Dos por uno: muchas manos en un plato

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Y no sé cómo pasó, pero ahí estaba Anita enredando su lengua con la de Flavia, casi encimada sobre su cuerpo y yo sentado en una silla junto a la mesa, con mi mano derecha acariciando mi bulto que ya me dolía por la fuerza que hacía contra la bragueta. Ellas actuaban como si yo no existiera en ese lugar, o como si no me afectara lo que hacían, por el contrario, su acercamiento se hacía más intenso. Al parecer, Anita era la que comandaba todo, no sólo por estar sobre Flavia, sino, también, porque no tardó mucho en descubrir una de sus tetas y ensañarse con su pezón semi oscuro.

Anita es una mina de estatura muy baja, creería que por el metro y medio. Morocha de ojos grandes verdosos, pelo largo y lacio, con tetas bastante grandes, cuerpo más bien morrudito y un culo normal, sin exagerar. Flavia es un poco más alta que Ana, pero no mucho más de 10 o 15 centímetros, bastante flaca, con el típico culo de manzana (chiquito, redondo y parado), morocha también, de ojos oscuros, tez trigueña y dos tetas que simulan dos pomelos medianos. Por separado quizás ni se me ocurriría coger con ellas, más porque Anita es mi amiga hace 12 años, pero juntas me volaron la cabeza.

Mientras las miraba me preguntaba si se estaban dando cuenta que yo estaba en el mismo lugar o si lo hacían a propósito, si lo hacían porque estaban por demás calientes o porque sólo querían calentarme a mí. Cualquiera fuera el motivo, yo estaba sacado.

No aguanté con el panorama, me desprendí el pantalón, corrí el bóxer hacia abajo y dejé salir mi miembro, que ya se asomaba por la cintura, con un poco de humedad en la punta. Puse un poco de saliva en mi mano y comencé a masajearme, mientras Flavia agarraba con ambas manos el culo de Anita y la apretaba contra su cintura.

Me excitaba bastante verlas acariciarse entre ellas mientras se besaban, pero sentía las bolas explotarme cuando la vi a Anita deslizarse por el tronco de su amiga hasta enfrentarse con su pelvis, desprenderle el jean celeste que vestía y arrastrarlo hasta sacarlo de sus piernas. Separó sus muslos, corrió la tela blanca rayada que cubría la piel, rozó su vulva con dos dedos y los lamió para luego devolverlos y empezar a masturbar a Flavia que la miraba como pidiéndole que no demorara y jadeaba despacio.

No podía verlo ni sentirlo, pero sí imaginaba a la perfección lo humedecida que podía estar esa entrepierna después de la simple, pero intensa, previa que tuvieron.

Flavia se recostó por completo en el sillón, arqueando un poco la espalda y agarrando los almohadones que sobresalían por debajo de su cuerpo, mientras Ana sostenía sus muslos por dentro y, como víbora, lamía un clítoris endurecido. Yo permanecía con mi mano en mi miembro, siempre a punto de explotar, pero aguantando porque sabía que eso era sólo el principio.

Mientras Anita seguía en la suya, Flavia giró su cabeza hacia mí y reclamó: “-¿te vas a quedar mucho más tiempo ahí?”. Mi corazón hizo una leve pausa. Estaba demasiado concentrado viendo y masturbándome que escucharla hablar y decir eso me bloqueó, incluso no dejándome responder ni actuar rápido. Al notar mi parálisis, Ana también agregó: “-quizás no se la aguante…”.

Siempre tuve la fantasía de un trío con dos minas, pero es cierto que tenía dudas de si podía aguantármela, no porque no me reaccione la verga, sino porque lograr satisfacer a dos mujeres que, si se prestan para eso, seguramente son insaciables. Pero no podía quedarme ahí y parecer un pelotudo y arrepentirme toda la vida por dejarlo pasar. Sin pensar mucho más, me levanté de la silla y caminé hacia ellas, que se acomodaban para dejarme un lugar entre medio de ambas.

Cuando estuve ahí, al unísono pasaron sus lenguas por toda mi cara, no sólo la boca, corriéndome la cabeza a un lado y al otro para lamerme, por momentos, de a una.

Ana tomó de la mano a Flavia para levantarse. Juntas me desnudaron completo y se arrodillaron una a cada lado de mis piernas. Ana agarró fuerte mi miembro para despegarlo de mi cuerpo, se miraron y se relamieron con mi pija en el medio, haciendo que me vuelva loco para aguantar no estallar en ese segundo. Trataba de disfrutar pero sin pensar mucho, no podía quedar como un precoz, a pesar de que la situación era entendible.

Ambas me degustaron como jamás en mi vida lo hizo nadie. Sentía infinitas corrientes ir y venir desde mis bolas hasta el extremo de mi falo. Tuve que apartarlas y distraerme un poco o la primera etapa quedaría concluida en breve y no era la idea. Así que las separé y les dije que ahora quería probarlas yo a la vez.

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Se pusieron de pie y terminé de desvestirlas con su ayuda, se sentaron juntas en el sillón, bien pegadas entre ellas, separando bien sus piernas, me dispuse a poner mis rodillas en el piso ahora. Las piernas que se juntaban, las sostenían con sus brazos hacia arriba, dejándome acercarme con más comodidad a esas zonas humedecidas en demasía. No podía creer el zapping que entre esas dos almejas descubiertas que suplicaban ser lamidas y hasta masticadas. Sublime es poco para describir la sensación que me provocaba alternar probar a una y masturbar con una mano a la otra, mientras las escuchaba gemir y las veía apretarse las tetas mutuamente.

Quería y necesitaba cogerla urgente. Ya ni me importaba si acababa rápido, porque mi grado de calentura era tal que seguro que mi soldado seguía en pie listo para veinte guerras más. Al parecer, ellas estaban iguales a mí, porque se acomodaron rápidamente para empezar a con el asunto en serio.

Anita se recostó sobre el sillón dejando la cintura sobresalida del mismo. Flavia se cruzó por encima de la cintura de su socia y se reclinó, quedando enfrentadas. Por mi parte, me acomodé por detrás de Flavia, que me ofrecía su culo en bandeja. Admito que no era tan simple la posición, pero, evidentemente, ambas querían ser penetradas.

Separé mejor las piernas de Ana y los glúteos de la flaca y empecé por ella. Anita se masturbaba mientras esperaba que entrara en ella también. Adopté nuevamente la estrategia del zapping y me dediqué a cogerlas casi de manera simultánea. A Flavia podía masturbarla por la cercanía y comodidad de su posición para mi alcance. No pude permanecer mucho tiempo invicto y el momento de explosión estaba llegando.

Me corrí rápido de encima de ellas y me alejé un paso hacia atrás. Ellas lo notaron muy rápido. Pensé que me harían como las porno y ambas se arrodillarían, empaparía sus caras, bocas y pelo con mis líquidos, pero no. Por el contrario, me pidieron que me masturbe y las ensucie en la misma posición. Una paja muy corta bastó para que la lluvia llegara y cayera primero en las nalgas de Flavia para escurrirse algo y llegar a Anita. Las piernas se me vencieron y sentía que podía caerme en el piso en ese instante.

Las chicas se besaron entre ellas y se acomodaron en el sillón, invitándome a que las acompañe nuevamente en el medio.

-Me imagino que estás listo para empezar ahora en serio, ¿no? – dijo Anita, sonriéndole a Flavia.

-¡Siempre listo! – respondí, mirando mi mástil enderezarse nuevamente.

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