Sexo, pudor y lágrimas

Un día me cansé de seis meses de espera y decidí hacer la gran jugada, sin importarme qué pensara, si, al final, eran inevitables esos pensamientos.

-Le mando un mensaje privado y que sea lo que tenga que ser – pensé.

“No sé vos, pero yo no aguanto más. Te espero mañana sábado en el festejo de mi cumpleaños, donde sabés que voy a estar, para pasar toda la noche juntos, obligarnos a emborracharnos e irnos juntos del lugar a cualquier habitación de cualquier hotel y quedarnos ahí hasta que no queramos vernos más la cara”, rezaba el mensaje.

Ese sábado llegó y nos reunimos con mis más íntimos en el recinto bailable para tomar algo y pasar la noche, como hacía tanto que no lo hacíamos. Yo estaba, desde que llegué, mirando para todos lados, a ver si al fin lo veía, pero nada.

El lugar se llenaba cada vez más, ya empezaban a cobrarnos para empezar a levantar las mesas y dar lugar a la fiesta que siempre se arma en ese lugar.

Pagamos, nos levantamos y empezamos a circular. Mejor, así podía seguir buscándolo. Nadie sabía de esa invitación, no quería seguir quedando como una estúpida que espera lo que “nunca iba a llegar”. Lo peor es que también pensaba así, pero mi característica principal es la testarudez. Así que ahí estaba, con mi cabeza en alto, de lado a lado. “Tiene que venir”, pensaba permanentemente.

Eran las 4 y media aproximadamente, y no había novedades. Me escapé del grupo y me fui sola hacia la barra. El próximo trago era sólo para mí y en honor a esa mierda que sentía por dentro. Apoyada y esperando ser atendida, pero sin apurarme (no había más que esperar), una cintura se pega a mi culo y un pecho sobre mi espalda, mientras una mano rodeaba estómago.

-¿Nos vamos ya o esperamos a que termines ese trago que todavía no llega? – me dijo una voz totalmente desconocida y, a su vez, sumamente conocida para mí.

Quise darme vuelta para confirmar quién era el que me invitaba a irnos, pero no me dejaba mirarlo. Miento si digo que no tenía el corazón a trescientos mil por hora. Me impacientaba tener un rostro cerca de mi oído y no saber de quién se trataba, hasta que me desperté. Pasé mi mano por la mano que estaba en mi estómago y la acaricie despacio, mientras, ahora sí, pude voltearme. El beso fue automático, pero de su parte. Yo todavía estaba en un mini shock. De todas las veces que imaginé nuestras lenguas juntarse, ninguna se asimilaba en lo más mínimo a ésta realidad. Ni siquiera podía distinguir si lo que sentía en ese momento era una excitación suprema o estaba muy enamorada.

-¿Nos vamos ahora o esperamos a que termines tu trago? – insistió, a unos milímetros de mí boca.

Abrí los ojos y vi los suyos. Y la vista se me agudizó más y ya pude ver su rostro completo. Lo separé del pecho para verlo mejor.

-¿En serio sos vos? – le pregunté.

Volvió a besarme, pero con más fuerza ahora. Mi lengua quiso saborearlo más y más. Quería besarlo para siempre, o hasta que la lengua se me desprendiera del resto de la boca. Esos besos eran como besarme a mí misma, totalmente al unísono, nos entendíamos a la perfección y manejábamos los mismos tiempos.

-Me quiero ir ya, Lu – dijo, aún entre los besos –, quiero estar toda la noche con vos, y todo el día, todo el fin de semana. Venite conmigo ahora…

-Bueno, esperame que les avise a las chicas y, de paso, ven que apareciste, porque no creían que ibas a venir.

-No, no… vámonos ahora, que nadie sepa… ¡escapate conmigo!

Sí, me convertí en una persona más infantil de lo que diariamente soy y accedí.

No me acuerdo si era auto, camioneta, taxi, triciclo, caminando, sólo me acordaba de su cara, ni siquiera del resto de su cuerpo. Tampoco sé dónde fuimos, no prestaba atención. Estaba estupidizada, drogada con lo que estaba viviendo. ¡Era él! Y ¡la puta madre, nadie lo vio! Y, mientras pensaba en eso, me acordé que me había escapado, y atiné a mandar un mensaje antes de entrar al lugar, pero mi celular estaba muerto. ¡Otra vez esta batería de mierda! Me agarró de la mano y me invitó a pasar.

 

Estaba todo oscuro y sonaba una música muy suave de fondo, pero no distinguía con exactitud qué era. Encendió una luz que estaba lejos, e iluminaba apenas el lugar donde estábamos. Había un sillón grande, como  de tres cuerpos, una mesa redonda chiquita en una esquina, con un velador grande encima y un televisor de esos estilo caja, un poco grande. No me sonaba a que fuera un telo, no tenía pinta de serlo, y el olor que había era como a hogar o familia, como a comida casera o enjuague de ropa. Jamás sentí ese aroma en un telo.

Y miraba todo el lugar, pero no lo veía más a él. Me quedé quieta, esperando que aparezca de algún otro lugar. Quizás había ido a buscar algo para tomar, quizás fue al baño. Yo también quería ir al baño.

-Quiero hacerte el amor… – me susurró, nuevamente, al oído, desde atrás.

¿Se le estaba haciendo costumbre asomarse por ahí y excitarme de repente?

