Una historia de detectives (en blanco y negro)

Las persianas entreabiertas de mi despacho sumado al humo de mis cigarrillos, apenas dejan entrar el aterciopelado claroscuro de las luces de neón.  Formando rayos de color ocre brillante sobre un ambiente enviciado a tabaco.

La calle Mitre de noche tiene ese tinte. Mitre y Colon, para ser exactos, esquina de guapos, putos  y del Minimarket de la esquina.  En ese edificio, algunos pisos más arriba esta mi oficina y mi hogar.

Dentro de mi improvisado despacho, opuesto al ventanal que da a la calle, un cartel impreso en el vidrio versa mi nombre, y en letras aún más pequeñas “Investigador Privado”. Debería decir alcohólico fracasado, sí, desde luego ese nombre sería lo más apropiado. En la esquina contraria a la puerta un perchero sostenía mi chambergo, mi abrigo y mi cartuchera con la Glock 11/25 a aire comprimido. No me dejaban usar otra arma. Me habían negado el permiso esos malditos. ¿Qué culpa tenía yo de que se hubiera escapado un maldito disparo? ¿Qué culpa tenia de haberle dado a mi compañero mientras manejaba un camión de caudales? ¿Qué culpa tenía que fuera a dar contra una reserva de gas natural y haber volado media manzana incluido una escuela, un jardín de infantes y un almacén?  Suerte que nadie salió herido porque ocurrió un domingo a la mañana. Excepto mi compañero. Ese hijo de puta corrupto debería agradecerme de haberlo convertido en ángel. Pero esa es otra historia.

Sumergido en  mis amargos recuerdos, la vida nocturna de la calle me devuelve el incesante vaivén de los sueños de nadie y de prostitutas. Abajo, un poco más al Oeste, el café Ébano, mi lugar predilecto. Mi segunda oficina. Y un buen lugar para ver unos buenos culos de estación. El brutal hobby  de un perdedor…  ser mirón de hoyos ajenos. Si al menos pudiera tocar uno y que ella me correspondiera con el bulto. En cambio solo recibía insultos y golpes. – “Esas perras se lo pierden…” –  solía decirme como consuelo.

Las 3 AM y el insomnio me acompaña desde hace una década.  Se me acabaron los cigarros, por suerte hay una caja de espirales ahí, al lado de donde viven las cucarachas.

El rata del minimarket había cerrado mi cuenta y encima pretendía que le pagase cada cosa que le sacaba del local. “Imbécil, los detectives privados no pagamos” – solía decirle y me respondía de muy mal modo: “Tomátelas choto”. Feroz y eficiente respuesta, pues no volvía a pedirle hasta el día siguiente.

La última botella de whisky también llegaba a su fin. Mis ahorros estaban agotados y hace meses que ningún cliente cruzaba esa puerta. Mis ex -mujeres ya no cumplían con la cuota alimentaria. Argumentaban que mis hijos ya habían cumplido los 33 años y que a raíz de eso ya había caducado. El juez les había creído. Me mandó a trabajar a pesar de que haberle dicho que no podía. Otro sucio oligarca, niño de mama.

De repente mis sentidos se alteran.  Un sonido lastimero arrasa la noche, miro hacia la ventana y distingo una sombra que cae veloz desde los pisos superiores. Mi curiosidad

Es ahí cuando lo veo. Su cuerpo hecho un saco de huesos sin forma. Aun no puedo identificar adonde esta su cabeza… ahí la veo, 3 metros más allá, separado del cuerpo que la sostenía. La sangre comienza a llenar los surcos de las juntas asfálticas. Hay otra extremidad por allá.

Lo reconozco. El difunto es (era) el gato negro de la vieja de arriba. El maldito gato negro del orto de la vieja de arriba. Y eso que acaba de pasar sobre el cadáver fue un camión.

¡Caracoles! qué mala forma de morir…

Un Clio vuelve a pisar otra extremidad, pero esta vez la que estaba pegada al cuerpo. Desde acá parece chato como papel. Me recuerda al felpudo de mi hermana. Pero sin las tripas afuera, ni las manchas de sangre.

¡Con un demonios!, ese odiado gato que me cagaba y meaba los malvones del balcón. Aquel que me obligaba a baldear por el incesante olor a meo que me dejaba en las ventanas. – “Tuvo su merecido”-  pienso egoísta y cruelmente.

Mis instintos de detective me indican que evidentemente alguien había tomado justicia por mano propia y lo había lanzado al vacío, seguro que bajo los efectos de alguna sustancia psicotrópica (el gato estaba endrogado).

