FDT: Una bomba de tiempo

El precio de la valentía siempre es caro

para quien poco tiene por defender.

Conde Vittorio. Excusas para vivir –

La motoneta saltaba de un costado al otro tirando el carro que por momento era un volantín. El cuerpo en posición fetal de Tino pegaba contra la madera de los costados y, atado de nervios por el susto, cerraba con fuerzas sus ojos para no dejar escapar más lágrimas. Pasaron unos segundos y los abrió de a poco, mirando solo una parte, pero luego fue con la vista hacia una hendija que parecía crecer mientras más atención le daba, por la que entraba un az de luz y se detuvo en esa sensación. ¿Será que así se siente ser valiente?, se preguntó. Quizás sospechó que para ser valiente es fundamental creer en las luces de esperanza que siempre nacen.

–Llegamos –dijo Don Santiago, quitándole las mantas que tapaban al pequeño–. Vamos a guardarnos acá hasta que llegue la tarde…, Tino –mientras el pequeño se desempolvaba la cabeza como un perro a sus pulgas–. Tino…–volvió a nombrarlo–, solo los cobardes pueden ser capaces de no llorar –y le guiñó un ojo.

Bartolomé sintió un poco de calma luego del raudo escape. Habían andado un buen trecho hasta llegar al punto más lejano del pueblo, ese donde el sol le decía adiós a cada día. Desde adentro del rancho se podía escuchar el paso del río golpeando al bajar por unos rápidos, mientras el pequeño tomaba el mate cocido con tortitas de grasa, típicas de Tamiflü, que le había servido el hombre. Después de arremangarse los puños de la camisa, el señor del mercadito metió sus brazos en un tacho con agua turbia, se los refregó de manera pausada y los dejó secar sin tocarlos; luego caminó unos ocho metros hasta donde Tino aún podía verlo y arrancó de cuajo una buena cantidad de hierbas. El pequeño había sentido entre las historias que el viejo sabía contarle, aquellas en donde aprendió de los Viajeros del Mar el arte de leer el humo.

Sentado cerca del pequeño, el hombre desenfundó una pipa de cedro de un costal de yute y enseguida se preparó para la fumata. Al chico mucho no le quedaba para terminar su merienda, sin almuerzo en el estómago tenía un ataque de hambre que ni los nervios le sabían adiestrar; por lo que observó en silencio el experimento de su amigo.

Otra vez se acordó de su abuela, de que estaría preocupada por él y se sintió con culpa. Hacían meses que Francisca venía padeciendo unos dolores distintos, no eran como los achaques que solían darle, sino unos de los que ni siquiera se quejaba. A pesar de los malabares de la señora por no ser descubierta, Tino sabía que la medicina que tomaba no era para descansar mejor. Por algún motivo sospechaba que iban a pasar unos cuantos días antes del regreso a casa, y se moriría si algo le sucedía por su culpa.

Lo interrumpió una extraña melodía que silbaba Don Santiago, que marcaba un ritmo aún más lento sobre el atardecer de Tamifflü; luego dos bocanadas lanzadas al aire se mezclaron con el reflejo del sol que caía tras los Montes Buscappïna.

–¿Puede ver algo, Señor?

–No… –le contestó en seco– Aún no.

El hombre dibujó en el humo, con la parte de atrás de la pipa, y la luz que llegaba entró por entre medio, reflejando siluetas contra una de las paredes de piedra. No necesitó mucho más Don Santiago para notar que se vendrían días de lucha para la parte del mundo que no estaba en penumbras. Sobre todo para sus niños. Entendió el apuro de la maestra por buscar entre los suyos a los jóvenes más aptos para el combate; aunque prefirió esperar para contarle al pequeño y hacerlo sobre la marcha.

El lugar iba a ser peligroso para Tino si la noche lo encontraba ahí, por lo que ensilló uno de sus caballos, el menos peor, y al galope bordearon el río con destino al sureste… Destino al circo.

En uno de los vagones principales se ponían de acuerdo sobre los pasos a seguir, definían algunos números del show y arreglaban salarios entre los principales personajes de Le Cirque.

–Estense tranquilos muchachos, la paga va a llegar en su momento, pero para eso debemos dar lo mejor de nosotros –comentaba Vittorio.

–Usted sabe bien de nuestro compromiso, pero la gente se nos está alborotando –dijo angustiado el Sapo Silvio, capataz del circo–. Uno de los domadores comenzó a decir por los pasillos que este circo jamás cumplió con sus promesas y que por eso dejó de funcionar. Están dudando que hoy vuelva a suceder lo mismo. Al rato lo mismo se escuchó en la carpa de los payasos y luego de la función de hoy, algunos animales murmuraban al respecto.

–¡Nadie les pidió que vinieran en su momento, fueron ellos los que golpearon las puertas pidiendo ayuda! –dijo la Serpiente Donatella.

