Los cuentos de Diem: La epifanía del fin del ciclo

La noche devora sin perdón todo lo que alrededor toca, y hace varias horas que ya engulló este páramo que conozco como mi hogar. Traté de que las últimas horas pasaran como si nada, pero no pude lograrlo. El calendario llegó a su fin y mis oportunidades de cambio se consumen minuto a minuto. Este 31 de diciembre arde en mi piel muy diferente a todos los demás; y es que he logrado todo y no he logrado nada al mismo tiempo. Perdí más de lo que desearía perder, pero gané en las cosas que jamás pensé que ganaría. Tengo una balanza rota para medir mis logros, y me cuesta acomodar las pesas a la hora de darle un balance correcto.

Como es de mala costumbre en mí, decidí escapar del dilema. Ahora estoy parado en lo más alto, al borde del abismo de algún cerro cercano a la ciudad. Con una botella de cierto whisky de mala calidad en la mano derecha, miro con desdén las luces citadinas que brillan como todas las noches, esperando que la tranquilidad del cielo se corrompa, y se transforme en un polvorín con los fuegos de artificios que todos tienen preparados.

Mi reloj en la muñeca me demuestra que sólo quedan un par de minutos, para que las doce anuncien el fallecimiento de otro año que se va para siempre. Suficiente tiempo para sentarme en ese abismo de completa oscuridad, y repasar en cámara rápida las vivencias de 365 cartuchos desgastados contra un paredón de práctica que poco tuvo para ofrecerme.

– ¡Maldita sea mi suerte! ¡Maldito sea mi dilema! – Grito con desesperante voz, mientras reviento contra una piedra la botella de whisky. Los cristales explotan por todo el lugar, al mismo tiempo que un trazante fuego artificial, me anuncia que el reloj dio por concluido el velorio de un año más.

– ¡Hay que celebrar! -Dicen por ahí.

– Estamos acá un año más. ¡Felicidades! -Y esas cosas…

Agacho la cabeza, como si el pesimismo me echara una pesada mochila en los hombros, una mochila que estoy cansado de llevar…

Pero ¿Por qué la llevo entonces, si estoy cansado de llevarla? Y ahí mismo, la epifanía. No tenía que estar en medio de una cena familiar, no tenía que estar rodeado de amigos, no tenía que estar brindando con champagne en medio de algún salón colmado de gritos. No. Tenía que estar en la inmensa oscuridad de algún cerro cercano a la ciudad, rodeado de nada, oliendo a whisky barato y lagrimeando pesares. Sólo así podría darme cuenta de que el vivir depende de lo que uno quiere, y no de lo que el pasar del año nos impone. Fue ahí que dejé, no sólo la mochila de pesimismo, sino todas las otras mochilas que me hacían caminar cabizbajo.

Bajé como pude el cerro en el medio de la oscuridad. Me sentí liviano, me sentí llevado por el mismísimo viento. Jamás me había sentido de esa forma: tan bien y tan tranquilo. Y la mejor parte era que en mi interior, sabía que me quedaban 365 días para sentirme de igual manera.

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