Mujeres mendocinas: ¿Cómo olvidar a un conchudo?

Esta es la historia de una muchacha y su conchudísimo ex.

Esta joven, a la que llamaremos “Soy una pelotuda atómica”; estaba enamorada de un joven,  al que llamaremos “Hijo de una gran perra”. Un día, el “Hijo de una gran perra” dijo a “Soy una pelotuda atómica”, que el amor se le había terminado. Así como se termina la manteca en invierno, el agua del termotanque eléctrico, la menstruación a los 50, los sanguchitos de miga en Navidad.

Ese fue el momento en que “Soy una pelotuda atómica” vio su futuro negro, vacío y con gusto a helado de agua barato.

Lo odió con el más fuerte de los odios, lo puteó con todas las letras del alfabeto chino, rompió hasta las fotos carnet del dni nuevo, se encerró en un pozo depresivo, muy efectivo para el mercado del alcohol y las pastillas Rivotril. Y lloró hasta pasado mañana.

Una vez que logró romper con su orgullo y admitir que estaba hecha moco por haber sido dejada, ideó un plan, un estratégico plan para olvidar a su ex. La única manera que “Soy una pelotuda atómica” encontró para olvidar al “Hijo de una gran perra” fue reemplazándolo. Así como el edulcorante es sustituto del azúcar, el té del café, el pollo de la carne, es que se planteó arrancar al conchudo del ex de su memoria y corazón, para siempre.

Lo primero que hizo fue identificar qué cosas le daba este tipo (que ahora era un desconocido) para poder reemplazarlo. Y se posicionó, cual pirámide de Maslow a observar qué necesidades básicas debía satisfacer. Así es que ella debía llenar esos huecos momentáneamente, hasta volver a reconstruirse sola y que los ahorros le alcanzaran para poder comprarse el vibrador rosado de “Sex and the city”.

Sus vacíos se vieron colmados (valga ironía) de:

  • Un dedo sin anillo
  • Sillas vacías en cumpleaños familiares
  • Un espacio vacío en la cama
  • Fines de semana sin cucharas
  • Meses sin aniversarios
  • Un par de pies fríos
  • Falta de apetito y un estómago vacío
  • Un placard con más espacio

Fue así que, una vez dispuesta a saber qué rellenar, “Soy una pelotuda atómica” salió en la búsqueda.

Para los momentos, espacios vacíos y fines de semana, lo reemplazó con amigos, de todas las razas, colores y religiones. Mateadas por las tardes, cenas por las noches, mensajes de texto, facebook, twitter y cuanta red social permitiera el contacto con la mayor parte de la humanidad en el menor tiempo posible.

Es que “Soy una pelotuda atómica” llegó a tener una agenda social envidiable para cualquier revista de eventos. Desde degustaciones de vino, desfiles, asados, hasta misa los domingos y confirmaciones de primos de tíos de primos lejanos.

Para la cama vacía y los pies fríos, compró una bolsa de agua caliente y un par de almohadones.

E, inmediatamente, luego de llenar esos espacios, volvió el apetito voraz y engordador, que terminaban por reemplazar cualquier placer sexual… Nooo, mentira. La parte de la sed de carne y lujuria la despachó con un delivery de chongos conocidos el fin de semana, sumado a un catálogo que alguna amiga le supo prestar.

Toneladas de helados, películas, tristes tragedias que la hicieran reaccionar y caer en la cuenta que existían historias muuucho más tristes que lo que ella estaba viviendo.

Se volvió una compradora compulsiva, una tomadora compulsiva, una fiestera compulsiva, una divertida compulsiva… Y trató de hacer lo que no había hecho en mucho tiempo, en un  mes.

Se dio una panzada de comida chatarra, no lavó platos por un trimestre y se depiló hasta los pelos de la nuca.

Convertida en un bicho raro, nuevamente soltera, bella, feliz, alegre y sonriente, “Soy una pelotuda atómica” sintió que estaba nuevamente lista.

Se preguntarán para qué.

Para conocer otro chongo. No se olviden que un conchudo saca otro conchudo.

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