El Conde observaba con atención lo que sucedía alrededor de esa mesa de roble, que algunas las velas encontraban su fin mas rápido con el correr de los años y que si bien mucho había hecho por los que trabajaban en el circo, también le habían respondido. Los obreros de emociones de Le Cirque eran personas desesperanzadas, la mayoría ricas en bienes pero pobres en espíritu, que en algún momento habían llegado hasta Vittorio para negociar con el Alma un puñado de días más para sus tristes vidas. Veían en la inmortalidad la posibilidad eterna de redimirse de aquellos pecados capitalizados. El Conde, que no era el mismo de hoy, a sabiendas de que sin el Alma un ser se vuelve el envoltorio para un bombón si eso es la vida, las comerciaba en la Feria de las Almas por horas de aliento que luego les entregaba a los desalmados. Al principio la felicidad es la mejor de las cómplices para un ladrón de almas, pero con el tiempo la felicidad se aburre con aquellos que no ven en el día a día el mejor desafío para dar el batacazo.

La felicidad es nómade en los que son efímeros con el presente. 

Luego era cuestión de esperar mayor o menor tiempo para verlos regresar en busca de más, y de más…, y de más; pero sin alma qué habrían de ofrecer a cambio de años de vida. El cuerpo, lo único que les quedaba. Entonces se terminaban alistando al circo, eternamente, bajo el ala de otros tantos desalmados que en su conjunto formaban un círculo de vicios imposible de romper.

Para los demás, el negocio era redondo por donde se lo mirase. Las Almas cotizaban por encima del agua en el mercado de Tierra Oscura y con seres dispuestos a vender las suyas, los precios se disparaban para la venta.

Pero el mercado es el mayor de los engaños. Cualquiera sea el negocio siempre encuentra su fin; porque las mentiras tienen un fin, no porque deje de ser bueno, ni por la relación oferta y demanda que los afilados al habla andan comentando por ahí; sino porque llegado un momento alguien se da cuenta de la mentira que le crearon para venderle gato por liebre y se hace valer, o porque se contagia y sale a competir. El mercado perfecto es el que mejor funciona, porque es donde más ganan, porque donde los que pierden se recuperan y porque las mentiras tienen patas más cortas cuando no existe el monopolio. De esto y mas, debatía Vittorio en su mente al escuchar lo que sucedía con sus súbditos en aquel vagón.

La movida del circo había sido una buena estrategia para competir en el mercado del que solo proveía el Ser Oscuro, Reyna… pero una bomba de tiempo.

En otra punta del pueblo, apoyado sobre el respaldar del hombre, Bartolomé pensaba que tal vez este exilio no tendría medidas; incluso dudó del regreso. El viejo, sintiendo su angustia, le recordó las oportunidades donde habían debatido sobre las costumbres del lugar, sobre lo pasiva que era la vida en Tamifflü y las veces que el pequeño deseó torcer su destino a viva voz. Quizás uno le grita a las oportunidades en la vida para que cuando nos respondan no podamos escucharlas, le dijo.

Si bien a Bartolomé lo aterraba lo desconocido y no volver a ver a su abuela Francisca, más aún, había meditado antes sobre la idea de que la gente cuando reclama con mucho espamento algo es para que pase desapercibido cuando suceda.

Para conseguir casi todo en la vida se necesitan solamente ganas y convicción.

Los lugareños de Tamifflü rara vez salían del pueblo en busca de otros horizontes. Ni de nada. La naturaleza industrial de la zona los obligaba a trabajar en alguna de las dos fábricas que, indefectiblemente, le daban de comer a los habitantes del lugar. La pequeña comarca estaba situada sobre un monte pedregoso, gris, rodeado por los brazos de un río que se bifurcaba para aislarlo aún más de los vecinos estados de Caladdrÿl. La sobriedad de las casas reflejaban la nostalgia con la que sus habitantes transcurrían el tiempo que nunca había sido; sus vestimentas lucían opacas incluso limpias, aunque dúctiles para las labores fabriles; y ni siquiera la luz del cielo en primavera traía la suficiente ilusión para pensar en que algo podía ser distinto para los tamiflüenses.

Dicen que el deseo por vestirse de colores, de elegirlos y combinarlos, de pintar sus sueños con posibilidades, era el que les hacía optar como costumbre, entre sus nombres, el de algún color preferido. Tal vez no, y haya sido pura coincidencia. Tal vez…

A pesar de todo esto, los escasos años de Barolomé habían encontrado felicidad junto a su abuela. Por las noches, al recostarse, agradecía tenerla cerca y aunque su único temor en la vida era extrañarla demasiado el día que no la tuviera, ahora era él quien se alejaba. Para Tino su abuela era el rock and roll de una canción de cuna: tan enérgica y pacífica a la vez. Los manjares que le preparaba con tan pocas cosas… ¡ni hablar! Desde la verja de afuera nomás, podía saborear los aromas de la cocina cuando llegaba a casa y esa sensación le era única. Francisca había sido madre, padre y abuela al mismo tiempo de Bartolomé y en esa última etapa, cuando el pequeño entraba en la edad donde las preguntas sobre la muerte y sus malabares para ganarle a la vida comenzaban a aparecer, su labor cobraba un valor incalculable.

Los momentos felices para Bartolomé no cabían en tres hojas, ni en diez, ni en mil, porque el final de cada uno era el comienzo de otro siguiente. A Tino no le costaría tanto viajar por sus recuerdos como quizás sí elegir el mejor para escribir y resguardarse del mal que se aproximaba.  ¿Será que uno pone a salvo el Alma eligiendo sobre sus recuerdos? ¿Será que el único fin de la lectura es armar de argumentos al Alma para defenderse mejor?

Muchas dudas sobre algo que para entendidos, a de ser muy sencillo.

 

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