Carta para mi amante: la última despedida a Pablo

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Es feo pensar que tu bienestar depende de otra persona, pero creo que mientras exista esa plenitud en uno, todo es válido. En mi caso, a mi pleno bienestar le voy a poner el nombre “Pablo”.

Pablo es alguien que aparece de la nada en un momento de mi vida y causa, instantáneamente, una nada, para permanecer siéndolo por algunos meses. Era de ese tipo de personas que se hacen presentes un día y te resulta de lo más insoportable, esa persona que insiste en hacer o decir cosas que sabe que te molestan y te obliga a bloquearlos mentalmente. Persistentes en romperte las pelotas y hacer de tu paciencia algo irreconocible. Pero, como dice el dicho, “el burro no coge por burro, sino por insistidor”. Pablo me ganó por cansancio y se materializó en mi vida una noche de verano de 2012.

Esa noche él sabía dónde estaría yo y me advirtió que también iba a estar, que me quedara con él. No le di bola, yo iba por mi cuenta y ni me importaba si él iba o no.

Estaba charlando con un amigo, esperando que nos sirvieran el trago, y veo a unos pocos metros una mirada de reconocimiento, que me hizo reconocerla también. La verdad es que no tenía la menor idea cómo era él físicamente ni nada, porque sólo había visto una sola foto en facebook que apareció en mi inicio y, como no me llamó la atención, no me detuve a analizarla, pero su mirada, la forma en cómo me miró, me hicieron reconocerlo también. Por supuesto que me acerqué a saludarlo. A pesar de que era bastante rompebolas, había momentos en los que me caía bien y disfrutaba de sus charlas.

Fue una noche de lo más normal. Charlamos un rato, bebimos algún trago, nos besamos. La noche terminó. Se ofreció a llevarme hasta mi casa, lo cual dudé, pero accedí igual. Nada raro, simplemente me dejó ahí y se fue.

Realmente me gustó conocerlo, pero no para continuar. Quizás porque yo estaba en una etapa de mi vida en la que necesitaba algo y no sentía que él fuera a dármelo. No me equivoqué del todo, pero sí hubo cierto margen de error.

Pasaron unos pocos meses y Pablo seguía ahí, al pie del cañón, insistiendo en nuevos encuentros. No importaba de qué índole, sólo repetirlo. Nuevamente se concreta.

Llegó un día a buscarme a la facultad para ir a cenar. Me acerqué al auto de su lado para saludarlo y pensé: “no lo recordaba tan lindo”.

Soy una mina que jamás en su vida tuvo lo que se denomina una “cita”, entiendiendo por ésta a que un masculino te busque, te lleve a cenar o beber algo, charlen, se conozcan, y que quizás, como mucho, existan algunos besos, para luego dejarte en tu casa sin otras intenciones. No. En mi caso siempre fueron invitaciones exclusivas a algún albergue transitorio, o algún engaño barato para terminar en él. Bueno, como toda regla, existe la excepción: Pablo era mi primera cita. Me buscó, cenamos, charlamos, fuimos al parque, escuchamos música, nos besamos y me llevó a mi casa.

Pablo… un tipo atento, tierno, gracioso… casado.

Por supuesto que yo no soy ninguna pelotuda y obviamente sabía de esto. Sabía perfectamente que era la segunda (por así creerlo; quizás estaba encasillada en otro puesto, pero qué más da), que jamás iba a ser la primera y tampoco pretendía serlo. Cumplía tan bien su papel de amante que hasta me olvidaba que no era el extremo de la pirámide.

Una vez planeamos, de alguna manera, nuestro primer encuentro sexual. Yo no estaba muy convencida de eso. Tenía miedo que fuese el primero y el último y perdiera todo lo diario que él me daba.

Por suerte no fue así. No sólo tuvimos una noche increíble, sino que llegué a sentir cosas extremas.

Él sabía lo que yo quería y me lo daba en demasía, y no me refiero sólo a lo sexual. Creo que nunca me había sentido tan mujer, tan libre, tan confiada de mí misma, tan deseada, tan linda. Nunca sentí nada así y mucho menos simultáneamente.

A mis amigas les preocupaba que me enamorara y sufriera. Yo, por el contrario, no le tenía miedo a eso. Nunca me importó enamorarme de alguien que no lo hiciera de mí, si iba a sentirme así. Ni siquiera me importa sufrir por amor cuando realmente vale la pena.

Pablo siempre me advirtió que no me enamorara y que él jamás dejaría a su mujer por mí. Lo que él no entendía es que yo, de hecho, no quería que fuese así. Yo no pretendía ser su amor y empezar algo. Yo quería eso que me hacía vivir y sentir. Sólo eso, sin más ni menos.

Un buen día, las cosas empezaron a cambiar. De repente ya no era todos los días, ni una sola vez en la semana, ni en algunas semanas. El tipo brillaba por su ausencia. Era una cuestión obvia que en algún momento se le iba a complicar cada vez más, al punto de no poder seguir con esto. Entonces planeé una despedida, sin que él supiera que sería el fin. De todas maneras era algo hablado que, cuando uno de los dos no pudiese seguir con esto por el motivo que sea, íbamos a cortarlo a tiempo.

