Coger con Leo: del celular a la cama

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Como la mayoría de las situaciones al momento de conocer a alguien en éstas épocas pasan por redes sociales, ésta no era la excepción. Un día, inicio sesión y tenía una solicitud nueva de amistad: Leo. Pispeo como para tantear qué onda el susodicho, los amigos en común eran personas que nada que ver, por fotos estaba potable. Bien, “confirmar”. No cruzamos cuarto de palabra. Seguí mirando las fotos, vi que tenía fotos con una mina a los besos, miré las fechas, miré la info. El chabón soltero, pero un boludo porque sigue con esas fotos (sacalas, Leo, no van más). En fin, nunca hablamos. Rara vez, le comentaba algún estado o boludeses del facebook, y doblemente rara vez le ponía algo por privado, pero nada superaba los cuatro diálogos.

Un día, en una de las juntadas del Mendolotudo, eran las 7 de la mañana (u ocho), quedábamos algunos fantasmas en el patio de la casa de Madame, me conecto para ver qué onda a esa hora mis contactos (algunos escriben estados muy graciosos), y lo veo en la lista de conectados a él. Estaba un tanto ebria, o pasada de rosca, no sé, cuestión que le hablo. Ponele que le haya puesto algo así como “¿qué haces a esta hora?”, no recuerdo bien, el tema es que arrancamos una CHARLA. Y digo “charla” con mayúsculas porque era “la charla”. Pito y flauta, blablabla, mendolotudo, sexo. El flaco sabía que yo soy Betty (es decir, todo acontecía desde mi facebook real), por lo que fue muy fácil llegar al tema. Además, ya que nunca podíamos hablar bien, pensé: digo algo relacionado y este se engancha. ¡Predecible, Leo! Nos pasamos los teléfonos para seguir la conversación por whatsapp. A partir de ese día, todos los días nos escribíamos, y todos, pero TODOS los días, teníamos sexo virtual.

Después de mandarnos fotos, videos, frases muy calientes, después de quemarnos la cabeza mal, decidimos juntarnos. Yo al flaco ya lo había visto en la fiesta de la cerveza, pero él no me había visto jamás. Podía ser que, a pesar de haberme visto por fotos, al momento de vernos no le pintara, o no me pintara a mí porque cuando lo vi estaba bastante lejos. Después pensé: con todo lo que hemos hablado, ¡no hay manera que nos importe algo más! Lo mismo se lo comenté en uno de los mensajes y fue muy copado que él pensara igual que yo. Una noche, él tenía una juntada con sus amigos y yo iba a aprovechar a juntarme con las mías. 2 de la mañana era el trato para vernos.

-Compremos cosas, hagámosla bien – le puse en un mensaje.

-¿Algo como qué? – me responde.

-No sé, sorpréndeme, que yo voy a hacer lo mismo con vos.

Llega la noche, yo me había terminado de bañar, de depilar, me estaba poniendo crema por todos lados, perfumes, acomodándome el pelo, y en eso me llega un mensaje con una foto: un tarrito de leche condensada. Instantáneamente, sentí una corriente atravesarme el útero y un calor invadirme la entrepierna. “Enviar imagen”. Yo también lo sorprendí.

Voy a lo de mi amiga, comimos algo, la hermana preparó unos mojitos increíbles. Estábamos muy pajas tomando y tiradas en el sillón. El reloj nunca avanzaba de las 23 o 24 horas. Tenía una ansiedad que ni te explico. 10 minutos (exagerados) pasadas las 2 am, me llega un mensaje. ¡Salté del sillón!

-Ahí está – le digo a mi amiga, con una emoción.

“No voy a poder ir, se me compl… blablabla”, ni leí. ¡Pero la puta madre! ¿Puede ser que siempre que me depilo no puedo coger? Pará. La bronca era porque no daba más de la calentura acumulada durante tres semanas, plus que tenía la piel como un bebé (ni te cuento “la naranja”), y ultra plus estaba más caliente que la lava de un volcán.

