El desconcertante acto de “despertarte” de la vida

Jueves por la noche. En los papeles era la hora en que se suponía que debía amanecer, pero el invierno tiene esa dulce piedad con los melancólicos y les permite soñar despiertos un rato más antes de que el alba vuelva a sacudirlos con su cruda realidad.

Una vez más el entorno no era alentador, los pulmones ardían a causa del par de atados de cigarros negros que nunca debí comprar. Esa mentira de fumar cuando fuera necesario, en realidad siempre fue un truhan engaño a mí mismo. El whisky por más caro que sea, siempre tiene esa graduación que lo deja a uno tambaleando entre sus pensamientos primitivos y las valentonadas de escritores sin futuro, pero con plumas punzantes para el corazón ajeno, prohibido.

Las ideas van y vienen entre el existencialismo y el pragmatismo. Entre Diarios de una Pasión y la Caverna de Platón. La idea del amor y la creación ficticia del enamoramiento hollywoodeano, batallando entre la esperanza y la experiencia. Sediento de ceder.

Irritante y molesto es cuando uno cuenta un par de décadas bien aceitadas en su haber y se acerca a la etapa de balances, corre con la ventaja de la experiencia sazonada con los fulgores de la tardía juventud. Si bien uno va acercándose peligrosamente a lo que quiere, más sabiamente puede acertar sobre lo que no quiere. La cruel experiencia es tajante a la hora de despedazar esperanzas de nubes infladas y castillos construidos en el aire, llenos de promesas encantadas.

Esa era la propuesta. Pero la edad nos trae esa sabiduría cansina, acompañada de una premura de concretar los sueños perdidos en la noche de los tiempos pasados.  Y, ni la buena música, ni los libros encumbrados logran acertar explicación alguna en cuanto a la sensación de las segundas inseguridades, esas que son peores que las adolescentes, porque se sabe perfectamente lo que no se sabe. Y volvemos al principio con las ganas de un niño y las mañas de un viejo. Difícil etapa para congeniar con uno mismo y peor aun, para congeniar con los demás.

Tardes y noches calcadas. La rutina suele ser un aliciente que abriga los miedos incorporados, los transforma en méritos y los disfraza de metas, que al ser alcanzadas simulan una especie de confort aceptable para las presiones del día a día. Logramos engañar cual camaleones a nuestros instintos, burlamos las intenciones de nuestro corazón una vez más y las pintamos de victorias ajenas y expectativas alcanzadas.

Al final del día, pase lo que pase, siempre vuelve la venganza más terrible, la más cruel, esa de la cual no podemos escapar. Nuestra propia consciencia. Intentamos convencernos a nosotros mismos, al tiempo que buscamos validar nuestras decisiones por aquellas personas que suponemos entenderán nuestro penar. Buscamos salidas laberínticas a enigmas de memoria, nos apoyamos en costumbrismos y nos bloqueamos para no salir de nuestro camino seguro y asignado.

Menos valientes, más cobardes, a todos inevitablemente les llega ESE día. Preparados o no, la vida nos enfrenta a nuestro destino. Esperanzas y experiencias se van por la tangente al tiempo que ceden ante la presión del miedo y la auto-conservación. Ese corazón que teníamos adiestrado y alineado, sorpresivamente se revela y comienza a sentir, como alguna vez sintió. Como siempre estuvo destinado a sentir. Como debe ser.

Acertado o no, es el momento en el que todo comienza a cobrar sentido. Cuando se abandonan los prejuicios, cuando se desprecian los consejos. Es el momento en que la vida toma color nuevamente y deja de ser una canción repetida que gira sin cesar en un tocadiscos, cual vinilo rayado. En ese momento de terror cuando uno baja sus defensas, desatiende sus pensamientos y los troca por sus instintos. Ese momento de inseguridad en el que la certeza, tiene mas cara de incertidumbre que de aplomo.

Y uno vuelve sobre sus pasos, aprende de sus errores, vuelve a cometerlos, eleva sus expectativas, se convierte en indestructible y de repente todo parece claro. Los momentos que antes eran corrientes se vuelven escenarios de novelas románticas. Las charlas y los paseos de rigor se tornan en pasajes tales que podrían ser relatados por la fina pluma de Diem Carpé. La locura se vuelve lógica. La lógica se escurre como arena en nuestros dedos. Pero tenemos una oportunidad. Tenemos LA oportunidad. Está en nosotros saber aprovecharla.

Azar, destino. Entregarnos, no entregarnos, arriesgarnos o no, jugar todas nuestras fichas o reservarnos para la mano adecuada. Reproches, pasado, angustia, esperanza, sentimientos, locura, amor, prohibición, juzgamientos, consejos, se mezclan en un torbellino de emociones, que no conoce de razón y no escucha veredictos. Solo siente. Solo se anima. Solo vive.

Tocan las campanas y nuevamente nos despertamos. ¿Todo era un sueño? ¿Cuánto habría de verdad en esos delirios provocados. Los sueños son simplemente para recordarlos o son realmente para vivirlos?

Eminentemente la vida sigue y al fin y al cabo es un juego. Algunos se atreven a vivirlo y explorarlo mientras otros prefieren morir día a día en la seguridad y la certeza de lo conocido y lo mundano.

Algunas personas logran entender y dejan de buscar inútilmente, encuentran la tranquilidad que solo puede otorgar la certeza de sí mismo. Persiguen sus sueños a toda costa y apuestan su resto sin titubear, con el semblante templado y la sonrisa interna del ganador.

Muchos seguirán “transitando” la vida, observando a su alrededor, temerosos de lo desconocido, prudentes en su andar y juzgadores de aventureros. Mármoles y bustos para los embusteros que solo viven  preparándose para la muerte.

Otras personas simplemente transitan por la vida ganándole partida a partida al inevitable final. Hay quienes cuentan los días; y hay quienes prefieren que cada día cuente. Está en cada quien saber elegir fielmente su destino…

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