Diario de una ninfómana: ¿Quién es el jefe?

“Si no cojo en los próximos 20 minutos, me va a dar una crisis nerviosa y voy a dar vuelta todo este lugar. Ni siquiera me importa que me echen, perder la antigüedad de 7 años… ¡nada! Encima el viejo hijo de re mil puta éste, que me viene prometiendo el aumento hace meses, que todavía me debe el aguinaldo de diciembre, que nunca da la puta cara cuando quiero tener una reunión con él. La secretaria, que le debe hacer un pete diario, esa hija de puta, sino no hay manera que cobre lo que cobra por hacer lo que hace: nada. Harta estoy… ¡harta! Me voy a ir a la re…”

-Emilia – interrumpen mi pensamiento del otro lado de la puerta de mi oficina.

-Sí, ¿qué pasó?

Abren. Era la secretaria del gerente.

-Mirá, me pidió Manuel que te avise que a las 17, cuando cierres todo, vayas a su oficina, porque necesita hablar con vos.

-Bueno, gracias.

“Sí. Para colmo que hace 11 meses que no siento una mano que no sea la mía entre mis piernas, tengo que perder mi turno con el bombonazo del ginecólogo. ¿Para qué puta querrá verme este otro infeliz? Encima después de hora… no, ¡qué cansada me tiene todo esto!”. Seguía maquinando.

Se hizo la hora, apagué todo puntual. Entre que tenía que quedarme después de hora, mínimo cerraba todo a tiempo.

Voy a la oficina de Luis. Golpeo.

-Sí, adelante – se escucha del otro lado de la puerta.

-Permiso, Luis, me dijo Valeria que me llamaste – digo, mientras entro en la oficina.

-Sí, Emilia. Y perdón que te haya hecho quedar después de hora, pero es que antes me resultaba imposible poder hablar con vos. Espero que no hayas tenido nada que hacer, sino, vuelvo a pedirte disculpas.

-No, no hay problema – le respondía, mientras un diccionario de puteadas daban vueltas en mi cabeza.

-Bueno, mirá, te cité porque hay un pequeño gran cambio de último momento. Realmente si no fuese algo urgente y por demás importante, creeme que lo hubiésemos resuelto de otra manera.

Yo lo miraba con atención. No tenía la más pálida idea con qué carajo me iba a saltar.

-El tema es que Luciana, la secretaria de Alfonso, renunció esta mañana y, no sé si sabés cómo es Alfonso, pero si se entera de esto, se va a enojar bastante y pueden haber quilombos mayores.

-La verdad que no, no conozco a Alfonso, no he tenido la opor…

-Claro, es que es bastante reservado – interrumpe -. Bueno, la cuestión es que me junté con los otros dos gerentes para ver cómo resolvíamos este tema, a quién poníamos en su reemplazo – ahí me di cuenta por dónde venía la mano – y, bueno, llegamos a la conclusión que vos serías la candidata ideal, por la cantidad de tiempo que llevás acá, porque ya conocés el sistema, sabés cómo son los movimientos… en fin, la tenés más clara.

-Claro… – asentía.

-Y no le ofrecemos a Valeria porque ella está hace poco acá y vos, además, sos más de confianza, ¿entendés?

-Sí, entiendo, pero me da miedo fallar o no estar a la altura…

-Quedate tranquila, Emilia, que confiamos plenamente en que sos la ideal para hacer ese reemplazo. Y, por supuesto, el sueldo es otro. No es lo mismo ser secretaria de Gabriel que de Alfonso.

-Me imagino que no – sonreía, mientras pensaba que éste seguro me cagaba el doble -. Bueno y, disculpame que suene atrevida pero… a mí Gabriel me tiene que terminar de arreglar unos temas del sueldo…

-Sí, también quedate tranquila porque lo hablamos y mañana mismo te van a depositar lo que falta.

-Ah, ¡perfecto! Bueno y ¿cuándo empezaría?

-Mañana mismo.

-Pero, ¿y mis cosas? – preguntaba como si realmente me importara.

-Despreocupate que de eso se encargará Valeria hasta que consigamos un reemplazo para vos. Bueno, no te quiero robar más tiempo, te libero. Mañana venís y vas directo a la oficina de Luciana.

Nos despedimos y me fui a mi casa. Llegué y, para variar, mis viejos no estaban. Me preparé algo para picar e irme a bañar para sacarme la mufa del día.

Mientras estaba en la bañadera pensaba en todo este cambio tan repentino, en si sería algo positivo o negativo para mí, en cuánto variaría el sueldo, y en que iba a conocer, por fin, al chabón, al jefe mayor. Y, mientras pensaba, el agua me calentaba el cuerpo. Me salí para buscar a Dani, mi consolador, y volver al agua. Sí, Dani, porque, cuando me toco, me gusta gritar el nombre de un tipo, pensando que me coje uno real y no un pedazo de hule. Y me tocaba y seguía pensando en estos 11 meses sin sentir una pija real, más que la vida misma.

