¡Viva Francisco carajo!, sinónimo de Esperanza

“Nada me seduce tanto en el cristianismo, como la maravillosa insolencia de sus doctrinas” NGD

Dejé pasar el tsunami informativo sobre la elección Papal para poder escribir con la tranquilidad espíritu -y de cuerpo- que, a mi entender, el tema precisa. Ha leído páginas y páginas, devorado nota tras nota, en diarios nacionales y extranjeros; algunos artículos han sido maravillosos, muchos intrascendentes, pocos (pero brutalmente propalados) campearon desde la farandulización ridícula hasta la mentira obscena y oprobiosa. Estos últimos, si somos responsables, debieran ser archivados en los anales de la infamia periodística. Son la constatación práctica del seductor poder del odio y de su más nefanda consecuencia: el rencor visceral e irracional que consume las energías de los mercenarios anti-clericales de siempre. Se arrojan solos al abismo de la miseria humana y parece no haber nada que pueda detener su caída, pero no hay demasiado de que preocuparse; la profundidad del precipicio extingue poco e poco el eco de su vocinglería.

A aquellos que han honrado con su trabajo un momento único, sin el exceso del fervor religioso ni el defecto de la incredulidad; mi admiración y respeto.

Por otro lado, si bien el análisis político mediático se comió la faceta religiosa (casi hasta hacerla desaparecer) del ascenso de Bergoglio al Papado de la Iglesia Católica, sus implicancias espirituales han sido profundas, aunque exteriormente muy distintas a las que hemos visto por los medios, porque el gozo de la fe no precisa de estridencias mediáticas ni de histerias colectivas. Y esto es algo fácil de constatar para cualquiera que vaya con cierta regularidad a una Iglesia (y no estoy hablando en términos cuantitativos).

La Fe, aunque parezca adormecida, aunque los fieles muchas veces se comporten como timoratos avergonzados de sí mismos, a pesar de los siglos, de los variados e igualmente fracasados intentos de destruirla, sigue viva en el corazón de los hombres y mujeres de este país, de este mundo. Y no solo como una opción intelectual o ética, sino como un gozo que afirma al creyente de un modo único ante el mundo y ante la vida, ante sus bellezas y sus tragedias. Anida en lo más íntimo de nuestro ser sin importar cuánto nos esforcemos en negarla ni cuantos artificios inventemos para silenciarla. Dios no se impacienta, nos dio libertad para equivocarnos de camino, porque en su omnisciencia sabe que siempre, aunque no sepamos, vamos hacia él.

Pero a veces, los eventos que la historia nos depara atestiguar son un pistoletazo que nos sacude hasta el alma, y entonces las puertas de ese sendero intrigante pero sinuoso, misterioso pero accidentado en el que hasta ese momento apenas habíamos reparado, se abren ante nosotros de par en par. Y Dios, que será paciente pero no ingenuo, aprovecha para acariciarnos el corazón y tomarnos de la mano. A todos aquellos que se dejaron y se dejan acariciar al corazón por Francisco, también van mi admiración y respeto; y a los que aún no, el deseo de que se colmen del coraje y las esperanzas que necesitan para tomar esa mano que todavía está tendida. Porque si fuera posible resumir con una sola palabra las sensaciones de aquel miércoles maravilloso sería justamente ésa: Esperanza, más no cualquier esperanza.

Esperanza que es auténtica felicidad.

Esperanza que no es mera nostalgia por las desgastadas imágenes del pasado; tampoco consuelo ante la incertidumbre de nuestro destino, sino simiente renovada para la vida terrena.

Esperanza que nos interpela, que nos obliga, sin importar nuestra elección religiosa, a re-pensarnos una y otra vez.

Esperanza que conmueve a los creyentes y abofetea al resto; un terremoto que zamarrea a todos por igual, que despabila a ese ser anestesiado en que nos hemos convertido.

Esperanza que toca el corazón avinagrado de los conformistas que de los hombres ya nada esperan.

Esperanza que es amor y opción por los pobres, pero no por la pobreza.

Esperanza que exige de todos un poco más, en especial de quienes pueden más.

Esperanza que es solidaridad, no vulgar filantropía.

Consuelo sin justificaciones.

Compromiso sin excusas.

Esperanza que no espera, sino que exige acción y valentía ante los desafíos y las injusticias de la vida.

Esperanza que no es gélido concepto teologal, sino virtud humana fundamental.

Que comporta hechos, que cambia vidas.

Esperanza capaz de transfigurar.

Esperanza que da pan, en lugar de piedras.

Esperanza que nos recuerda que el verdadero, el único poder, es el servicio.

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