La resurrección de Celso Jaker

Tranquilamente sentado en mi trono del Infierno, había pasado la adaptación típica al clima de porquería que tienen allá abajo. Disfrutaba de los beneficios lógicos de ser el “hijo de…” Por lo que mi estadía en la suite 666 del Averno no era para nada despreciable. Pasó el tiempo, me fui acostumbrando a que allá abajo no fueran tan malvados como yo esperaba, me pasaba las tardes paseando mi corona de príncipe de las tinieblas para hacerme el agrandado con las almas en pena.

Pero como me pasa con absolutamente todo en esta vida, al poco tiempo me aburrí… Extrañaba las partuzas con las mendolotudas… Siempre preferí las chicas vivas, antes que los espíritus malignos. Extrañaba un poco también a mi banda de delincuentes (mis secuaces del mendo) extrañaba putearme con los comentaristas (mi pasatiempo favorito).  Al parecer, con el ritmo de vida que estaban llevando mis amiguetes, mucho no les faltaría para ser los nuevos huéspedes de mis dominios, pero mientras tanto, algo tenía que hacer al respecto.

Fui, como de costumbre a realizar mis labores diarias. Pasaba por la habitación de Hitler y le mandaba los saludos de Facsf. Luego pasaba por la de Charles Manson a charlar un rato de filosofía. Le organicé una bienvenida con todas las pompas a nuestra distinguida y flamante huésped, Margaret Thatcher y para terminar me fui a hacerle piquete de ojo a Néstor (en el ojo bueno), mientras le dejaba prendido TN.  Siempre me quedaba charlando con el tuerto después de las torturas y esta vez me contó una que realmente no me la ví venir… Hablamos un rato de como habían choreado a mansalva, que la época menemista era como un capítulo de Friends al lado de esto y de como habían armado al ruta de la guita hacia el exterior.

Me contó de un muchacho, bastante simpático y entrador, jovencito pero conocedor de la City porteña, con ínfulas grandes y escrúpulos pequeños. De pasado humilde y presente fastuoso que todos decían que era su propio hijo no reconocido. Y me dijo que, para la cagada que le había tocado en gracia con el “PlayMercaStation”, la verdad que hubiese preferido que fuera cierto. Pero no, la cuestión es que este muchachito sin pasado conocido y con contactillos en las cuevas favoritas había sido el elegido junto a su ignorante amigo Lázaro, para sacar los bolsones de guita en euros que pesaban y pasaban a Panamá. Venía todo tranqui hasta que el campeón empezó a gustar de la cámara y de los excesos en público y, como todos, la terminó arruinando. Pero me aseguró que después de la reforma judicial, con la justicia en el bolsillo, este iba a seguir siendo vecino de Amado, pero en el Madero Center y no en Dolores, como deberían estar…

Puchito vá, whiskicito viene, me contaba como la gorreaba a Cris, pero me dijo que en el fondo la admiraba y que él sabía que ella le era infiel desde tiempos inmemoriales. Un par de veces se le fue la mano (literalmente) y de ahí los grandes quilombos con el gordito merquerito. Charlamos de Cristóbal y del camionero y del poder que habían logrado y que hasta él mismo les estaba empezando a temer un poco, sobre todo ahora que charlaban con todos. Y Rudy, ahí está el pobre… un pobre chofer multimillonario. Negro, bruto, rengo, maleducado, pero millonario de la noche a la mañana. Discutimos del modelo, de la profundización del Caaarlos, de Eduardo, de Daniel y justo cuando me estaba por batir la posta sobre el próximo presidente argentino, empiezo a escuchar voces del más allá…

Conjuros en latín retumbaban por doquier, mi visión comenzó a nublarse, me sentí como si me estuviesen levantando, como si levitara… Mi cuerpo comenzó a flotar, la carne que antes abandonaba esos huesos, ahora se desprendía. Sentí pasos por todos lados, la caricia suave de la acacia, palabras y toques mágicos, los amuletos de Cuentin y las parábolas de Diem empezaban a surtir efecto y de repente lo ví todo… Ahí estaba mi cuerpo nuevamente, solo que ocupado por un tipo llamado “Bairoletto”. Los recuerdos comenzaban a fusionarse, mi realidad y la de él. Las maldades y las filosofadas, mis miércoles de bravos y sus lunes eternos. Mis desenfrenos y su prudencia. Todo se mezclaba y se combinaba.

De repente todo cobró sentido, ¡estaba de regreso! Empecé a gritar de la alegría cuando justo lo vi al Gurkha resbalarse dentro de la caverna donde nos hallábamos  y alcancé a tomarlo del brazo para evitar el sonoro tropezón. Evitamos el porrazo, pero no pudimos evitar el nariguetazo… dado que, según me comentó mi “Mitch Buchannon” nos encontrábamos en tierras de uno de mis clientes exclusivos, Pablito Escobar.

Y así emprendimos el accidentado regreso a Mendolotudoland, mientras mi amigo Gurkha me ponía al tanto de las novedades…

Esta historia continuará…

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