-Dale, no te hagas drama, después organizamos mejor – le puse.

Sí, “no te hagas drama, ya veo qué me puedo meter para calmarme”, pensé. Tenía tanta acumulación de energía que no iba a ser canalizada (o no como yo lo esperaba). Y así fue. Llegué a mi casa, me puse en bolas, busqué mi juguete casero, me tiré a la cama boca arriba y empecé a tocarme. No estuve mucho más de 5 o 10 minutos porque tenía una excitación extrema. Cuando estuve cerca del momento cúlmine, agarré mi celular, opción “grabar video”, y se lo mandé, junto con “esto es lo que tu lengua se perdió de degustar hoy”, y me fui a dormir. Al otro día, me despierto y mi celular titilaba.

“¡Nooooo! Hoy te cojo, sí o sí, aunque se acabe el mundo. A las 22 te paso a buscar. No hay vueltas.”

Nuevamente el ritual del día anterior, ahora con más imágenes antes de vernos. 22 en punto, el Leo en la puerta de mi casa. Teníamos un fernet, compramos hielo y pasamos por el parque. Era la idea tratar de estirar todo un poco más, pero ahora teniéndonos cara a cara. Fue muy gracioso subirme al auto y que, antes de mirarme los ojos, me viera el escote.

Bueno, nos acomodamos en el parque, un lugar semi alejado del resto de la gente, aunque era temprano y no había casi nadie. Habremos hablado 15 minutos, él estaba sentado arriba de una heladerita que tenía y yo estaba apoyada sobre el auto. Ese tiempo ni tocamos el tema sexo, y yo ya me había calentado mal, entonces lo agarré del brazo, lo llevé hacia mí y le dije: “igual, vinimos acá para calentarnos más, no sé qué carajo hacemos hablando de estas cosas que a ninguno de los dos nos interesan”. Me sonrió y, automáticamente, nos convertimos en víboras y lamimos los labios del otro. Sus manos empezaron a atacarme el cuerpo, y a tratar de prenderse de cada parte que me conformaba. Apretábamos ambos cuerpos y podía sentir su excitación, siendo apretada por dos pedazos de tela.

-Nos vamos… – le impuse.

Sin respuesta oral, pero sí corporal, se subió al auto y encaramos al telo. Realmente detesto los telos, ni por más lindos que sean, odio ir a ellos, pero esa noche no me importaba nada. Estacionamos y justo estaciona otra pareja afuera. Me dio cosa bajarme, así que le dije que esperemos hasta que ellos entraran (era una habitación que no tenía cochera). Los tipos se estaban demorando bastante en relación a las ganas que teníamos nosotros de entrar, así que lo miré y le dije: “no voy a esperar más”, y le desprendí el pantalón para ir pre-calentando.

Apenas dejamos de ver a la parejita, nos bajamos del auto y nos metimos a la habitación. Termina de cerrar la puerta y yo ya lo estaba desnudando por atrás. Lo volteo y sigo con lo que había empezado en el auto. Sus dedos se enredaban en mi pelo, mientras su mano me indicaba los ritmos para deslizar mi lengua por su falo. Estuvimos un ratito nomas así, y nos movimos a la cama. Nos sacamos la ropa mutuamente, hasta quedar enteramente desnudos. Me recostó en la cama, se acostó sobre mí y comenzó a besarme fuerte, y a bajar hasta quedar entre mis piernas. Separó mis rodillas y lo dejé ser… me relajé.

Apenas su lengua hizo contacto con mi vulva, sentía esa corriente intensa invadirme de nuevo. Me lamía despacio y suave, y, de a ratos, daba leves mordidas en mi clítoris. Otras veces, su lengua arrancaba desde mi ano y terminaba en mi pelvis, como quien lame una paleta o un helado que se está derritiendo. En un momento empiezo a sentir como mini orgasmos, no sabía qué podía estar haciendo, pero, sea lo que sea, me estaba extasiando demasiado. Le preguntaba qué era y no respondía, pero sí le ponía más empeño. Quería estallarle en la cara, pero tenía ganas, también, de que explotemos juntos en un coito.