Corría mi pelo, que me rodeaba el cuello, y me besaba despacio, y respiraba en mi oído. Sus manos bajaban despacio por mis brazos hasta mi cintura, y encontraron piel y carne, y las acariciaba también. Y subía… subía por dentro de la tela sobre mi espalda y desabrocharon mi corpiño, y sus manos siguieron el recorrido hacia el norte, sosteniendo la tela de la remera hasta sobrepasar mi cabeza y terminar decorando el sillón que estaba a un costado. Volvió a mí, a mi contorno, y siguió recorriendo mi piel, ahora en busca de mis pezones, que estaban endurecidos por los escalofríos permanentes y la tan obvia excitación. Los acarició unos segundos y, en seguida, hizo que mi, literalmente, sostén acompañaran a la remera. Mis tetas cayeron al vació rapidísimo, incluso creo que hasta hicieron un sonido mínimo al choque con el resto del torso. Seguía besando y lamiendo mi cuello, mis oídos (los dos).

Yo estaba tiesa, y me limitaba sólo a dejarme excitar, calentar, amar. Estaba entregada a eso con lo que soñé los últimos 6 meses.

Me desabrochó el jean azul oscuro que llevaba y lo bajaba, mientras él también lo hacía y llevaba, a la par, mi culotte blanco con lunares rojos. Empecé a escuchar más clara la música. Era imposible que sonara esa canción… ¡imposible! Cada vez que escuchaba esa canción, imaginaba que cogía con él, o cada vez que soñaba eso, sonaba esa canción en el sueño. Definitivamente era imposible que estuviese sonando en ese momento.

Mientras pensaba todo eso, sus manos masajeaban mis glúteos y mis muslos completos y, en un instante, su cara estaba adelante mío, pero frente a mi entrepierna, y me besaba la pelvis y la cintura, las caderas. Con mis manos acariciaba su pelo oscuro, mezclaba mis dedos con sus mechones, lo despeinaba. Su lengua… ¡¿por qué tenían que llegar ahí?! Se me debilitaron las piernas cuando la sentí rozarme el clítoris. ¡¿Qué necesidad de lamerme de manera tan perfecta?! Sus manos seguían por mis piernas, aunque, por momentos me masajeaban nuevamente el culo.

Estaba tan extasiada que sentía que iba a acabar en ese segundo, parada. Pero no, no quería que fuese así. Yo también quería saborearlo, quería sentirlo entero en mi boca. También quería lamerlo hasta acordarme para siempre el sabor de su piel. Y lo levanté para que se siente sobre el sillón y empezar mi rol, pero cuando estuve por arrodillarme frente a él, me paró.

-Hoy es tu noche, no la mía. Hoy vos vas a sentir todo el placer que te pasaste la vida dando. Hoy vas a ser mujer. Hoy vas a ser mi mujer y tus orgasmos mi locura. Hoy sólo estoy para vos. Hoy, esta noche, mañana… el tiempo que quieras ser mi mujer – me dijo, llevándome hacia él.

Separé mis piernas para rodear su cintura y sentarme sobre él y volvimos a besarnos. La lujuria de ese beso era insuperable. Quizás también podía acabar con él, aún sin sentir (como lo hacía) su bulto, completamente endurecido dentro de su pantalón. Al menos me dejó darle aire y luz con mis manos y poder conocerlo, al menos así. Era perfecto, y con una temperatura justa.

Él se terminó de sacar el jean, mientras yo volvía a acomodarme, a posicionarme frente a ese mástil que estaba listo y apuntando directo a mi vulva, en el inicio de mi vagina, que iba a tomar ahora su forma.

-Quiero hacerte el amor y que me lo hagas vos también. Quiero ser tu mujer esta noche, Fran. Cogeme y haceme el amor al mismo tiempo. Amame y odiame también, porque yo lo hago todo el tiempo – le dije, mientras se metía en mí, me penetraba… y nos convertíamos en uno.

Y nos movíamos, y respirábamos fuerte, y yo gemía y él jadeaba fuerte, y me apretaba contra su cuerpo, y mi vagina ya daba sus primeras contracciones, y el momento llegaba, y los movimientos eran frenéticos, y los besos ya eran mordidas, y los dedos ya se hundían demasiado en la piel y producían un dolor placentero, y mis gemidos ya eran gritos, y sus jadeos también. Y sentía perfectamente cómo una corriente me invadía las entrañas y se canalizaban por mi vagina, y su líquido me completaba por dentro. Y, de a poco, los movimientos disminuían, y se nos acababan las energías. Y, en algún momento, nos quedamos dormidos en el sillón, uno sobre el otro. Algunos momentos no debieran terminar nunca.

Se hizo de día. Se me explotaba la cabeza en miles de pedazos. Tenía la vista nubladísima. Agarré mi celular para ver la hora, pero estaba apagado. “Cierto”. De repente no entendí más nada. ¿Qué hacía en la casa de mi amiga?

-Pao, ¡Pao! – la llamaba a mi amiga, que dormía en un colchón en el piso al lado mío.

-Ah, jajaja ¡amaneciste, hija de puta!

-¿Me estás jodiendo? ¡¿Qué pasó?!

-Te agarraste un pedo mundial, nos tuvimos que volver temprano porque te fuiste sola a la barra a comprar un champagne y volviste con nosotras cuando ya no le quedaba casi nada, ¡con un pedo, nena!

-¿Me estás jodiendo, no? – insistí.

-¡No, boluda! Jajajaja tus hermanas te querían matar, así que te traje a mi casa, que mis viejos no estaban.

-¡¿Y el Fran?! – le pregunté, desconcertada.

-¿Qué Fran?

Algunos momentos no debieran terminar nunca. Algunos sueños, tampoco.

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