A pesar de haber recibido 13 millones de propuestas sexuales, de que muchos hombres me hayan hecho saber que inspiro sexo y cuanta cosa más, soy una mina muy insegura, de esas que dudan para sacarse la ropa, o prefieren la luz tenue, entre otras cosas. Es por esto que decidí animarme con Pablo a algo que jamás había hecho con nadie, aún con mi ex en dos años de noviazgo.

Mi plan era informarle que tenía una sorpresa para él, que supiera que era algo que jamás había hecho y que quería hacerlo con él. Preparlo durante una semana o dos con mensajes fuertes, incitantes, imágenes de algunas partes de mi cuerpo, pedirle que me mande suyas también para iniciar juegos breves. La idea era desearnos, acumular esos deseos y explotarlos el gran día.

Para ese momento me había comprado ropa interior negra con un encaje color rosa suave por encima de la tela y una pequeña puntilla decorando los bordes.

Había planeado estar en la habitación, poner una música que había seleccionado cuidadosamente para ambientar la noche, sacarle la ropa hasta dejarlo semidesnudo y sentarlo frente a la cama, para empezar a recorrerlo despacio y su cabeza se vaya imaginando todo lo que vendría.

Una vez descubrí que recorrer su cuello hasta su oreja con el extremo de mi lengua y darle leves soplos lo excitaban bastante, así que decidiría empezar por ahí, para luego seguir por su espalda, mientras acariciaría sus brazos o los costados del torso, mientras miraría cómo su miembro va tomando cuerpo.

Seguido a eso, me pararía frente a él y comenzaría a desnudarme yo, dejándome sólo la ropa interior que me fascina cómo me sienta, acercarme nuevamente a él y dejar mis muslos a cada lado de sus piernas, para que nuestros sexos se encuentren y logren rozarse, mientras paso mi lengua por sus labios para juntarla con la suya y besarnos de manera muy caliente, provocando que su miembro crezca lo suficiente como para sentirlo empujar mi vulva y contagiarnos mutuamente el fuego.

El juego continuaría alejándome de él para pasar a la cama, donde me recostaría para empezar a tocarme, despacio, con mis piernas lo suficientemente separadas como para que él tenga la mejor vista. Acariciar suavemente mis labios internos y robando un poco de mis jugos para humedecer el resto de mi sexo, tibio y un tanto enrojecido por la temperatura obtenida. Gemir de a poco cuando mis dedos se inmiscuyan en mi interior, al tiempo que con la base del dedo pulgar masajearía mi clítoris, aumentar el ritmo masturbatorio para excitarme más y gemir más fuerte, mientras, con palabras, le haría saber que muero por sentir su pija dentro mío.

No querría permanecer mucho tiempo sola, y lo invitaría a unirse a mí. Iría hasta él para besarlo nuevamente y probar su lubricación ya seguro haciéndose presente en el extremo del culplable de mis orgasmos múltiples. Él sabe que me fascina lamerlo y que lo haría por horas, de no ser porque no contamos con el factor tiempo.

Después de degustarlo un poco, lo llevaría conmigo a la cama, para recostarme en ella y presentarle un repertorio de cosas dulces, como salsa de chocolate, helado, leche condensada, crema, y hacerlo que elija alguno (o todos) y me unte las partes de mi cuerpo que más lo exciten, y no pare de lamerlo hasta que en mi piel desaparezca el gusto de lo elegido.

El siguiente paso sería que ahora él se recueste sobre la cama, untaría mi entrepierna con cualquiera de los dulces para sentarme sobre su cara y, mientras me coge con su lengua, sienta la mezcla de sabores, sin dejarlo parar hasta derretirme sobre su boca.

Las previas con Pablo son magistrales, pero nada se compara a cuando nuestros sexos intentan unificarse. Esta vez querría juntarnos en el agua.

El jacuzzi ya estaría lleno, con el agua más caliente de lo soportable y mis codos sobre algún borde, para invitarlo a prenetrarme por un lugar desconocido hasta ese momento para él, pero ya demandado.

La temperatura del agua y mi nivel de excitación facilitarían mucho las cosas. Sentirlo posicionarse y empezar a moldearme sería algo exquisito, marcando sus movimientos con mis sonidos guturales.

Coger con Pablo es como masturbarme: siempre tal y como lo pide mi cuerpo y llegando a orgasmos interminables.

Después de todo este ritual pensado y concretado, se terminarían nuestros encuentros, antes de no poder manejarlo más.

Bien. Resultó que nada de esto pudo pasar, ni pasará jamás. Sus tiempos cambiaron bastante y ya no los había para mí.

Las dos semanas de preparación tampoco pudieron salir como las planeé, a pesar de los intentos. Ya nada era lo mismo y, como dijo Cerati, “la espera me agotó”. Se me apagó el fuego, se me fueron las ganas hasta de saber de él, de verlo o lo que fuera (aunque sospecho que de ambos lados).

Al final de todo no pude evitarlo y sí, me enamoré. Me enamoré de mí cuando estaba con él, de cómo me sentía yo conmigo misma, y ESO era lo que quería conservar.

Pero todo tiene un final. Ya lo diría Andrés Calamaro: “todo lo que termina, termina mal, poco a poco; y si no termina, se contamina más”. 

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