Intenté sacarlo de ahí de mil formas, pero no había caso, hasta que tuve que voltearme yo y cortarle la jodita.

-¡Quiero que me cojas para acabar!

-Bueno, pero yo quiero que me acabes en la boca también, que me ensucies la cara… – me dice.

-No, Leo, ¡cogeme ya! Metete adentro mío ahora, ¡ya!

Mientras buscaba el preservativo, yo ayudaba a que el soldado no cayera (aunque lo veía difícil). Me separó las piernas y, en posición recta, posicionó su miembro sobre mi vulva y se metió en mí de un tirón y empezó a moverse con fuerzas. Mientras me cogía, le pedí que me dijera qué era lo que me estaba haciendo mientras me la chupaba.

-Te abrí la concha con estos dedos – me contaba mientras me señalaba sus dedos índice y del medio – y te cogía con mi lengua, y te chupaba todo ese jugo riquísimo que se escurría.

¡Para qué! Me calenté 10 veces más. Lo traje hacia mí para sentir más ambos cuerpos. Él me agarró de los hombros por debajo y aceleró sus movimientos, cogiéndome como si fuese un perrito o un conejo. Fue instantáneo acabar y, no sólo eso, apretarlo como para intentar meterlo enteramente dentro de mí. Acabamos casi simultáneamente, descansó unos segundos dentro de mí y se salió. Se sacó el forro y me miró.

-¿Trajiste la leche condensada? – le pregunté, antes de limpiarlo.

No es que sea un tipo callado, pero me encantaba que sin hablar, fuera a los hechos directamente. No me respondió, agarró directamente la latita (que ya venía con el agujerito hecho) y lo ladeó. Me puse la punta de su pija en el extremo de mi lengua y ambas esperábamos ser tocadas por esa sustancia ultra deliciosa. Y llegó, e hileras de leche caían por mi lengua, por mis mejillas, huntaban su muñeco. La leche condensada me resulta muy orgásmica siempre, pero ahora no tenía palabras que describieran lo que me producía en ese momento. Nuevamente, degustándolo, sólo que ahora con más énfasis.

-Necesito una foto tuya así, enchastrada con la leche y chupándome la pija.

-¡Ni en pedo!

-Dale, necesito dedicarle algunas pajas a tu cara.

-No, bombón… foto mental y recordala… ahora disfrutá esto nomas.

-Entonces te voy a acabar en la boca – dijo, como amenazante.

-¡Ja! – y extendí más mi lengua, y le di como unas palmaditas con mis dedos, como pidiéndola.

-Sacala vos, ¿a ver?

Lo masturbé fuerte y muy rápido, y disminuí las fricciones cuando los chorros hicieron su aparición. Como tenía la boca con bastante leche condensada, fue más fácil (y exquisito) poder llevar ambos lácteos a mi estómago.

Estuvimos repitiendo eso y jugando más con el tarrito durante cuatro horas, aproximadamente. Lo hice que me untara el cuerpo con leche y me limpiara con la lengua, que se refriegue contra mí y vuelva a cogerme un sinfín de veces y de todas las formas y posiciones que pueda. Por más que me dijera que no daba más, tenía una roca permanente entre las piernas y nunca dejo de darme placer. Admito que laburó solito, ¡un divino! Por supuesto, después de los pegotes que nos hicimos, terminamos en la ducha. Después de 4 horas, creeme que ni en pedo cogimos debajo del agua, pero jugamos a que se nos caía el jabón. Cuando terminamos, nos fumamos un porrito y me llevó a mi casa.

Con Leo nos hicimos muy amigos, sexualmente hablando. Ahora estamos pensando en ir a un sex shop a comprar juguetitos, pero, esta vez, la va a ligar él también.

(Leo, si estás leyendo esto, vi uno de 10 cm en promoción… ¿¡NUNCA ES TANTO, AH!?)

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