valientes saben mirar: fijo a los ojos y sin aires de superioridad. Les aseguro que me costó no bajar la vista, pues me sentí realmente intimidado frente a esos ojos gigantes y grises. Con un gran esfuerzo, me quedé mirándole fijo. El cruce duró sólo unos segundos, pero me fue necesario para leerlo como un libro abierto. No ocultaba nada y todo lo tenía a la vista. Y me sorprendí…

No había nada que temerle ni nada porque desesperarse. Era una persona como cualquier otra, solamente que con otro pasar diferente al de todos. Su camino no era una paleta de colores como la de todos, era una monotonía en escala de grises. Noté su diferencia e indiferencia, claro que sí. Noté que no era diferente por rebeldía, era diferente porque sus pasares lo habían convertido en eso.

Giré para verlo marcharse. No había inseguridad, no había miradas hacia atrás, ni siquiera había un destino. Sólo un paso firme a la nada, producto de una irregularidad en la mente. ¿Irregularidad dije? Perdón. De irregularidad no tiene nada, es nada más que una excepción a la regla.

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