Otro auto pasó, pero esta vez sobre su cabeza produciendo un sonido sordo y seco, como quien se raja un pedo en la llanura. Dejo se asomarme. Alrededor del dantesco espectáculo un grupo de adolescentes se arremolinaba cerca del cuerpo sin vida, uno de ellos vomito el exceso de alcohol sobre las vísceras, luego se fueron.

El sexto vaso de whisky del barato me quemo el garguero, mientras mi mente deductiva elaboraba una lista de sospechosos. A fin de cuentas era un misterio más. ¿Quién mató al gato del orto de la vieja de arriba? Esto no podía quedar impune. Era más fuerte que yo y aparte no tenía mucho que hacer ni que perder. Después hablaría con la vieja y le diría que si quería saber quién había matado a su mascota, que se pagara una Big Mac con una coca. Esa vieja seguro que podía. Su jubilación no era mucho pero le alcanzaba para los remedios al menos. Incluso así, ¿Que era un sanguche para una jubilada?  -“Nada” – me dije.

Procedo a repasar la lista de sospechosos. Mi mente deductiva se había encargado de muchos casos en el pasado. No había resuelto ninguno… así que este era todo un reto. Comienzo a enumerar aquellos que podrían haber tenidos motivos para que el gato estuviera muerto. La consigna era: ¿Quién se beneficiaba con su muerte?

  1. Yo
  2. El mayordomo
  3. La vieja dueña del occiso
  4. El chupacabras
  5. El pibe del minimarket
  6. La nena de camisón blanco y pelo en la cara que aparecía enfrente de vez en cuando
  7. Las palomas cagadoras
  8. Alfredo Yabran
  9. Los familiares de los pericotes desaparecidos en la zona

 “Caramba”- dije en voz alta- cuantos sospechosos, y la lista es más extensa aun…

El final de la botella de whisky, me lleva a examinar sus coartadas, así por descarte llegar al asesino. Debo apurarme antes de que ataque de nuevo. – Analízalos – me digo- Termina al menos un caso, perdedor.

Bien, empecemos por el primero de la lista, o sea, yo. Estaba acá matándome con whisky de cuarta mientras veía caer al gato por la ventana. Evidentemente yo no fui. El mayordomo, nadie lo vio salir, tampoco entrar. No estoy seguro de que trabaje algún mayordomo por acá. Dejemos en duda este.

Su dueña, la jubilada. Quien sabe que dramas familiares habrá tenido con su mascota esta vieja…  Aunque siempre le compraba comida y apestaba a olor a meo de gato. No, ella no fue.

El chupacabras solamente chupa cabras, como su nombre lo indica. El idiota del minimarket estaba atendiendo su negocio aparentemente. Ni siquiera se entero del brutal episodio. La nena del camisón blanco y pelo en la cara no había aparecido esa noche.  “Piensa, esfuérzate más”- me digo en silencio.

Voy a bajar a ver el muerto. Seguro que eso me ayudará con las pistas. Bajo las escaleras y llego a la calle…

– ¡Shit! ¡Qué asco el gato de mierda todo reventado!… mejor subo de nuevo.

Lo pateo a la cuneta y me queda un cacho de tripa pegada a la ojota. Me sacudo.

Subo los10 pisos por la escalera hasta la azotea para seguir con mi búsqueda. La suave brisa de la noche espabila mis pensamientos.  Pienso, a ver si yo fuera un gato ¿Qué haría? 

Seguro saltaría de la cornisa hacia algún árbol o alguna saliente. Me paro sobre la delgada cornisa, trato de no mirar hacia abajo. Está demasiado alto, con razón el gato se hizo mierda allá abajo.

Qué raro, alguien dejó una hamburguesa sobre la cornisa, está apenas mordida y yo no he comido en dos días. Comienzo a comerla para mitigar el hambre. Sabe raro. Le doy otro mordisco.

Estoy mareado, pierdo el equilibrio – ¡Maldición! ¡La hamburguesa está envenenada! – grito sin que nadie me oiga. Tropiezo y caigo al vacío…

Una eternidad tardo en caer, y mientras lo hago descubro el enigma. El primer golpe con una rama me rompe una costilla.

A medida que más me alejo de las estrellas más claro veo al asesino. En otro flash se disipan todas las dudas. Era él. Aquel infame que puso la trampa mortal…  el que dejó la hamburguesa…  el asesino es…  ¡¡¡THUMP!!!

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