Al día siguiente me presenté a trabajar como de costumbre, sólo que ahora dirigiéndome a mi nueva oficina.

“Al menos estaba copada, más amplia, tenía un ventanal con vista a la calle”, pensaba, mientras recorría el lugar.

Llegó Luis para “darme la bienvenida como la nueva secretaria del jefe”, aunque sospeché que quería corroborar que había ido finalmente. Hablamos dos o tres boludeses, me mostró un par de cosas y se fue.

El día circuló como el más común de los comunes, sólo que con menos llamados telefónicos. Se ve que no le rompen mucho las bolas al flaco este. Llega la hora de cierre y no le había conocido la cara y, como ese día, dos semanas más. Hubo un punto que pensé que me tomaban el pelo y que el flaco no existía.

Una mañana llegué 20 minutos más tarde, porque tuve un quilombo. Tenía más nervios que testigo falso, pero llegué. Nadie me dijo nada, nadie me cagó a pedos, nadie preguntó nada. ¿Serán los beneficios que tenía este puesto?

Me puse con el papeleo como de costumbre, cuando siento la puerta que se abre y veo unos tacones aguja color rojo, unas piernas largas, bronceadas, un tapado de piel increíble (e impagable, seguro).

-Sí, buen día – titubeé un poco, saludando al camión con doble acoplado que acababa de entrar.

-Sí, vos debes ser la nueva, ¿dónde está mi mar…? – y le suena el celular -. Ah, jhm, ok – y se fue, derecho a la oficina de Alfonso.

¡Ah, una maleducada mal esta pelotuda, pero qué buenos zapatos y qué buena ropa! Definitivamente este tipo tenía mucha guita y, definitivamente, ésta era la esposa. Creo que, si la valuaran, saldría el equivalente a mi casa y la de mi vecino. ¡Suerte de pocas!

En fin, seguí en lo mío. En un momento, siento una voz gruesa y suave a la vez en el aire: “Emilia, vení a mi oficina, por favor”. Me quedé re loca. No tenía la menor idea de dónde venía esa voz. “Emilia, vení a mi oficina”, sonó la voz, pero más imperativa, y vi la lucecita roja que titilaba en el teléfono. Salté de la silla y me fui corriendo a su oficina. Golpeo y me hacen pasar.

Realmente no podría explicar jamás de ninguna manera el aroma de ese lugar. Bueno, insistiendo con mis 11 meses sin coger, en ese lugar había olor a macho. El tema es que no había un macho en el lugar, sólo un viejo sentado escribiendo sobre papeles.

-Permiso, ¿me mandó a llamar?

-Sí, pasá… – y levantó la vista y con una minúscula mueca de sonrisa pronunció mi nombre, dubitativo – ¿Emilia?

-Sí, señor, soy Emilia, la reemplazante de Luciana.

Me pidió un par de informes, me dio unas cartas para mandar por correo, y un par de tareas más.

Cuando me iba del lugar, me frena, otra vez por el nombre.

-Y, Emilia… faldas, pantalones acá, en mi oficina, no.

-Está bien señor.

Y me fui.

¡Perfecto! A comprar faldas, shores, vendas, lo que sea que no me haga pasparme porque este viejo infeliz quiere que venga con faldas. ¡En tanga me voy a venir, la puta que te parió! Nada, me hago la valiente, pero me la tenía que bancar.

Antes de terminar el día, vuelve a llamarme a la ofi, pero sólo para recordarme que al día siguiente ya fuese con la falda.

-Ah, y camisa, del color que quieras…

Juro que salí de ahí y me fui derecho al centro a buscar por todos lados una falda y una camisa. Talles para mí… ¡MISION IMPOSIBLE! Recorrí el centro completo, y no había caso. Ya me volvía a mi casa, frustrada.

-Mañana le digo al loco este que me mire un poquito y se va a dar cuenta que no puedo salir a la calle y que toooodo me va a entrar – conversaba con mi yo interior.

Y así fue. Apenas llegué a la empresa al día siguiente, fui directo a verlo. Entré y estaba sirviéndose un café de la mega ultra fabulosa cafetera que tenía.

-Buenos días, señor.

-Buenos días, Emilia. Veo que no quisiste obedecerme en lo que te dije ayer.

-No, lo que pasa es que…

-Vení, Emilia – y me hace señas con la mano hacia él.

Me acerco y quedamos a una distancia bastante considerable, pero él la hizo mínima.

-¿Viste esto? – me pregunta, sosteniendo con ambas manos mi culo –, o esto – apretando mis muslos -, o esto – y junta mis tetas y las mira con fuego en los ojos -. Bueno, esto es lo que me gusta mirar cuando venís a mi oficina.

Realmente no entendía nada, ¡más después de haber conocido a la mujer, que no tenía ni el más mínimo punto de comparación conmigo!

La cuestión es que me suelta y se va a sentar a su escritorio.

