Boludeces de un adolescente: jueguitos de la infancia

Todos alguna vez tuvimos una niñez. Justo mí me la robaron cuando me enteré que el conductor de Art attack murió de sobredosis, fuera de eso pude recuperarla en mercado libre a mediados del año pasado y a raíz de eso hoy disfruto esa cosita mágica que no se compra con mastercard y se disfruta tanto como las olas y el viento sucundum sucundum, la niñez.

Una niñez es ese algo que nos hace sentir vivos, y a pesar de que todos la mayoría del tiempo nos sintamos viejos chotos,  es la razón principal del disfrute de la vida. ¿Qué serían los días de lluvia si no nos divirtiésemos en un pasado salpicando al colorado judío de enfrente?  No serian nada, es claro. Algo que de verdad demarca el disfrute de la vida es divertirse, y todos los pelotudos se divierten. Es ley que cuando uno se divierta sea a razón de un pelotudo, y el que no se divierte es porque seguro está  en estado vegetativo y se quiere suicidar, pero no tiene forma de hacerlo, pero dejando esos temas atrás yo en principal quiero hablar de todo eso que fue alimentando nuestra niñez y fue transformándola en un monstruo imparable que nos hace ser los pelotudos que somos ahora, esos mismos pelotudos que más de una vez se lavaron los huevos en el lavamanos.

Los juegos son la principal fuente de diversión, no me hablen de copular como conejos ni salir a   emborracharse, eso no es diversión, bueno quizás lo segundo sí… y lo primero también… pero no es el punto, el punto es este:     .”

Si hay un juego que siempre me resultó lo más choto del mundo es el “Ludo” en realidad nunca existió algo más mongo, nadie juega al ludo con placer, hay que aceptarlo, es como que decían – Hey, Vampi, juguemos al ludo–  y tiraban esa amistad al tachurín y se quemaban las promesas de guardar silencio contra las madres enojadas. La oca le partía el recto, con todas sus casillitas con súper sorpresas ¡Yupii!

Siempre tuve preferencia por los jueguitos donde podía demostrar mi habilidad para poder ganarle todas las figuritas a mis amigos, dejarlos pintados y ser siempre el mejor.  Lo que no me salía pero hacia el esfuerzo. Algo que amé en mi niñez fue jugar al ajedrez, mover  todas las piecitas para después burlarte de la inutilidad de tu contrincante.  Que sí, es lo más aburrido que puede existir, pero que le gané billetitos de monopolio a mi vecino, se los gané y los canjeaba por los tatuajes de los chicles Cowboys que en ese tiempo decían que traían droga. El truco tampoco lo pude dejar atrás, gracias a mi abuelo que era su pasión y me enseñó desde que me desteté, y como era de esperarse… me rompían el orto pero… me divertía. A trompicones comencé a mejorar hasta llegar a la suma perfección, todo un placer se volvió.

Fuera de ser un pequeño niño retraído en su más oscuro interior intentando matar gente  en su imaginación, también me gustaba jugar a los típicos jueguitos,  pesadilla de cualquier sueldo de maestro de primaria: “La mancha”. Me conocían como  Vampi Muhammad “rocket” Martínez  no había nadie que me pasara, mi truco de escupirme las suelas le sacaban ventaja a todo chinito. Dentro  de este estilo podemos resaltar todas las categorias: desde la mancha televisión, hasta la mancha toca-culo. También se puede rescatar mi romance con “La escondida” Aún hasta hoy el día sigo jugando porque me parece de lo más divertido, si, un grandote peludito como yo se sube a los arboles mientras mi novia cuenta hasta 50, más el cielito que hacen de 60, eso me hace feliz.

Aunque mi verdadero fuerte no fue mover mis piernecitas la realidad fue que siempre fui un vicio, tal de llegar a conocer todo juego en la faz de la tierra en esas épocas, que tal era mi necesidad de bits a través de mis pupilas que mi querida santa madre rompió mi sega a martillazos mientras jugaba Sonic  después de 6 horas de puro anillaje virtual.

 Luego de un tiempo de abstinencia y de que conseguí amigos con “play” y mucho neverland. Me trajeron mi primera computadora con “Doom” incluido en el. Nada había sido tan fantástico en ese momento que el Doom, ni si quiere las cosquillitas en mi ingle al ver la película Especies que la pasaban en el 9.

Llegué a romper las marcas de cualquier videojuego, de cualquiera de mis amigos y así poder consagrarme como el campeón de la calle, todos me desafían y perdían, la época de los videojuegos trascendió y llegó el tiempo del Counter Strike donde pude comprobar el estado avanzado de mi deterioro de la glándula secretora de diversión, esa a la derecha del páncreas.

Luego de eso seguí perfeccionando mi inutilidad para la vida social y así quedé, con un seudónimo escribiendo para una página de gente que comparte sus más maravillosas historias y un montón de personitas que nos leen y se cagan de risa de nuestra miseria.

Del Teto, ni hablar.

 

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Todo lo que necesitas es amor (Love is all you need)