-Vení, necesito dictarte unas cosas, sentate acá – y me señala mi lugar.

Me acomodo, todavía atónita por lo que había pasado. Él se sienta también, y me dictaba como si nada de lo que pasó hubiese pasado. Yo escribía sin mirarlo.

-… y al contador le tenés que entregar las copias de… – y se queda callado.

Yo permanezco mirando el papel, pero inevitablemente lo miré. Tenía sus ojos puestos en mis tetas.

-¿Las copias de qué, señor? – le pregunto para que reaccione.

Sonríe.

-Las copias del préstamo del Banco… – y hace nuevamente la pausa y vuelve a mirarme.

No sé qué pasó, pero algo en mí se movió. De repente una sucesión de imágenes de película porno pasaron por mi mente. De repente estaba caliente. De repente dejé de pensar. De repente reaccioné. Dejé la lapicera, corrí el asiento para atrás, me paré, me saqué el blazer negro, la remera blanca, me desprendí el pantalón y lo miré.

-¿Qué pasó, Emilia? – me pregunta, sorprendido.

-Pasa que recién entré, me manoseaste, ahora estás permanentemente mirándome las tetas. Nada, te facilité todo. Ahora podés mirarlas bien, pero también podés hacer lo que yo quiero que hagas.

-¿Y qué querés que haga?

-Quiero que me cojas, o que me succiones los pezones mientras jugás con tu mano completa con mi vulva y me huntes con mis jugos que ya están presentes. Quiero gemir por tu pija y no por mi consolador, como hace tanto lo hago.

-¿Hace cuanto que no coges, Emilia?

-Hace 11 meses y estoy al borde de la locura si no me penetrás ya. Y, de todo lo que te dije, podés empezar por donde quieras.

-¿Así que por donde yo quiera? Interesante – dijo, ya poniéndose de pie y acercándose a mí.

-Entonces, ¿me vas a coger? – le pregunté.

Él simplemente se puso detrás mío, y me respiraba el cuello, me acariciaba la espalda por la columna, desde la cintura hasta la nuca, me sujetó fuerte del cuello y me dijo: “te voy a coger como no te cogieron nunca en tu vida, pendeja”, y direccionó mi cabeza al escritorio, dejándome en un ángulo de 90°.

-Me diste las opciones, pero quiero empezar por acá: mi lugar favorito – dijo, mientras me dejaba desnuda y separaba mis piernas.

Se acomodó en la silla y con ambas manos distanció mis muslos entre sí, salivó de lejos y comenzó a lamerlo. Fue directo, ni siquiera hizo pausas en otros lugares y se ensañó con eso. Y todo era rápido, como si tuviésemos los segundos contados, como si todo estuviese calculado.

Sentir cómo su lengua me iba penetrando de a poco me colmaba de éxtasis. Con una de sus manos completa sólo acariciaba mi clítoris. Podía acabar y quería hacerlo. Quería que todos los orgasmos y placeres fuera exclusivamente míos. Después de tanto tiempo, necesitaba de ese egoísmo, pero cuando estaba por terminar, me voltea de repente y me acuesta sobre el escritorio, sobre los papeles, carpetas, todo. Yo tiré al piso lo que pude. Levantó mis piernas y apoyé mis talones en el borde de la mesa. El acercó su silla y se puso frente a mí. Su lengua ahora era el falo que entraba por mi vagina y hasta podía sentirla rozarme el punto G (o eso era lo que quería).

Después de unos minutos, tenía uno de sus dedos en mi culo y otro penetrándome por delante, mientras mordisqueaba y estiraba mi clítoris con sus labios.

Le tomé la cabeza con ambas manos y lo apreté contra mí.

-¡Ay, sí, chupame más, chupame entera, cogeme con esa lengua que quiero explotar en tu boca ya! – le exigía entre gemidos fuertes, ya que las demás oficinas están bastante más alejadas.

El tipo aceleró todo, poniéndole más énfasis a las lamidas, haciéndome acabar mil litros y sintiéndome sin la más mínima energía.

Por dentro pensaba: “estuvo espectacular… ¡pero quiero coger!”. Llegué a dudar si eso lo pensé o lo dije en voz alta, porque ya estaba nuevamente con mi cara contra la madera y él tipo a punto de meterse en mí.

-¿Querés que entre ahora? – decía, posicionando el principio de su miembro en mi cavidad.

-Sí… quiero que entres hasta el fondo y sientas con tu verga todo el fuego que me dejaste.

Hizo un único movimiento entero, se quedó dos segundos mientras daba empujones cortos en el final, y se sale. Pensé que iba a volver con la misma intensidad, pero no lo hizo. No volvió.

-¿Qué pasó, por qué paraste? – le pregunte con intensidad.

-Es todo por hoy, Emilia.

Rápidamente me enderecé y le pregunté por qué, con un instinto asesino.

-Porque quiero cogerte cuando estés con la falda y la camisa.

Ese día, me compré una máquina de coser y casi 600 mangos en tela.

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